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III Pese a todos los obstáculos que acarreó al Partido la ausencia de Samuel y la mía, la petición del Plebiscito fue un verdadero éxito. Es cierto que el régimen no estaba en condiciones de aceptar la idea de consultar al pueblo para saber su conformidad o su rechazo al sistema. Ya había ocurrido el plebiscito de Nicaragua, de Chile. Seguramente ya sabían el resultado. Aún así, el apoyo internacional que tuvo nuestra solicitud no decayó jamás. En enero de 1989, justamente al mes y medio de nuestra petición pública, cien intelectuales de distintos continentes firmaron la denominada "Carta de los cien", donde además del plebiscito, pedían la libertad de los presos políticos de Cuba y la legalización de los grupos disidentes de la isla. El gobierno cubano respondió divulgando otro proceso más de rectificación y autoperfeccionamiento, señalando cínicamente que el pueblo, con su trabajo, se pronunciaba a favor del socialismo. O sea, que sólo por el hecho de trabajar para el estado (dueño de todo) los hombres y mujeres de este país no tienen ningún derecho a escoger el destino de ellos ni de sus hijos. También, según el periódico Granma, los intelectuales firmantes de la "Carta de los cien" tenían negras sus conciencias como hijos biológicos de Goebbels, o era simples narcómanos alucinados de la CIA. Lo mismo de siempre. La Carta también estaba firmada por Eloy Gutiérrez Menoyo, calificado como terrorista al servicio de la CIA en esos momentos y luego convertido en un político serio que pudo dialogar por horas con Castro, aquí mismo en La Habana. Todos, sin excepción fueron señalados por la prensa cubana como aventureros trasnochados, vedettes políticas, petimetres, divas macilentas, rumberas o "escort-girl" del imperio, nuevos Gunga Din del Hemisferio Occidental empujados por apetitos económicos y nostalgias filofacistas. Porque pedir un plebiscito a Castro equivale a mentarle la madre. Entre los firmantes también estaban los escritores Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Eugenio Ionesco y muchos más, todos merecedores de admiración y respeto. Sin embargo, la "Carta de los cien" no era otra cosa según Granma que una fauna grotesca, un estercolero político; como dice el título del escrito: "Una babel de infames y de incautos". Cierro los ojos y me imagino a Félix Pita Astudillo, quien redactó tan tristes páginas para la historia (tan distinto en todo a su padre, el poeta), cómo gozaba de lo lindo rebuscando en su mente una gran variedad de ofensas e insultos, seguramente con la ayuda de quienes lo rodearon en aquellos momentos. ¡Cuánta chanza hubo allí! ¡Qué poca seriedad política demostró ese antiguo amigo mío cuya trayectoria como periodista siempre fue así. Recientemente murió joven Pita Astudillo, después de haber llevado a su propio padre de ochenta años a un juicio, reclamándole la vivienda paterna, sólo porque el viejo poeta había contraído matrimonio con una poetisa, Angela de Mello, mucho más joven que el hijo. A mi salida de la prisión me enfrenté a muchos obstáculos para reorganizar el Partido. Había muchos miembros dispersos que durante meses trabajaron, sí, pero sin una dirección organizada. Mucho después, al cabo del tiempo, es que pude analizar aquella realidad. Se trataba sencillamente de una manipulación por parte de los órganos represivos. El Partido estaba dividido, lacerado en lo más hondo de su estructura. Unos estaban desterrados, otros en prisión como Samuel, David Moya, Roberto Bahamonde; otros pocos en sus casas, aterrados ante las amenazas de la policía. Los que me acompañaban se veían nerviosos, siempre esperando que de un momento a otro fueran sacados de sus casas hacia la prisión. Su principal afán era buscar protección en las embajadas, visitándolas con frecuencia, a lo que yo me negué. Pero era inútil. Cada cual era su propio jefe. ¿Qué otra cosa podía suceder? Si hubiéramos organizado un partido en una sociedad libre, nada de esto habría ocurrido. Dicen los sicólogos que el sentimiento más dañino que pude experimentar el ser humano es el miedo. Con miedo ni pensar bien se puede. Entre otras cosas eso hacía el régimen: infundir el terror. ¿Cómo luchar contra esta nueva situación que encontré a la salida de la cárcel? ¡Si al menos nos hubiéramos dedicado a la política desde nuestra juventud habríamos encontrado una brecha! En mi caso, por ejemplo, sólo me interesé por la poesía, por el arte en general, por llevar una vida tranquila en casa. ¡Si al menos hubiera tenido a Samuel entre nosotros! Es cierto que existía una gran preocupación en la opinión internacional por nuestras vidas; si esto no hubiera sido así, nos habrían aplastado como a cucarachas. Cosas peores ocurren cuando "nadie escuchaba" (1) en años anteriores. Pero yo no estaba de acuerdo en frecuentar las sedes diplomáticas, aunque esto pudiera representar un manto protector según algunos activistas. ¿Cómo podía imaginarse que representantes de varios países, acreditados en Cuba como diplomáticos, pudieran estar preocupados por nuestras vidas, si nunca antes esto había ocurrido? Creo que mi año de estancia en un calabozo no me permitió darme cuenta de la solidaridad con que contaba el Partido en el mundo entero. Fue, sobre todo, el año del desplome del campo socialista y las noticias que me llegaban por escrito eran las de la prensa cubana. Radio Martí, emisora que escuchaba a veces por las noches, estaba más enfrascada en lo que ocurría en nuestro continente, sobre todo, luchaba y luchaba por sacar a Cuba del caos de la miseria en que se encuentra, porque los cubanos fuéramos libres, porque nuestro derechos fueran respetados. Sin embargo, a pesar de todo el apoyo de la opinión internacional, del derrumbe del campo socialista y de las ansias de democracia que tenía nuestro pueblo, cada uno de nosotros era más vulnerables que una cucaracha, a expensas siempre de un fuerte pistón del régimen. De nada valía nuestra valentía y tenacidad, la razón que nos acompañaba. Castro y su poder eran más fuertes. De toda esta historia han transcurrido diez años y todavía el Partido Pro Derechos Humanos anda dividido entre Cuba y el exilio, desperdigados sus miembros, sin haber recibido su legalización. En la actualidad, a una década de todas las crueldades que se cometieron contra nosotros, hay tres mujeres jóvenes, activistas del Partido, sufriendo cárcel en la provincia de Villa Clara, además de Iván Lemas, José M. Llera y José M. Alvarado, todos condenados por figuras delictivas que están en contradicción con la Carta de los Derechos Humanos. Están en las cárceles además el licenciado Vladimiro Roca, hijo del luchador marxista y tres compañeros suyos, todos firmantes de "La patria es de todos", un documento que también irritó a Castro (2). Es posible que el primer disidente de toda esta historia sea el comandante Huber Matos, quien cumplió treinta años de prisión por pedir la renuncia a su cargo militar y discrepar de la política imperante. ¿Acaso fue Matos el primero en divisar desde tan lejos en el tiempo esta catástrofe que hoy contemplamos todos, mucho peor que la erupción del Vesubio de 1979, el incendio de Troya o los diluvios descritos en las mitologías más antiguas? No nos debe extrañar tanto desastre a nuestro alrededor, tanta miseria. En una carta que Fidel Castro envió a su hermana Lidia desde Isla de Pinos, ya tenía en mente la idea de que no se necesitaba nada para vivir. Dice así: "Valdré menos cada vez que me vaya acostumbrando a necesitar más cosas para vivir, cuando olvide que es posible estar privado de todo y sentirse feliz", con fecha 2 de mayo de 1955. En efecto, el pueblo cubano ha vivido privado de todo desde el primer día que Castro tomó el poder. No posee nada, ni siquiera una casa que no esté en peligro de derrumbarse. Y repite en la misma carta: "más independiente seré, más útil, cuanto menos me aten las exigencias de la vida material". Ante estas ideas de nuestro máximo dirigente político, ¿cómo pensar entonces en desarrollo, belleza, estética, colorido, confort, todo lo que influye para que el hombre sea feliz en su entorno? Todo ocurrió como pensaba: nuestro pueblo apenas necesitaba de nada para vivir, está privado de todo y aún así trata de ser feliz, y, algo peor, apenas recuerda las exigencias de la vida material, porque si algo lo ata, es el sacrificio inútil de prescindir de todos los bienes materiales del mundo libre, de los adelantos del hombre moderno. Nosotros, los cubanos, no necesitamos nada, ni siquiera de cambios políticos para obtener todo lo que, cono seres humanos, nos corresponde. Es de destacar que en sólo un año de ausencia me estremecía el cuadro que podía contemplar a mi alrededor: edificaciones que pudieron haberse reparado a tiempo a punto de desplomarse, áreas de ruinas de casas aún sin evacuar en años, como si recientemente hubieran caído bombas en la ciudad. ¿Quién iba a pensar que aquellas leyes de la Reforma Urbana habrían de desvanecerse de esta forma? El loable empeño del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, en reparar la parte más vieja de la capital, es muy bien acogido por todos. Pero, ¿cuántos Leales harían falta para levantar la ciudad de más de dos millones de habitantes? (3) Serán necesarias muchas décadas para que Cuba vuelva a ser la de ayer, para que recobremos la condición de seres humanos libres. La ruina espiritual que veo además a mi alrededor me espanta; una doble moral nos acompaña como si fuera un grillete impuesto, culpables por no haber sido confiados, por haber creído que lo mejor para nosotros era este sistema totalitario, esta dictadura que muy poco nos ha dado o casi nada, o nada y nosotros a cambio le dimos todo: nuestro valioso tiempo, nuestras vidas. ¡Qué desastre!, hubiera exclamado Bofill. El régimen socialista de Castro ha traído como consecuencia un gravísimo deterioro generalizado de las edificaciones del país, incluyendo las más modernas, construidas antes del triunfo de la revolución. La amenaza de un derrumbe en cualquier cuadra cuando sale el sol después de la lluvia, inquieta a todos, así como el desplome de un balcón sobre la vía pública. Es habitual después de varias horas de lluvia sentir los carros de los bomberos rescatando personas atrapadas en los escombros de sus propias casas. Igual que una guerra. ¿Qué ocurriría en Cuba, me pregunté muchas veces a la salida de mi prisión, si el régimen de Fidel continuara unos años más? Sencillamente esta situación empeoraría. Y así ocurrió. Nueve años después todo es peor. El fracaso de las conquistas es evidente. El régimen lo sabe y calla por conveniencia, porque hay que mantener el poder a toda costa, pase lo que pase; no importa las consecuencias de un futuro muy cercano. Alguien en la prisión me conté un criterio acerca de por qué Castro no aceptaba el pluripartidismo. -No se trata de correr el peligro de perder el poder. Tal vez ni lo pierde; a veces las mayorías no aciertan. Se trata de otra cosa. -¿De qué? -le pregunté con mucho interés. Era una mujer de unos sesenta y cinco años, afiliada en su temprana juventud al Partido Socialista. -Tienen muchas cuentas pendientes. Si pierden las elecciones supervisadas y libres, por ejemplo, ¿dónde se meten, dónde pedir asilo? ¿Podrían andar por las calles como si nada? Mi compañera tenía razón. ¿Dónde iba a meterse el mayor del Ministerio del Interior que golpeó a mi hijo, de sólo 26 años de edad, cuando salió en mi defensa en la puerta del Combinado del este? ¿En qué rincón del mundo podría ocultarse? ¿Habré podido enseñar a mi hijo a perdonar cosas como éstas? Por aquellos días del mes de diciembre comencé a tramitar mi salida del país. Poseía un refugio político, otorgado por el presidente de Estados Unidos, a los tres meses de estar cumpliendo prisión acusada falsamente de un desorden público. Sin embargo, el gobierno no me entregaba la tarjeta blanca (4), necesaria para viajar fuera de Cuba. Sentía un profundo agradecimiento a George Bush, entonces presidente, por no haber creído en la falacia de la acusación. Así se lo expresé al señor Brencik (5), cónsul de la Oficina de Intereses, quien personalmente se ocupaba de mis trámites en esa Oficina. En una ocasión (bien lo recuerdo porque parece que cometí un pecado mortal ante el dios barbudo que castiga y mata) dos funcionarios del Departamento de Estado de Estados Unidos quisieron conocerme. Yo me mostré natural en su presencia, como siempre soy; quizás hasta vehemente, como es mi personalidad. Yanez Pelletier (6) me acompañaba y también el periodista Roberto Pablo Pupo, ejecutivo del Partido y hoy asilado en España junto a su esposa e hijos. No podría decirse que fue una entrevista, porque todo no pasó de quince minutos. Simplemente un encuentro de presentación, en el que los miembros del Departamento de Estado apenas hablaron y mucho me observaron. ¿Acoso yo parecía una extraterrestre? Es posible que cualquier persona de carne y hueso de este planeta no sacara del bolsillo de Bofill un partido en las mismas narices de un dictador como Fidel Castro (7). ¡Y qué dictador! Leyendo detenidamente "El Príncipe", de Maquiavelo, se pueden comprender muchas cosas. O "Mi lucha", de Hitler, donde aparecen las frases "la historia me absolverá" y "patria o muerte". Las máximas de Maquiavelo, por ejemplo, son muy elocuentes. Dice que "un príncipe prudente debe encontrar la manera de que los ciudadanos, en todo tiempo y circunstancias, necesiten del estado y de él. Entonces les serán siempre fieles". Por otro lado el calculador político y escritor aconseja al príncipe "despreocuparse de la reputación de cruel, para mantener a sus súbditos unidos y fieles ya que al tomar posesión de un estado, el ocupante debe resolver todas las crueldades que es necesario hacer, y procurar cometerlas todas de una vez, para no tener necesidad de renovarlas con frecuencia y conseguir, por ese medio, asegurarse de los hombres y ganarlos". ¿Habrá aprendido el afán de la guerra también de Maquiavelo? ¿Por qué entre tantos libros editados en Cuba no están "El príncipe" y "Mi lucha"? Curioso, ¿verdad? En otro momento el señor Brencik me había mostrado preocupación por mi salida. El, como muchos activistas del Partido, esperaban una nueva detención por parte de las autoridades. Yo también lo pensaba. El Partido proseguía con la recogida de firmas, con las denuncias y, sobre todo, con los escritos de Cecilia, bien subidos de sal. La ingeniera Cecilia Romero Acanda había resultado una buena escritora. Yo prefería ocuparme de los asuntos generales. Una tarde, en compañía de Pupo el periodista, me visitó Lázaro Cabrera Puente, quien me traía un aviso muy importante. De acuerdo al criterio de funcionarios de la Oficina de Intereses de Estados Unidos, mi libertad estaba en su peor momento, corría un grave peligro. Por tanto, debíamos pedir protección en una embajada. Lázaro, un joven muy refinado y muy inteligente, había gozado siempre de mis simpatías, pero no de mi total confianza. Incluso unos días antes de irse, el pasado año 1997, vino a mi casa y me invitó a un espléndido almuerzo en el restaurante privado (llamados en Cuba "paladares") de un ex oficial del Ministerio del Interior llamado Chan. En aquella ocasión le manifesté a Lázaro la misma actitud disidente de otros tiempos, pero no autoricé a que los divulgara en el exterior. Mi propósito era y es no participar nunca más en asuntos de política. La historia de Lázaro, para muchos, era algo contradictoria. En cambio pienso que no fue bien comprendido. Lázaro, a mi juicio, era un disidente convencido, intrépido, buscador de métodos originales para luchar contra el totalitarismo de Castro. En una palabra, lázaro había sido casi siempre un francotirador con chispa e ingenio. A su proposición yo le pedí una prueba de que realmente seríamos protegidos. Cientos de miles de cubanos han penetrado ilegalmente en las embajadas radicadas en Cuba y los resultados no eran los mejores. Los diplomáticos cuidan mucho la permanencia temporal de su trabajo. Más tarde pude comprobar que la propuesta de Lázaro sólo tenía la intención de ayudarnos. Corrían los primeros días del mes de marzo. Sólo hacía tres meses de mi excarcelación y unas horas de mi conversación con Lázaro. En la madrugada, mientras dormíamos mis dos hijas y yo, numerosos miembros de la policía política vestidos de civil invadieron mi casa. Mis hijas estaban muy asustadas, yo muy molesta. ¡Qué buscaban? Nunca lo supe. Demoraron más de dos horas registrándolo todo, hasta las cosas más personales. Permanecí sentada todo el tiempo. Ellos sabían muy bien que el Partido ni ninguna otra asociación pacifista ocultaba nada, que nuestros documentos públicos sólo tenían como objetivo primordial recorrer el mundo. Casi al amanecer me ordenaron que me vistiera. Cargaron conmigo y con todos lo papeles del Partido, incluso con mis documentos personales de mi salida del país que jamás he vuelto a recuperar. Ya en un calabozo de los cuarteles dela Seguridad del Estado supe que la preocupación de algunos diplomáticos con relación a mi libertad no era desacertada. Fidel Castro, quien dirigía la Seguridad del Estado, no iba permitir jamás que marchara al exilio. Los planes macabros que tenían conmigo, llevados después a la práctica, fueron una prueba más que evidente. En la celdas tapiadas de la Seguridad del Estado nunca encontré la paz, nunca fui parte de ninguna felicidad porque desde un principio un experto de conciencias comenzó a manipular la mía. Además, como no clamé por Dios, Dios no luchó junto a mí, estuvo tan ausente todo el tiempo en aquel lugar tan alejado del mundo que nadie, absolutamente nadie, pudo escuchar mi dolor. El hacha del verdugo caía constantemente sobre mi cabeza y yo no podía evitarlo. Es cierto que alguien me dijo años después: me había faltado la fe en Dios. ¿Quiénes eran culpables entonces? ¿Acaso mis padres? ¡Me hubiera gustado haber sido la primera mártir de los Derechos Humanos! Pero no, ese no era el plan del gobierno, sino algo peor. Si lograba dormir me despertaba sintiendo un gran miedo. No era sólo por mí y por la acusación de rebelión, traición a la patria y qué sé yo cuántas cosas más. Pensaba en mis hijas, solas. De catorce y diecinueve años respectivamente, sin ayuda económica de nadie. Pensaba en Ernesto, mi novio, en esos momentos seguramente en huelga de hambre al enterarse de mi nueva detención arbitraria. ¿Qué es lo primero que siente un instructor de causa de la Seguridad del Estado antes de abrir la puerta del cuarto congelador de los interrogatorios? ¿Curiosidad? ¿Temor de que el opositor sea más fuerte que él sicilógicamente? ¿Temor a sus argumentos? ¿Curiosidad ante otro bicho raro, ante otra cucaracha caída del cielo? El teniente Rodolfo Pichardo (8), muy conocido entre los presos políticos a lo largo de estos años, fue mi instructor: un hombre alto, corpulento, de sonrisa cínica, de semblante hipócrita; un experto en doblegar voluntades sobre todo de mujeres o varones infelices que han sentido temor ante la muerte. Porque lo primero que hace este experto dela KGB es hablar de la muerte, del fusilamiento próximo, a sólo unos pasos, como lo hemos visto tantas veces. -Quien mata es cobarde -le dije. Quería demostrarle fortaleza y creo que lo logré casi tres meses. -Son los débiles quienes mandan a matar -agregué. Pero un prisionero, con quien se tiene planes insospechados, cuando comienza a quejarse, pierde. Eso me ocurrió a mí. ¿Dónde estaba la fortaleza de carácter de la cual siempre había presumido? ¿Acaso era de lo que yo carecía en realidad? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué los occidentales no nos preparamos desde el mismo momento en que nacemos para saber controlar las emociones? Con el tiempo supe quiénes fueron los compañeros del Partido que también estaban en aquellas cárceles subterráneas. Cerca de mí estaba Cecilio Romero, la ingeniera. También ella había dejado en su casa a sus dos hijos menores; Hemérita, la risueña Hemérita; Mario Remedios, hijo de un abogado de gran prestigio; Pablo Roberto Pupo, mi viejo amigo y periodista; el ingeniero Eduardo Hoyos, a quien le decíamos Rudy cariñosamente y el viejo Pagés, siempre quejándose de sus dientes. Eramos ocho en total. También eran ocho los estudiantes que fusilaron los colonialistas españoles en el siglo pasado. -Ustedes son un atajo de contrarrevolucionarios al servicio de la CIA -vociferaba mi instructor, tan cerca estábamos uno del otro. -No es cierto, somos disidentes, defensores de los Derechos Humanos. Disidentes no de pasillo, como lo son casi todos en este país, sino disidentes públicos, de cara al régimen. -El único error que ha cometido nuestra revolución socialista es haber dejado vivos a sus opositores contrarrevolucionarios. Ninguno de los presos contrarrevolucionarios de este país merecía seguir viviendo. En la soledad, en el absoluto silencio de mi celda, pensaba cómo era posible que aquel ser humano pensara así. ¿Realmente su corazón estaba de acuerdo con sus palabras o hablaba de esa forma porque nos estaban grabando las discusiones? Nunca he podido aceptar que un ser humano sea completamente malo, ni aún el peor de todos. En su ofuscación, viendo que me mantenía firme en mis criterios, llegó a escapársele una frase que nunca más se me olvidó. Fue referente a Ernesto Díaz Rodríguez, quien quedaba solo en la histórica prisión de los plantados. Mario Chanes fue el penúltimo en salir. Ya estaba en la calle. Había cumplido su condena de treinta años por disentir de Castro. -Todavía estamos a tiempo para fusilarlo porque ése es el peor de todos -casi gritó Pichardo. Yo sentí un escalofrío que me recorría le cuerpo. Eran capaces de eso y mucho más. Yo no tenía dudas. -¿Ernesto está en huelga de hambre? -fue lo único que atiné a preguntar. -Que yo sepa no -respondió. ¿Aquella sería la noche que mis cabellos comenzaron a blanquear todos al mismo tiempo? Unos días antes de ser conducida a los cuarteles de la Seguridad del Estado por segunda vez, donde permanecí seis meses en sus calabozos, hablé por teléfono con carlos Manuel de Céspedes, descendiente del padre de la patria (9). La comunicación se estableció en la casa de Jesús Yanez Pelletier, quien junto a Mario Chanes de Armas y Ernesto Díaz, habían sido nombrados miembros de honor del Partido. La duración de la llamada fue breve. Lo suficiente como para enterarme de que el Partido podía contar con los millones de dólares de Céspedes para la lucha por la libertad de Cuba. Le conté luego a Yanez que seguramente esa llamada había sido interceptada por el gobierno. Ambos coincidimos. El gobierno tenía un control total de las llamada de Estados Unidos. Mientras regresaba a mi casa, caminando, pues ese día apenas tenía dinero para el pasaje en ómnibus, pensé en todo lo que haríamos con los millones que nos ofrecían. Primeramente le daríamos una gran parte a los familiares de los presos políticos, en muchos casos sin trabajo, para que pudieran comprar la comida que llevaban en una jaba los días de visita a la prisión. Me compraría unos zapatos cómodos para caminar, otros para Cecilia. Le pagaría una dentadura completa a Pagés, que se quejaba del dolor de muelas con mucha frecuencia. El resto del dinero lo daríamos al pueblo, que pasaba tanta necesidad. ¿Qué otra cosa podía hacer un Partido pacífico, que no aspiraba al poder ni a cargos públicos con tantos millones de dólares? Bueno, también compraríamos papel para escribir y una máquina de escribir que no fuera de los años cincuenta, como la mía. El teniente Rodolfo Pichardo fue ascendido a coronel en 1991, poco después de haberme "convencido". Segura estoy de que su ascenso tiene algo que ver conmigo. Ya en el mes de junio no discutíamos acaloradamente. Los papeles de la acusación que podían costarme la vida habían sido rotos. Mis verdugos querían dialogar conmigo, llegar a conclusiones saludables para ambos, analizar incluso hasta hechos de mi pasado. -Es cierto que te han hecho mucho daño, que te han picado en pedacitos. Eso de que te sacaran de la Unión de Escritores sin que te explicaran los motivos... Pero la revolución quiere rehacer tu vida. Volverás a ser la Tania que fuiste, la Tania combatiente. Pocos días después fui trasladada a una celda-apartamento con sala, dos habitaciones de dormir, cocina-comedor con refrigerador, televisor y hasta video. ¿Era el mismo apartamento donde estuvo el escritor y amigo de mi corazón Heberto Padilla? (10) ¡Si al menos me hubiera contado Heberto cómo fue esa historia! Ni siquiera Samuel, que como siquiatra conocía de los distintos métodos represivos de la Seguridad, me dio alguna información con la cual me pudiera valer entonces! Sólo supe, eso sí, que Heberto jamás fue convencido verdaderamente, que obró obligado por las circunstancias, víctima al fin del régimen como tantos otros. También yo me daba cuenta de que no estaba convencida de nada. Los argumentos de Pichardo no podían convencer a nadie y mucho menos a un defensor de los Derechos Humanos. He conocido a lo largo de los años a muchas personas muertas en vida, ya sea porque perdieron a sus seres más queridos o porque decidieron morir de forma espiritual por carecer de fuerzas para hacerlo físicamente. Eso y no otra cosa fue lo que logró el coronel Pichardo en su largo trabajo especializado durante seis meses: fusilarme en vida. ¿Acaso me había ocurrido por pertenecer a esa raza enigmática de los guanches, aborígenes de las Islas Canarias? Mi abuelo materno, Juan Castro, habló más de una vez de su pura ascendencia guanche; aclaraba que a pesar de una guerra contra los españoles, que duró cien años, los guanches no habían desaparecido del todo. Muchos años después me interesé por aquellos gigantes de atlética complexión, muy blancos de piel, de ojos azules. ¡También mi abuelo conversaba emitiendo silbidos, como los antiguos aborígenes de La Gomera. Se batieron hasta el fin. Pero cuando se vieron vencidos, todos, hombres y mujeres, se arrojaron de los precipicios quedando a salvo algunas mujeres, los niños y los ancianos. Como mi abuelo materno, yo tenía una opinión demasiado buena de mí. ¿Carecía, pues, de humildad, de modestia? Pichardo no venció sobre mí, sino sobre mi orgullo, ese sentimiento tan elevado que a veces se tiene de nuestra dignidad personal. Ese orgullo no me permitió en mucho tiempo demostrar ante los demás que estaba derrotada, que no había podido arrojarme a un precipicio al sentirme vencida por mis enemigos. El coronel Pichardo me brindó dos opciones: el suicidio físico o el suicidio político. ¿Y mi amor por la vida? ¿Acaso no había sido siempre una enamorada de la vida y del amor? De pie, ante el precipicio, veía mi propio cuerpo en su fondo: oscuro, tenebroso. Sabía que nunca más iba a poder escapar de allí. ¿El mundo se había paralizado? ¿Por qué no estaba preparada para seguir viviendo con una bala hundida en el pecho? Todo comenzó cuando ya no veía cólera en el rostro de mi enemigo, cuando no se levantaba como un bólido y aferraba su mano derecha al picaporte de la puerta como si fuera mi cuello; cuando su mirada ya no era severa, como de cuchillos afilados; cuando mis armas dejaron de servirme porque comencé a ser, según ellos, la mejor, la más honesta, la verdadera, la víctima, la que merecía la salvación personal. ¿De qué lado estaba la verdad? ¿Dónde estaba el odio, el desprecio, la rabia, el deseo de venganza, el odio del enemigo? ¿O era que mis oídos se habían quedado sordos para siempre, que mis ojos ya no podrían ver nunca más? ¿Quién me dijo alguna vez que los guanches se batieron hasta el fin? Tania Díaz Castro, 30 de noviembre de 1998. NOTAS 1. Se refiere al filme "Nadie escuchaba", realizado por Néstor Almendros y Jorge Ulla en el exilio. 2. Los otros tres prisioneros de conciencia firmantes del documento "La patria es de todos" son Marta Beatriz Roque Cabello, Félix Bonne Carcasés y René Gómez Manzano. 3. El historiador de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal, miembro de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el órgano "parlamentario" de la dictadura, dirige un plan de reconstrucción de las zonas históricas de la ciudad, el cual incluye instalaciones dirigidas a los turistas y dónde sólo se puede consumir con dólares, por tanto, se trata de zonas vedadas a la población. 4. Documento oficial emitido por el Departamento de Inmigración de Cuba autorizando la salida del país a un ciudadano. Es popularmente conocida como "tarjeta blanca" por su forma y color. 5. Wiiliam Brencik, Cónsul General de Estados Unidos en Cuba. 6. Jesús Yanez Pelletier, dirigente del Comité Cubano Pro Derechos Humanos. Ex oficial del Ejército de la República que salvó la vida a Fidel Castro cuando, estando en prisión, intentaron envenenarlo. Cumplió una larga condena por oponerse a la dictadura. 7. Hace referencia a la frase que usó Fidel Castro en su discurso público cuando advirtió que la revolución no permitiría "partidos de bolsillo". 8. Se refiere a Rodolfo Pichardo Olano, instructor de Seguridad del Estado especialista en intelectuales y miembros del movimiento de Derechos Humanos. Fue el oficial de caso, entre otros, de María Elena Cruz Varela, Norberto Fuentes y Reinaldo Bragado Bretaña. 9. Se refiere al doctor Carlos Manuel de Céspedes, residente de Miami. 10. Heberto Padilla, poeta cuyo escandaloso proceso político hizo que gran parte de la intelectualidad dejara de apoyar la dictadura de Castro. Padilla también fue sometido a las presiones de la Seguridad del Estado. |