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La cumbre de los disidentes

Gustavo Arcos Bergnes

La Habana— La IX Cumbre Iberoamericana ha terminado, y con ella, se terminaron las apresuradas manos de pintura destinadas a maquillar el ajado rostro de La Habana. Quedan, eso sí, Oscar Elías Biscet y otros disidentes en prisión como prueba de que la cumbre se despidió de un país muy similar al que la recibió. Ahora la novedad en la calle es el drama del niño Elián —el último en la cadena de tragedias familiares a que nos hemos acostumbrado los cubanos— que el régimen está manipulando para atizar los rescoldos de un nacionalismo agotado por décadas de abuso, en un intento por desviar la atención criolla de una cumbre que ya empieza a conocerse como la “cumbre de los disidentes”.

No fue ésta una cumbre corriente, marcada por la notable ausencia de un número importante de sus protagonistas. Pero aunque muchos aquí preferimos la reprimenda moral al régimen que significó la postura de algunos de los que no vinieron, tenemos que reconocer que algunos otros que sí vinieron —desafortunadamente no podemos decir todos— se comportaron honorablemente, como corresponde a representantes de los pueblos libres que los eligieron.

Por primera vez en la historia del actual régimen, un grupo importante de jefes de estado y cancilleres se reunieron, en suelo cubano, con representante de la oposición democrática. Entre el domingo 14 y el lunes 15 de noviembre, los presidentes de Portugal, España y Uruguay, así como los cancilleres de Nicaragua y México, se encontraron por separado con un grupo más o menos representativo de la disidencia cubana. Casi siempre fuimos los mismos, lo que yo llamo el grupo de “los veteranos”: Elizardo Sánchez, Oswaldo Payá y un servidor, con la ocasional presencia de Raúl Rivero y Héctor Palacios. Desafortunadamente, muchos de los que también merecían haber estado presentes no pudieron hacerlo: Marta Beatriz Roque, Félix Bonne, René Gómez, y Vladimiro Roca permanecen en prisión. Otros, como Elías Biscet, que representan honrosamente a la nueva generación de la disidencia, fueron hostigados o detenidos.

Pero aún así los encuentros fueron un éxito. Nosotros explicamos la situación interna cubana y la necesidad de lograr un transición pacífica hacia la democracia, mientras los visitantes, por su parte, manifestaron abiertamente su simpatía y solidaridad con nuestra causa. Después de cada reunión, se produjeron de manera espontánea unas miniconferencias de prensa entre nosotros y los representantes de la prensa extranjera presentes. Estos encuentros representan el mayor reconocimiento a la disidencia cubana hasta la fecha, y muestran sin lugar a dudas que contamos con el respeto de los gobiernos democráticos de nuestra región, que saben que los disidentes no somos lo que el régimen les dice que somos. Estos encuentros son, que no quepa duda, un importante espaldarazo moral y político de las democracias iberoamericanas a la oposición democrática cubana.

Los resultados de esta “cumbre de los disidentes” no serán inmediatos; el régimen continúa sordo en su senda totalitaria. Pero lo que se ha sembrado hoy se recogerá sin dudas mañana. Estoy seguro de que el reconocimiento de la disidencia como una alternativa política al régimen no ha pasado inadvertido para las cabezas más claras dentro del mismo régimen. Esto hará más factible la inevitable transición a esa democracia plena que todos deseamos.

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