POLITICA Y ECONOMIA Irving Kristol En lo que nos acercamos al fin del siglo, la política americana, un tanto indebidamente, ha llegado a un punto final. Después de 50 años, la política post-II Guerra Mundial se ha agotado. Cuando Barry Goldwater murió, los medios de comunicación estuvieron de acuerdo en que era un caballero aunque hubiera sufrido una humillante derrota en las elecciones de 1964. Lo que no comprendieron es que Goldwater no perdió esas elecciones sino que las ganó. No conquistó la Casa Blanca pero ganó la postulación del Partido Republicano. El evento crucial fue su postulación, no la elección. Esa postulación, pese a la debacle de noviembre, significó que el ala conservadora finalmente había conquistado el control del Partido Republicano, desalojando a la otra ala del partido, más liberal y "pragmática," la que creía en un partido de "gobierno sano" y no en un partido como una agenda activista. Similarmente, uno supone que cuando McGovern muera, la prensa le rendirá un apropiado tributo comentando, con toda la renuencia del caso, su aplastante derrota en las elecciones presidenciales de 1972. Pero McGovern tampoco perdió esas elecciones. Las ganó. No consiguió la Casa Blanca pero ganó el Partido Demócrata. Su postulación significó que el ala izquierda liberal finalmente había tomado el control del Partido Demócrata, desalojando al ala más "centrista" que, en lo fundamental, tenía su base en el Sur y el Oeste. ¿Pudiera alguien imaginarse a Lyndon Johnson terriblemente preocupado por la discriminación contra los homosexuales en el ejército, o luchando encarnizadamente contra las rebajas de impuestos o vetando la legislación que limita los abortos tardíos o los certificados escolares (vouchers)? Estas últimas décadas han sido testigos de la agitada historia de los dos partidos, ahora mucho más polarizados que nunca antes, en la lucha por sus nuevas identidades. En cierto sentido, los demócratas han tenido más éxito en esta tarea puesto que esa ala izquierda, ahora dominante, simplemente adoptó las agendas tanto de sus activistas tradicionales como de los nuevos. Esto definió la identidad del partido aunque fuera al precio de su castración política. Esa agenda es un simple agregado de la Vieja Izquierda (principalmente sindicatos) y la Nueva Izquierda (homosexuales, feministas radicales, ecologistas, etc.). El vínculo entre las dos ha sido asegurado por una política fiscal igualitaria de impuestos redistributivos y la creciente implicación gubernamental en la vida económica y social del país así como en la vida personal de los ciudadanos. En un matrimonio curioso. ¿Quién se hubiera podido imaginar, hace 20 años, sindicatos apoyando leyes antidiscriminatorias para homosexuales o feministas exhortando a políticas comerciales proteccionistas? Y, sin embargo, ha ocurrido, es una agenda coherente y explica por qué hemos presenciado algo así como una resurrección socialdemócrata en todas las democracias industrializadas cuando sus gobiernos conservadores pierden prestigio. Es, sin embargo, un come back superficial y transitorio porque tiene un defecto fatal. Con el colapso de la Unión Soviética, y el descrédito general vinculado actualmente con la idea igualitaria del socialismo (más específicamente, con la idea de una economía administrada por el estado) la izquierda combinada de los años 90 ha sufrido una pérdida mundial de credibilidad. En realidad, esta pérdida de credibilidad era evidente desde antes, cuando las ideas del libre mercado fueron estableciendo gradualmente su superioridad intelectual sobre todas las distintas versiones del pensamiento económico estatista. Esta es un área, y es un área crucial, donde los conservadores han ganado una victoria decisiva en la guerra de las ideas post-1960. El presidente Clinton nunca hubiera ganado sus elecciones de 1992 si no hubiera sido percibido como una desviación de la izquierda dominante en su partido en una dirección más moderada. (Ese también fue el caso de Tony Blair en Gran Bretaña.) Pero la incapacidad de Clinton para mover a su partido en el Congreso en esa dirección más moderada muestra cuán comprometido está ese partido con su ensanchada agenda socialdemócrata. En realidad, no es probable que Clinton hubiera sido electo nunca si Bush se hubiera mantenido fiel a su promesa de no imponer nuevos impuestos, hubiera tomado en serio la recesión de 1991 y hubiera sido visto como haciendo algo, aunque sólo fuera algo simbólico. El gobierno de Bush estuvo orientado, como es lo habitual, por el Tesoro y la Oficina del Presupuesto, instituciones que nunca tomaron en serio la visión económica de Regan. Ellos decidieron regresaron a la noción "clásica" republicana de una política económica "sana": equilibrar el presupuesto con impuestos más altos y restricciones de los gastos gubernamentales, para luego poder pensar en rebajar los impuestos que habían subido. Dentro del Partido Republicano hay una división que ha paralizado su agenda. Es la que existe entre la vieja concepción económica que insiste en que un presupuesto balanceado eventualmente llevará al crecimiento económico y la nueva "economía del crecimiento" ("suply-side economics") que insiste en que es el crecimiento económico (promovido por las rebajas de impuestos) el que eventualmente llevará a un presupuesto balanceado. Esto también ha sido llamado "Reaganomics". La revolución interna de Goldwater no sabía nada de esta división. Estaba totalmente comprometida con la vieja concepción económica. Fue Ronald Reagan el que proporcionó una fresca y polémica perspectiva económica al nuevo conservadurismo. Esta división en el partido entre la economía Taft-Goldwater y la visión de Reagan persiste hasta el día de hoy. Esta división en pensamiento económico es la razón fundamental por la que el Congreso republicano ha resultado tan inepto para gobernar. Por supuesto, los medios de comunicación han capitalizado el conflicto interno entre "conservadores económicos y "conservadores sociales. El conflicto es real pero nacionalmente es menos sensacional de lo que se quiere aparentar. La mayoría de los problemas divisivos cae dentro de la esfera de los estados, no de Washington. Son temas como la educación, la pornografía, los derechos de los homosexuales y hasta los abortos tardíos. Es cierto que, inclusive a nivel estatal, nuestra comunidad empresarial, tan estrecha de mente, es hostil a que se haga centro en los temas "sociales". Pero los "conservadores sociales" están haciendo rápidos progresos a nivel estatal, tomando control de un Partido Republicano estatal tras otro, así que la comunidad empresarial va a tener que aprender a vivir con sus nuevos socios conservadores. No tiene otro lugar a donde ir. El mayor obstáculo que enfrentan los conservadores sociales es la Corte Suprema, y este obstáculo sólo lo puede superar un presidente y un Senado republicanos. (Y, aún así, no va a ser fácil y llevará tiempo.) Así que los conservadores sociales la mayoría de los sensatos, en todo caso- pueden hablar muy alto pero son cuidadosos a la hora de dar su apoyo cuando se trata de candidatos a cargos nacionales. Un candidato astuto debería poder atravesar este territorio en disputa sin mayor tropiezos. La anarquía que prevalece actualmente entre los republicanos del Congreso está fomentada por temas económicos, no sociales. Han votado "correctamente" en la mayoría de los temas sociales sólo para chocar con el veto de Clinton, y carecen de la cantidad de votos para imponerse a ese veto. Aún en temas tales como la reforma del estado del bienestar social, la confusión se deriva de la superabundancia de ideas y no de la tradicional timidez conservadora. Pero todavía prosigue la batalla entre "la economía del crecimiento" y "la economía de la estabilidad." No hay duda de que los proponentes del crecimiento económico se impondrán al final. Son, después de todo, los legítimos herederos del legado de Reagan. También pueden señalar el triste destino de Inglaterra, Francia y Alemania que, encallados en la vieja economía de los "bancos," hostil a los riesgos y orientada hacia el presupuesto. Pero, desde el punto de vista conservador, es lamentable que este problema no haya sido resuelto todavía. * Irving Kristol, un fellow del American Enterprise Institute, coedita The Public Interest y edita The National Interest. |