Dos sectores

Dentro de la actual sociedad civil (SC) cubana se distinguen dos sectores: el autoritario, hasta ahora predominante, que sirve de resorte social al Estado unipartidista, y el sector democratizador, menos numeroso, emergente y reprimido, con precario reconocimiento legal.

Sector autoritario

Al sector autoritario pertenecen las 6 organizaciones nacionales de masas, entre ellas: la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), Central de Trabajadores de Cuba (CTC) y la Federación de Mujeres Cubanas (FMC)[2]. También pertenecen al sector autoritario las organizaciones sociales del régimen, formadas por artistas, escritores, funcionarios y profesionales; la gran mayoría de las 2,200 organizaciones no gubernamentales (ONGs) autorizadas por el Gobierno[3]; y los órganos nacionales, provinciales y municipales del Poder Popular.

El número de 2,200 ONGs cubanas parece exagerado al contrastarlo con el total de 11,000 ONGs que en 1990 se reportaban para toda América Latina, excluyendo a Cuba. Latinoamérica ha llegado a 11,000 ONGs después de 30 años de fomento contínuo en una región que abarca casi treinta naciones y que cuenta con una población total veinticinco veces mayor que la de Cuba. Ante tanta duda, sería oportuno que el Gobierno cubano hiciera pública la lista completa de ONGs autorizadas a operar en Cuba.

En el actual sistema electoral cubano salen a elección 13,865 concejales al nivel municipal, 1190 delegados para las Asambleas Provinciales y 589 diputados a la Asamblea Nacional. Sólo en la elección a nivel municipal los votantes pueden escoger entre varios candidatos. La "democracia cubana revolucionaria" es muy peculiar. Para elegir a los delegados provinciales y nacionales sólo se presenta a los votantes un candidato por cargo, quien para ser electo debe obtener el 51% de los votos ejercidos, excluyendo los anulados y boletas en blanco. El Partido Comunista Cubano es el único que legalmente puede participar en las elecciones cubanas, pero niega que sea un "partido electoral" porque no interviene en las elecciones, "es el pueblo quien decide".

Todas las organizaciones de masas y sociales cubanas, "junto al Estado revolucionario persiguen el objetivo común de construir el socialismo"[4], y por lo tanto, son derivaciones civiles del aparato del Estado. Por estar fundidas en el Estado y cumplir una misión estatal, las organizaciones de masas y sociales cubanas proyectan expresiones masivas y no preferencias ciudadanas. De hecho, no son autónomas, sino "los órganos oficiales de la sociedad civil (Estado)". Responden primero al Estado, lo que en Cuba significa reproducir fielmente los intereses del grupo gobernante y actuar por sus orientaciones. No responden a metas personales -de grupo, clase o de bien común- que serían las propias de una ciudadanía organizada en cualquier democracia del planeta.

Por legalidad son excluyentes. Legalmente monopolizan la acción social de amplios estratos o sectores de la población cubana -mujeres, niños, jóvenes, vecinos, asalariados y campesinos- y así evitan que estas mismas poblaciones -casi la totalidad de los cubanos- se organicen para otros propósitos sobre bases ciudadanas, no masivas. Por su inserción estatal y estar compuestas por grupos populares, las "organizaciones de masas y sociales cubanas", en el mejor de los casos, son colectivos paraestatales.

Sin embargo, en la década del 60 esto no era así. El poder no era monolítico. Si bien por arriba estaba en marcha un fuerte proceso centralizador, en las bases el apoyo a la Revolución operaba sin organicidad, "algo anárquico" para muchos simpatizantes. El Partido no controlaba La Casa de las Américas, el Consejo Nacional de Cultura, el ICAE, ni las Direcciones Políticas del MININ o del MINFAR. Sí controlaba toda la prensa (radial, televisiva y escrita), las Escuelas de Instrucción Revolucionarias (a todos los niveles) y las Direcciones Ideológicas de las organizaciones de masas (CDR, CTC, FMC y ANAP). La inteligencia de los Ministerios claves (Relaciones Exteriores y Comercio) estaba en manos del "grupo del Comandante en Jefe". La Unión de Jóvenes Comunistas, la Universidad de La Habana y el Instituto Nacional Agrario (punta de lanza en la estatización de la economía) eran "territorio de varios". Tales espacios "se respetaban" mientras sus detentores no atacaran al Máximo Líder.

En esa época, las organizaciones sociales y de masas no eran las únicas existentes y autorizadas para asociar a sus poblaciones, y todavía reflejaban cierto pluralismo, que aprentemente provenía de sus miembros. En ese entonces el voluntarismo popular coincidía con el libre apoyo al grupo gobernante. Muchos cubanos se integraron a la Revolución por rechazo al pasado y una mezcla de virtualidades utópicas, propias de corazones impacientes. Eran años de miel y sueño para muchos jóvenes, y también para otros cubanos, no tan imberbes, que antes de la Revolución sufrieron marginalidad de diversa índole.

En los 60 proliferaron las casas editoras (estatales), concursos, galerías, exposiciones, escuelas de arte, becas, encuentros y cursos con celebridades internacionales, etc. Frente a las oportunidades y cambios promovidos por el Gobierno, la mayoría de los intelectuales, con resonadas excepciones, se volvió leal y militante del poder revolucionario, aceptando sus temas, preocupaciones y tareas comprometedoras. Era la época cuando "la ideología lo atravesaba todo, dejando el deterioro intacto"5. La misma ideología que después culminó en totalitaria al volverse excluyente, omniciente y omnipresente, fusionando términos que no pueden ser unívocos: Patria y socialismo, Estado y Gobierno, autoridad y poder, legalidad y moralidad, cubano y revolucionario6.

La avanzada totalitaria de los '60 produjo represalias contra los intelectuales opuestos al control de la cultura. La lista es amplia: clausura del corto "Post Meridiam/PM" (Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal), cierre de Lunes de Revolución, creación de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) para "rehabilitar homosexuales" (sólo si eran neutrales, disidentes u opositores al nuevo régimen), demora en imprimir Paradiso (José Lizama Lima) por contener "obvias referencias homosexuales", renuncia en pleno de los editores del Caimán Barbudo por imprimir críticas a La Pasión de Urbino (Lisandro Otero), un oficialista, y elogios a Tres Tristes Tigres (Guillermo Cabrera Infante), ya un declarado opositor; la protesta de la UNEAC contra el premio internacional a Los siete contra Tebas (Antón Arrufat) y por último, el escandaloso caso del poeta Heberto Padilla7.

Lo que sucedió en los '70 fue la consolidación del voluntarismo en el poder mediante la burocratización del Estado y la militarización de la alta jerarquía. La consolidación permite que el Máximo Líder ejerza el poder sin límites de competencia, a través de los vínculos permanentes que se extienden al resto de la jerarquía, y cuando le es necesario, utilice el código militar como norma ordenadora.

La cuota de poder que antes tenía el Consejo de Ministro pasó al Partido y a los Organos del Poder Popular, responsabilizando a sus respectivas dirigencias con "el limitado poder que viene de abajo". Ello exigió la reorganización y revitalización de las bases populares, especialmente de los sindicatos y el resto de las organizaciones de masas y sociales, que quedaron bajo el control vertical del Partido. A nivel nacional se estableció la legalidad socialista, que fijó funciones y jerarquía en el funcionamiento interno de las instituciones. Se descentralizaron los servicios sociales y las empresas fueron administradas por un Administrador, situado por el estado, y ayudado por los colectivos obreros, de organizaciones de masas y políticas8.

El Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, reunido en diciembre de 1975, reflejó el grado de institucionalización del nuevo régimen político logrado por la Revolución, que prácticamente ha permanecido así hasta hoy.

Los cambios provocaron problemas en la intelectualidad y en las organizaciones. Por el interés de abarcar y regular todos los aspectos de la vida, la burocratización habitualmente tuvo (y sigue teniendo) "una influencia deprimente sobre la mayoría de la mentes despiertas". En las organizaciones de masas y sociales sucedió algo similar: perdieron la capacidad que tenían como promotoras de fraternidad. En su afán masificador, la avanzada estatal fue tan domesticadora que las organizaciones de masas y sociales se volvieron primero despóticas y después totalitarias.

El nuevo estilo organizativo produjo -y sigue produciendo- reacciones a nivel personal. Cuando "el integrado", por distintas razones, pierde su inocencia revolucionaria y cesa como fiel repetidor de lemas y consignas estatales, siente, quizás por primera vez, la violencia institucional que existe sobre sí mismo y sobre "sus" organizaciones para mantener "la unidad". Llegado a este punto, se trocan los sentimientos. El apoyo entusiasta inicial, generado por distintas causas -medidas distributivas, beneficios estatales recibidos, metas nobles, hazañas heróicas de "la época dorada", etc.- pasan a ser hechos estériles, frustraciones y proyectos ajenos.

El lapso de este cambio personal no es igual en todos. Depende mucho de la generación a que pertenece el nuevo descreyente y de la intensidad o entrega que supuso la experiencia revolucionaria. Pero si alguna vez las organizaciones de masas y sociales globalmente expresaron el sentir popular, desde la década de los '70 dejaron de hacerlo para expresar a partir de entonces el sentir de la dirigencia del poder. Desde esa década son meras reproductoras del modelo oficial en lo social y político.