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Notas 2007

 

CUBA: UNA CEREMONIA PARA SALVAR EL FUTURO

Por Carlos Alberto Montaner

Publicado por Firmaspress

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  Carlos Alberto Montaner

 

Como era predecible, en los primeros años de la década de los sesenta del siglo que acaba de terminar también se utilizaron esos procedimientos contra la dictadura de Castro, aunque en menor cantidad. Por esas fechas ardieron algunos establecimientos comerciales, hubo algunas víctimas inocentes, y La Habana se estremeció bajo el efecto de los explosivos, ahora perfeccionados con la ayuda de la CIA y la introducción en nuestras querellas del C-3 y el C-4.

 

Castro respondió a este reto con mayor violencia: el paredón de fusilamiento, que nunca ha cesado en el largo gobierno de difuntos sin flores del Comandante, se usó con una frecuencia nunca vista en la historia colonial o republicana de la Isla. El país fue sembrado de comités de delatores, cuadra por cuadra, empresa por empresa, y se inició un clima de persecución que todavía se mantiene. A los alzados en el Escambray se les juzgaba y ejecutaba en pocos minutos. No eran exactamente asesinatos extrajudiciales, pero casi: los detenidos carecían de garantías jurídicas o de procesos justos. Los mataban sumariamente. La cifra de fusilados compilada por el académico Armando Lago es de unas dieciocho mil personas. El trato dado a los prisioneros que salvaban la vida era abominable: larguísimas condenas en celdas inmundas, alimentación miserable, golpizas frecuentes. Mas la sociedad, en su conjunto, no parecía (ni parece) terriblemente indignada: así era y es la batalla. Ésa era la gramática de la insurgencia y de la contrainsurgencia. Curiosa y significativamente, un porcentaje notable de los cubanos que abandonan la Isla, pese a que las transmisiones de Radio Martí cuentan con más de quice años de existencia, aseguran que nada o casi nada sabían de estos atropellos. La resignación, la indiferencia y no querer informarse aparentemente constituyen una actitud bastante generalizada entre nuestras gentes.

 

Tras el desembarco de Playa Girón, y casi liquidadas las guerrillas del Escambray, pronto la única oposición armada que quedaba estaba en el exilio y bajo la protección y el auxilio del gobierno de Estados Unidos, entonces entregado a la lógica de la Guerra Fría. Pero esta fase del enfrentamiento sólo duró hasta la muerte de John F. Kennedy. A partir de ese punto, la oposición armada al castrismo, la situada en el exterior, apenas dependió prácticamente de sus escasos recursos. Ahí se inscriben esfuerzos bélicos como los desembarcos de Gutiérrez Menoyo, Vicente Méndez o de «Yarey», tan valientes como temerarios, pues carecían de la menor posibilidad de tener éxito. Y ahí hay que agregar, también, los episodios de lo que se ha llamado «la guerra por los caminos del mundo», esos desesperados actos de terrorismo contra buques petroleros soviéticos y barcos polacos y españoles de transporte de mercancía, la execrable voladura de un avión de Cubana de Aviación en pleno vuelo, barbaridad atribuida con probable fundamento a un grupo de exiliados, aunque el hecho nunca ha sido del todo aclarado, o, muy recientemente, lo que parece ser el último coletazo violento impulsado desde el exterior: las bombas colocadas en hoteles cubanos por anticomunistas centroamericanos contratados para esos fines.

 

En todas partes cuecen habas

 

En realidad, cuanto ha sucedido en la Isla no es muy diferente a lo que se observa en otras partes del planeta, pero muy especialmente en América Latina.  Quien conozca la historia política de Colombia, Centroamérica o Paraguay no puede pensar que la sociedad cubana ha sido especialmente cruel. Las dictaduras latinoamericanas de mediados de siglo −Trujillo, Somoza, Stroessner, Perón, Ubico, Carías, Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, Odría, etc.− actuaban de manera parecida, con un total desprecio por los derechos de la oposición, y la oposición, cuando las circunstancias eran propicias, recurría a la violencia. Al fin y al cabo, hasta los teólogos católicos más reputados, desde Santo Tomás hasta el jesuita Mariana, entre otros, han consagrado el derecho a la rebelión o al magnicidio para sacudirse a los tiranos, argumento, por cierto, esgrimido por el propio Castro para justificar el asalto al cuartel Moncada en 1953.

 

Por aquellos mismos años, tampoco resultaba inusual que las democracias más acreditadas de la Tierra recurrieran a la violencia extrajudicial y al terrorismo de Estado para controlar situaciones peligrosas. La actuación de franceses, belgas e ingleses en África −no digamos la de los portugueses−, casi siempre incluía la tortura y asesinato de los detenidos, y muchas veces bordeaba el genocidio. Fue proverbial, por ejemplo, la mano dura de los británicos en Palestina, y también la fiera respuesta de los israelíes con sus bombas y sus asesinatos selectivos, como modo de fatigar a Londres y obtener la independencia. Y no fue un caso único: los argelinos emplearon el mismo método contra Francia, y aparentemente obtuvieron la simpatía de los medios de comunicación, como parece demostrar la excelente película La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo. La Francia del admirado Charles de Gaulle, por su parte, además de las masacres cometidas contra la población argelina −que incluyó las torturas más crueles a niñas y mujeres a las que les colocaban picanas eléctricas en los genitales−, cuando ordenó la retirada del suelo africano no tuvo demasiados escrúpulos en organizar y condonar el asesinato de decenas de terroristas pied noirs opuestos a la descolonización, crímenes que, en algunos casos, hasta fueron cometidos en suelo europeo.

 

 

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