Aquella Caja de Muerto Venezolana

por Tania Díaz Castro

Publicado el 4 de Octubre del 2007 por CUBANET

Tania Díaz Castro

Nació en 1939.  En su pueblo natal realizó estudios primarios. Su familia se trasladó a La Habana (1952) donde inició estudios de ballet -que dejó inconclusos en 1957- en la Sociedad Pro Arte Musical y en la Escuela de Alberto Alonso.

Su primer poema publicado apareció en Zig-Zag, en 1959. A fin de tomar clases de secretariado comercial en la Speed Writing Academy, obtuvo una beca, concedida en Cuba por la UNESCO, en cuya Comisión Nacional trabajó entre 1960 y 1962, y después, tomó un cursillo en el INRA, auspiciado por la UPEC, sobre producción agropecuaria. Participó en el I Congreso Latinoamericano de Juristas (1960), en el I Congreso de Escritores y Artistas de Cuba (1961) y en el Seminario del Congreso Cultural de La Habana (1967). Sin concluir sus estudios de periodismo, iniciados en la Universidad de La Habana en 1968, fue redactora en Trabajo (1964), Con la Guardia en Alto, y Bohemia (1968), Constructores (1971) e INIT (1972-74) y corresponsal de El Corno Emplumado y El Escarabajo de Oro (México) y de Cormorán y Delfín (Argentina). Como escritora de programas de Radio Progreso donde trabajó entre 1977 y 1983, obtuvo primeros premios en el género programación educacional, en los festivales de radio y televisión de 1977, 1979, 1980 y 1983. Su obra poética ha sido incluida en Antología de jóvenes y viejos (1964) y Cinco poetas jóvenes (1965). Ha colaborado, además en Prensa Libre, La Tarde, Romances, Ellas, Cuba, El Mundo, Hoy, Revolución, Juventud Rebelde, La Gaceta de Cuba, OCLAE y en El Lagrimal Trifulca (Arg.). Fue fundador de la UPEC y es miembro de la UNEAC. (Marta Lesmes Albis)

Bibliografía activa: Apuntes para el tiempo (poesía), 1964, 141 pp. Todos me van a tener que oir (poesía), 1970,74 pp. Flores amarillas cortadas al anochecer (poesía), 1996, 102 pp.

Bibliografía pasiva: "Poemas", CD, Argentina, abr.'70, p. 55-57

 

Tomado en parte de Cuba Literaria y Comité Cubano Pro Derechos Humanos

 

LA HABANA, octubre (www.cubanet.org) - Hace mucho que quiero contarles una historia. Si mal no recuerdo, ocurrida en 1988, cuando aún no se había desplomado el campo socialista ni vivíamos los cubanos en Período Especial. Yo vivía en San Francisco y Neptuno, en el municipio Centro Habana y  comenzaba en la prensa independiente a través de CubaNet.

 Tenía de vecina a una señora de muy mal carácter cuya única hija había viajado a Caracas donde se había quedado a residir. Mi vecina, orgullosa de su joven y bellísima hija, me enseñaba sus fotos y me contaba de sus buenos sentimientos, de su buena suerte, de cómo en muy poco tiempo la muchacha se había hecho de un apartamento en un barrio residencial de la capital venezolana.

 Una noche le avisaron que en una fiesta su hija había muerto a consecuencia de un paro cardíaco. También le comunicaron que todo lo que le pertenecía a la muchacha le sería enviado por avión: un auto, joyas, ropa, zapatos, muebles y una buena suma de dinero depositada en un banco.

 Días después llegaba el cadáver, que fue velado en la funeraria Rivero de Calzada y K, en el Vedado. Además de llamar la atención su belleza angelical, sus abundantes y crespos cabellos rojos, su rostro de una serenidad escalofriante, como si en vez de estar muerta descansara dulcemente. Los presentes en la capilla detenían la vista en el lujosísimo ataúd blanco forrado en seda y encajes, con incrustaciones de perlas, rosas y gladiolos naturales de varios colores. 

Yo estaba presente cuando llamaron a mi vecina de la oficina de la funeraria. El administrador le pedía muy amablemente que donara la caja de la muerta para cuando falleciera una personalidad política. La reacción de mi vecina fue la peor. Mejor no lo cuento. Soltó dos malas palabras y salió como una tromba de la Administración.

Lo menos que se imaginó el funcionario aquel fue que mi vecina no simpatizaba con la dictadura. Días y meses después me repetía lo mismo:

-¡Mira que pedirme la caja de mi hija para un cabrón comunista!

Me contaba que en dos ocasiones hizo abrir la tumba, sólo para comprobar que su hija descansaba en la lujosísima caja venezolana, como ella se lo merecía, por su belleza y buen corazón.

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