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Diario Las Américas, USA, 28 de septiembre de 1999 El siglo XX A pesar de toda la algarabía que se produjo el pasado fin de año con la supuesta conclusión del milenio, se sabe a las claras que el 31 de diciembre del presente termina este ciclo de mil años de historia del hombre. Poco antes de terminar 1999 se hicieron muchas listas, se organizaron por jerarquías los avances de la humanidad, los grandes hombres, en fin, todo lo que se quiso con tal de otorgar magnificencia al falso concluir de 10 siglos. Pero me interesa echar una mirada a lo que pudiera ser el rasgo característico del siglo XX. Entre los avances científicos y técnicos, sin duda, hay para escoger. Desde los antibióticos hasta la televisión, pasando por la consabida computación que invade nuestras vidas hasta el último reducto y la carrera espacial y la energía atómica. En fin, sé que paso por alto muchos inventos importantes, pero puedo concluir con el ejemplo de la biogenética y sus clones escalofriantes que amenazan con cambiar la mismísima sicología del ser humano. Muchos dirán que el rasgo fundamental del siglo que termina cae en la esfera del desarrollo científico. Otros dirán que, como casi siempre ha sido, la veta predominante es el afán de hacer la guerra. Y, si de conflagraciones se trata, en este siglo tenemos las dos guerras mundiales con sus millones de muertos y, para bochorno de la especie, los horrores de la Segunda. Ahora quiero hacer un alto para traer a colación el caso de una mancha de salmones atrapadas en la red de un pescador. Los peces, viviendo a sus anchas y sin la menor sospecha de que sus vidas están amenazadas, nadan completamente identificados con la paz que la rutina de sus existencias les otorga. De pronto se ven enredados en algo incomprensible, nunca experimentado, que les impide nadar. Comienzan, con desespero, a buscar un escape de aquello que los alza sin remedio hacia la luz cegadora que siempre vieron, pero que nunca tentaron. Finalmente son alzados fuera del agua y tirados en una superficie dura. Aletean mientras agonizan por asfixia. Finalmente mueren sin saber de dónde ni por qué les llegó ese fin tan extraño. Lo experimentado por los salmones es exactamente lo que han experimentado millones de seres humanos a lo largo de estos últimos cien años. Lo que caracteriza al siglo XX es la triste existencia del perseguido y la bochornosa existencia del perseguidor. Lo que en siglos pasados mayormente se limitaba a guerras que, aunque disfrazadas de religiosidad o ideologías, en el fondo eran pugnas por dominios económicos, en nuestro siglo es una real persecución por ideología, raza, color, credo religioso o sexo. La especialización de la persecución llega a niveles tales que todos los que ahora leen este artículo en algún momento de sus vidas han sido perseguidos y muchos, aun ahora, todavía lo son. La persecución masiva de seres humanos comenzó con la fatídica revolución de octubre de 1917 con el nefasto Lenin a la cabeza, seguido por Stalin. La caza de judíos alcanza su esplendor en la Segunda Guerra Mundial y, al concluir, nace todo un mundo comunista cuyo credo es, precisamente, la especialización del perseguidor en detrimento del perseguido. Hoy, a pesar del desplome ridículo del bloque comunista, la persecución sigue siendo la peor plaga del siglo. El caso de Cuba es ejemplarizante. ¿Qué puede necesitar un hombre como Castro a su edad y después de tantos años ejerciendo el poder sin limitaciones? Nada, no necesita nada, sin embargo mantiene en pie la persecución a pesar de que muy bien pudiera retirarse a ver el tiempo pasar hasta que la muerte lo sorprenda lleno de honores que él sabe falsos, pero en paz y bien custodiado. Este siglo, sin duda, es una constante carrera de alguien que huye y otro que caza, y muchas veces bajo la mirada complaciente de espectadores neutros que, por no tocarle a ellos –al menos en ese momento– no se preocupan por el mal ajeno. El ser humano debe poner rumbo hacia la eliminación de la persecución. Para eso, primero, debe comprender que desde hace mucho está sumido en el error de perseguir. Cuando esa ecuación cambie, cambiará el destino de la humanidad. La única herramienta que veo a mano hoy día para mejorar esa situación es en el terreno ideológico: promover hasta la saciedad la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas y buscar las vías de generar riquezas para exterminar la miseria. Y no debo estar muy desacertado porque, en casi todas partes, los activistas de derechos humanos forman parte de la legión de los perseguidos. Debemos esforzarnos por dejar un legado más humano y comenzar el nuevo siglo haciendo hincapié en el fin de la demente carrera de la persecución. Selección de Textos Sobre el Movimiento de Derechos Humanos de Cuba, elaborada por Reinaldo Bragado Bretaña. |