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Cubanos en el Callejón Raúl
Rivero La Habana— De acuerdo a los valores que rigen en este país, y los de conducta que impone el partido comunista, ¿quiénes son los individuos que ocupan el sitio más sombrío y peligroso en nuestra sociedad? Muy fácil. Los activistas de base de los derechos humanos, los militantes de los grupos de oposición pacífica, el cubano que quiere cambiar. Ese es el hombre que verdaderamente sostiene la esperanza. El habanero sin rostro que entra a un solar para entregar un folleto con los 30 puntos de la Declaración de Derechos Humanos, el que ayuna en medio de su ayuno para pedir la libertad de los presos políticos, el que pasa en una bicicleta con un recado. Son los que viven en el fondo del abismo, los vulnerables, los primeros en ir a parar al calabozo, los que perdieron su puesto en la fábrica, en la escuela o en la granja estatal y le roban tiempo a su gestión diaria para conseguir algo de comer, y lo entregan discretamente, como si no fuera el tiempo de su vida la única riqueza. No son hijos ni parientes de nadie con poder, no salen en los periódicos con nombres y apellidos. Se les incluye en los informes, en el genérico y a veces protector “un grupo de activistas”, “otros integrantes de la oposición interna” o “alguien que prefirió el anonimato”. Ellos tienen que enfrentar a los fundamentalistas que quedan en los comités de defensa de la revolución. Son los más cercanos a los palos y las cabillas de las brigadas de respuesta rápida, y aprendieron en debates y discusiones, en hojas mimeografiadas y por su propia experiencia a ser tolerantes y libres. Están en las pequeñas juntas que colaboran con los familiares de los presos, y como no aparecen en la nómina de nadie si regalan dos plátanos y una guayaba lo están entregando todo. Es el personaje que en una celda —hacia la madrugada— te regala una aspirina y es Antonio o José Aguilar y es demócrata—cristiano o del Movimiento 13 de Julio o del PSD y te alivia porque, de repente, ya nadie está tan solo. No es el hombre nuevo. Es el viejo, el de siempre, el que por ser viejo es sabio y quiere la libertad y la democracia. Porque tiene memoria y familia. Puede ser un pecador y un tipo con defectos, que no ha leído a Carlitos Marx o a Volodia Lenin ni a Tomasito Eliot pero la intuición y la programación genética lo lanzaron a este propósito de reordenar su mundo. Es el que camina sin zapatos de marca por las calles de esta ciudad que siempre es sede de un congreso, un simposio o una conferencia de algo, sobre algo o contra algo. Es el que pasa cubierto con una camisa azul añil por la acera de enfrente de los hoteles de lujo, donde ofrecen conferencias de prensa celebridades nacionales del arte, la política y el deporte, quienes acaban de conseguir grandes hazañas allende los mares. No es el hombre nuevo. Es el viejo, el de siempre. Este es el hombre que ve, desde las ventanillas rústicas de un camello, los ómnibus refrigerados de las brigadas de amigos de Cuba —¿serán también amigos suyos, él es cubano?—, que van o vienen de Varadero y se cruzan en la Vía Blanca con los Mercedes de los comerciantes extranjeros. Se trata de quienes mantienen viva la sociedad porque salieron del simulador de vuelo y andan por el país real, sin anteojos oscuros ni sombreros de paños como los malos conspiradores de las películas. Caminan en las últimas instancias. Son débiles y están desarmados. En cualquier callejón de la República te puedes encontrar con uno de ellos. © Cuba Free Press |