Por Carlos Alberto Montaner
Publicado por Firmaspress
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Carlos Alberto Montaner |
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El actual dilema cubano no es para mí no es una experiencia nueva. En 1975, tras la muerte de Franco, viví en España una situación parecida. Durante décadas los españoles habían sufrido una dictadura que fue especialmente amarga tras la guerra civil, y que luego, poco a poco, había soltado las riendas de la represión, pero sin jamás permitir una expresión política plural o el claro ejercicio de los derechos civiles. En ese punto, vísperas de un cambio de régimen y, si se quiere, de sistema, los españoles se enfrentaron a una difícil decisión: ¿se acogían a las normas democráticas y al Estado de Derecho y los utilizaban para culpar a los franquistas de los atropellos que, sin duda, habían cometido, pese a que los propios partidarios del desaparecido dictador se habían hecho el hara-kiri político propiciando la llegada de la democracia? Pero, ¿y los crímenes cometidos por los rojos durante la Guerra Civil? Solamente en Paracuellos, cerca de Madrid, las ejecuciones extrajudiciales cometidas por las milicias de obediencia comunista habían pasado de tres mil. Digámoslo muy gráficamente: unos habían asesinado a Federico García Lorca; los otros a Ramiro de Maeztu. Los dos bandos habían cometido monstruosidades, aunque el de Franco lo había hecho durante mucho más tiempo.
¿Qué hacer? La respuesta se me hizo evidente en un programa de televisión, donde se confrontaron el hijo de una víctima derechista con un comunista, verdugo de su padre y luego preso político él mismo: «¿Usted lo perdona?» −preguntó el moderador. «No se trata de eso» −respondió. «Yo ya nada puedo hacer por reconstruir el pasado ni por devolverle la vida a mi padre, pero estoy seguro de que si trato de reclamar justicia para mi caso voy a comprometer el futuro de mi patria y de mis hijos. Y yo lo que quiero es salvar el futuro».
Una ceremonia exculpatoria
La idea subyacente en las «comisiones de la verdad» es que las sociedades deben identificar víctimas y verdugos y conocer los detalles de la barbarie para que nunca más vuelva a repetirse. Yo tengo dudas de que en el caso cubano ése sea el camino correcto. La mayor parte de los cubanos ya conocemos esa horrible verdad: nuestra historia, y especialmente la etapa del castrismo, está llena de atropellos y salvajismo cometidos con la complicidad de una buena parte de nuestro pueblo. Basta ver los videos de las muchedumbres coreando el grito de «paredón, paredón» para enrojecer de vergüenza. Basta recordar las multitudinarias asambleas universitarias encaminadas a expulsar a los sospechosos de «extravangacias», o el destierro forzoso de poblaciones enteras a nuevos asentamientos, o el inmenso crimen de la UMAP, con el encarcelamiento de homosexuales, Testigos de Jehová u otros creyentes, todo ello ocurrido ante el aplauso de muchísimos cubanos y el silencio de la casi totalidad, para darnos cuenta de que en medio de este lodazal la búsqueda de culpables específicos es un ejercicio inevitablemente injusto y limitado que sólo va a provocar un mal mayor: dificultar la posibilidad de construir una Cuba mejor en el futuro.
¿Qué hacer, entonces? La tradición católica conoce y practica un mecanismo de terapia sicológica vecino al exorcismo, extremadamente útil para aliviar la conciencia: el reconocimiento público y colectivo de las culpas. El propio papa polaco suele hacerlo con inusitada frecuencia. Lo hizo cuando, a nombre de toda la Iglesia, recordó el injusto maltrato a Galileo
−una forma de reconocer los abusos de la Inquisición−, y lo hizo, muy recientemente, cuando pidió perdón por los desmanes de los cruzados en el Medio Oriente. ¿Qué buscaba con ello Juan Pablo II? Naturalmente, enmendar viejos agravios, pero también mejorar la condición moral de la Iglesia Católica, tratar de impedir que en el futuro se cometan errores similares, y, sobre todo, fortalecer a la institución para que pueda continuar ejerciendo su magisterio ético sin incurrir en grandes incoherencias. ¿Cómo pedir hoy respeto por los derechos humanos si no se admite, humildemente, que, en el pasado, quien ahora los demanda fue un grave violador de esos mismos derechos?
Cuando nos llegue la hora de la libertad, más que convocar a los cubanos a la búsqueda minuciosa de culpables, creo que lo sensato, lo patriótico, lo conveniente, es pedirles, es pedirnos a todos y entre todos, una ceremonia colectiva de admisión de culpas terribles, que conlleve el otorgamiento general de una suerte de perdón y olvido generales, y, sobre todo, establezca un compromiso serio de enmienda para el futuro, algo que se puede lograr perfectamente mediante un plebiscito general que sea, además, la promesa de un mañana más generoso y compasivo. Poco vamos a solucionar sentando en el banquillo a un puñado de malvados. Lo conveniente es que nos sentemos todos, humildemente, sin hurgar en las heridas, porque casi todos, unos por acción, otros por omisión, alguna responsabilidad tenemos en esta desgraciada y larguísima peripecia.
Debemos comprometernos a nunca más recurrir a la violencia para solucionar nuestros conflictos; a nunca más violar la dignidad del prójimo; a nunca más ignorar el Estado de Derecho; a nunca más maltratar a otra personas, cualesquiera que sean sus ideas o convicciones. Todas las reglas, en fin, pueden reducirse a una sencilla norma prescrita en el Viejo Testamento, suma y resumen de la ética judeo-cristiana:
no hacerles nunca a los demás lo que no quisiéramos que anosotros nos hicieran. Arranquémonos todos los cubanos ese juramento y empecemos de nuevo mirando hacia adelante. El pasado ya lo hemos hecho añicos. Lo importante ahora es salvar el futuro.
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