Por Carlos Alberto Montaner
Publicado por Firmaspress
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Carlos Alberto Montaner |
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Al punto al que quiero llegar es bastante obvio: los cubanos no constituían una etnia especial de violentos sicópatas, sino una sociedad cuyo comportamiento era bastante parecido al que se podía observar en casi todo el planeta. Los gobiernos, básicamente los ilegítimos, pero también las democracias más respetables, conculcaban los derechos de las personas, las maltrataban, y, en casos extremos, las eliminaban, mientras la oposición, moralmente protegida porla atribuida pureza de la causa que defendía, cometía su cuota de barbaridades sin ningún cargo de conciencia.
Un cambio de paradigmas morales
Este bárbaro panorama de violencia comenzó a cambiar, por lo menos en el plano teórico, después de la Segunda Guerra, tras la constitución de la ONU, en un mundo estremecido por los horrores de los nazis, momento en que se adopta la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero ese documento, suscrito por Stalin sin ningún rubor, entonces es poco más que pura retórica. Habrá que esperar hasta los años setenta, durante el gobierno de Jimmy Carter, cuando la Casa Blanca retoma su espíritu y esgrime el tema de los derechos humanos en su confrontación con la URSS, introduciéndo el compromiso de respetar estas normas en los llamados acuerdos de Helsinski. Súbitamente se revitaliza la vieja idea defendida por los estoicos paganos grecolatinos, y luego por los cristianos, de que las personas estaban protegidas por unos «derechos naturales» que no podían ser eliminados por ninguna «razón de Estado», lo que, a su vez, engendraba un tipo de oposición no violenta que intentaba actuar dentro de los límites de la legalidad vigente. En de la URSS ese movimiento opositor encarnó en la figura de Sajarov, mientras en Cuba tuvo como principal impulsor al profesor y preso político Ricardo Bofill, y luego, en su misma senda, a personalidades como Gustavo y Sebastián Arcos, o a Elizardo Sánchez Santacruz, fundadores del Comité Cubano Pro Derechos Humanos. De pronto, para bien, y en todas las latitudes, comenzaron a proliferar organizaciones como Amnistía International, Human Rigths Watch o Pax Christi, mientras surge en Washington, bajo la dirección de Elena Mederos y Frank Calzón, una institución perfectamente sincronizada con su época y creada para esos mismos fines, pero limitada al marco cubano: Of Human Rigths.
¿Qué había sucedido? Algo trascendente: se había producido un cambio sustancial en la mentalidad social o juicio colectivo de Occidente. De pronto, se habían devaluado tanto ciertos condenables métodos represivos utilizados por los Estados como los suscritos por la oposición armada. Colocar bombas dejó de ser una conducta aceptada, y se esperaba que los participantes en cualquier conflicto armado se condujesen con arreglo a normas humanitarias especificadas en tratados y convenios. Torturar prisioneros o darles un tiro en la nuca a los opositores empezó a ser universalmente repudiado. Esto no quiere decir que se interrumpiese la viejísima tradición de barbarie que la humanidad ha padecido desde que se tiene noticia escrita −y basta remitirse al Antiguo Testamento para asomarse a las masacres−, sino que las normas sobre las que se sustentaba el juicio ético se habían vuelto mucho más estrictas.
Finalmente, este nuevo clima moral compareció en los códigos del derecho penal internacional. Esto permitió que el general Noriega, tras la invasión norteamericana a Panamá, fuera juzgado en Estados Unidos como criminal y traficante de drogas. El viejo precedente de Nuremberg, tomado durante muchos años como un episodio aislado, cobraba nueva vida y se invocaba en los Balcanes para juzgar a los criminales de guerra serbios y croatas. Dentro del mismo espíritu, el general Pinochet sería detenido en Londres a requerimiento de un juez español, acusado de numerosos delitos contra las personas. Por la otra punta del fenómeno, se agigantaban las figuras defensoras de los derechos humanos: Martin Luther King, Nelson Mandela, Vaclav Havel, Sajarov, Solzhenitzyn eran universalmente venerados. Por primera vez comparecían ciertos nombres cubanos en la prensa internacional a los que se les atribuía el peso moral de las víctimas que luchaban en el terreno de la conciencia y sin otra arma que la palabra: Armando Valladares, Gustavo Arcos, Jorge Valls, Ernesto Díaz Rodríguez, María Elena Cruz Varela, últimamente, Vladimiro Roca y Oscar Elías Biscet. La civilización occidental había dado un paso enorme en dirección del respeto por la vida humana. Desgraciadamente, era un paso selectivo encaminado a sancionar a los más débiles violadores de los derechos humanos: los atropellos de Rusia en Chechenia se ignoraban, y las protestas contra los crímenes de China en Tiannanmen no pasaban de palabras airadas. Había un elemento de hemiplejia moral en las condenas y sanciones, pero algo, en fin, se había avanzado.
