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Notas 2007

 

CUBA: UNA CEREMONIA PARA SALVAR EL FUTURO

Por Carlos Alberto Montaner

Publicado por Firmaspress

 

 

  Carlos Alberto Montaner

 

Cuba, país fuertemente uncido al mundo occidental, pese a los esfuerzos de Fidel Castro por apartarlo del universo cultural al que pertenece por su historia y geografía, está a punto de entrar en una nueva etapa. Dentro de pocos meses, o de pocos años, la dictadura comunista habrá cesado y la sociedad se preguntará cómo y por qué sucedió lo que sucedió. Llegará entonces el momento de la reflexión, y, como parte de ese ejercicio, probablemente surgirá la tentación de formar «comisiones de la verdad» para esclarecer las violaciones de los derechos humanos de que han sido víctimas los cubanos, no sólo por los gobiernos, sino también por la oposición. Lo hemos visto en una docena de países que han estrenado la democracia, y entre ellos algunos de nuestra estirpe: Chile, Guatemala, El Salvador, Argentina. Otros, sin embargo, han optado por la amnesia y el voluntario olvido de los agravios. España es el caso más notable. En los papeles que siguen intento acercarme a este grave dilema moral. Debo empezar, naturalmente, por un inevitable recorrido histórico.

 

La tradición violenta

 

Hay una bella y estremecedora canción de Sindo Garay, compuesta hace casi cien años, cuya letra descubre y describe una peculiar actitud en el cubano: «y cuando siente, de la patria el grito, todo lo deja, todo lo quema, ese es su lema su religión». En efecto, el primer gran gesto independentista de los cubanos en 1868 2 fue incinerar la ciudad de Bayamo, una de las más antiguas de la Isla, antes de que cayera en manos de los españoles. Se da por sentado que los cubanos allí avecindados sacrificaron gustosa y patrióticamente sus viviendas y pertenencias en aras del ideal separatista. Jamás he leído que hubiera existido una voz de protesta ante estos hechos, lo que me indica que, si ése efectivamente era el estado anímico de los bayameses, habrá que admitir que poseían una sicología más bien excéntrica. Usualmente las personas razonables ven la pérdida del techo familiar como una inmensa desgracia que pone en peligro a los niños y ancianos del grupo. Los bayameses aparentemente tenían otro punto de vista.

La república, pues, nació bajo el signo del heroísmo y del sacrificio extremos. Tanto la Guerra de los Diez Años como la de la Independencia fueron extraordinariamente duras. Murieron decenas de miles de personas y los contendientes de ambos bandos no se ahorraron actos de gran salvajismo. El asesinato de heridos, prisioneros y de sospechosos fue una práctica común, y, aunque la intensidad de la barbarie parece haber sido notoriamente mayor por parte del ejército español, como prueban los «reconcentrados» de Weyler, muchas décadas después de inaugurada la República, los cubanos todavía reían con las traviesas anécdotas del general Quintín Bandera y su modo de identificara los españoles antes de ordenar la inmediata ejecución: «¿Cómo te ñamas» −les preguntaba a los cautivos con su acento africano? «González» (o Pérez, o lo que fuera) decía el asustado soldadito. «Te ñamabas», contestaba Banderas recorriendo la garganta con su dedo índice. Poco después de iniciada la 3 República, el propio Banderas dejo de ñamarse. Otros cubanos lo asesinaron. Fue una ejecución de carácter político, como tantas en ese periodo turbulento. Nadie pidió perdón por ello.

Una sociedad sin conciencia crítica ante la violencia política

Lo que quiero decir es que los cubanos nos asomamos a la independencia sin una verdadera conciencia crítica sobre el uso de la violencia como modo de solucionar nuestros conflictos o de respaldar nuestras causas. En las aulas escolares y en la tradición oral del país consagramos la tea incendiaria de Máximo Gómez y la muerte por fusilamiento de los traidores que proponían arreglos pacíficos. El «Pacto del Zanjón» siempre fue visto como una claudicación vergonzosa, en contraste con la viril (aunque inútil) «protesta de Baraguá». El asesinato de adversarios, aun cuando no fuera la regla, ocurrió con cierta tolerada frecuencia, como también los duelos a sable o pistola. La policía generalmente actuó con excesiva severidad frente a los delitos comunes, y, cuando los poderes públicos lo propiciaron, jamás escasearon los matones dispuestos a torturar o asesinar a los enemigos del gobierno de turno. Más de tres mil cubanos −la mayor parte asesinados− fueron exterminados durante la guerra racial de 1912. Los porristas de Machado, los esbirros de Batista y las Brigadas de respuesta rápida de Castro son buena muestra de esta fauna de rompe y rasga, siempre tan abundante, activa y entusiasta en nuestra convulsa sociedad.  Por otra parte, los luchadores por la libertad, como queda dicho, tampoco le hicieron asco a la violencia más radical. ¿Cómo se peleaba en Cuba contra la 4 tiranía o contra los gobiernos que incurrían en atropellos a la democracia? Se luchaba con conspiraciones militares, atentados, alzamientos, sabotajes y actos terroristas en los que se incluían secuestros y asesinatos. Ni siquiera en las etapas democráticas la sociedad se escandalizaba por el uso de la violencia: «ahí viene el mayoral sonando el cuero» se decía del General Menocal, y «los liberales del Perico» se veían obligados a «correr» ante el acoso de los conservadores. Otras veces sucedía a la inversa y los que corrían eran los conservadores.

 

Así ocurrió a lo largo de casi todo el siglo XX, contra prácticamente todos los gobiernos, pero muy especialmente contra las dictaduras de Machado, Batista y Castro. Fueron cientos las bombas irresponsable y criminalmente colocadas en lugares públicos para combatir a los gobiernos de Machado y Batista, lo que dejó decenas de personas muertas, heridas o mutiladas. Nuestras guerras separatistas surgieron aproximadamente en la época en que se perfeccionaba la dinamita (1866), e inmediatamente se estableció una relación entre este explosivo y −como preconizaron los anarquistas− la resistencia a la opresión. A Weyler trataron de volarlo con un bombazo colocado en el Palacio del Segundo Cabo, y el patriota que lo intentó, el periodista Armando André, varias décadas más tarde, en 1925, en el curso de otro conflicto, fue hecho ejecutar por Gerardo Machado.