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Diario Las Américas, 12 de febrero de 2000. El Eslabón Perdido del Castrismo Rafael
Bordao Con asombrosa vigencia Aristóteles, en su Libro Quinto de Política, expresa que las revoluciones políticas se originan por la fuerza o el engaño. Y asegura que “el engaño por su parte puede ser también doble: unas veces los ciudadanos son engañados al principio para que con su asentimiento se lleve a cabo el cambio de gobierno y posteriormente son sometidos por la fuerza contra su voluntad”. ¿No es esto lo que ha hecho Castro desde 1959? Pero el pensador heleno no se detiene ahí y continúa expresando la evolución del fenómeno de la siguiente manera: “Otras veces, después de persuadir al principio a los ciudadanos, se recurre de nuevo a la persuasión para gobernarlos con su consentimiento”. Precisamente esta ha sido la artimaña del tirano para embargar al pueblo, al que ha secuestrado y lo ha condenado a no merecer una vida mejor, porque ve con desprecio a ese despojo de pueblo del que se ha alimentado, y viéndolo ya como despojo, insulta con grosera ingratitud a sus propios cadáveres. De todo lo expuesto hasta aquí se deduce que desde el comienzo la usurpación del poder por Castro afectó con ello a todas las demás formas de gobierno, haciendo colectiva en el pueblo cubano la cultura de la fuga. Los que hemos vivido en el Alcatraz de Castro hemos padecido los mayores ultrajes que un gobierno puede propinarle a ciudadanos indefensos. Esos ultrajes se traducen en la falta absoluta de los derechos Humanos. Estos derechos en Cuba son, en realidad, lo que Castro quiere que sean. Porque como esos derechos no están al servicio de su dictadura ni tampoco la favorecen (más bien la desenmascaran y combaten), el gobierno persigue, amenaza, encarcela o lanza al exilio, a los activistas que enarbolan tales derechos, como es el caso de Ricardo Bofill, Reinaldo Bragado Bretaña y María Elena Cruz Varela, entre muchos otros. Por eso el pueblo de Cuba vive en absoluta orfandad de justicia, es más, vive en un constante estado de delito, sin ninguno de los derechos naturales del hombre que son la libertad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Desde hace mucho tiempo el poder absoluto de Castro se ha convertido en una temeridad insoslayable. Cuarenta y un años de tiranía castrista y su manipulación tercermundista, han servido para desfigurar monstruosamente el adjetivo de “revolucionario”, dándole una connotación bochornosa. Por ejemplo, de revolucionario en 1959, Fidel Castro ha pasado a ser en las últimas cuatro décadas el multimillonario y contrarrevolucionario de más alto rango en la jerarquía de su propia tiranía. Su prolongación en el poder lo ha convertido en el antípoda de la democracia, e incluso de sí mismo, contribuyendo con ello a que se multiplique el careo político, y la separación dentro y fuera de Cuba polarizando a todo el país con una exclusiva impunidad. A la luz de este postulado se deduce que la contradicción estriba en que siendo la revolución motivada por el principio de cambio, Castro ha preferido (para continuar en el mando) caer en el infierno, ultrajando y prostituyendo al pueblo, negándole todos sus derechos, hablando y gritando él solo para silenciar la voz colectiva, sin importarle que la falta de cambios políticos en la isla haya estancado al país cerrándole las puertas al progreso colectivo e individual, mientras él se ha engrandecido escandalosamente a costa de privar a todos de algo. ¿De qué le sirve a este hombre haberse adueñado de lo que no era suyo? Todo lo que había sido hasta entonces sagrado (la familia, la alimentación, los amigos, la fe, la locomoción, los modales, la religión y las vacaciones) fueron motivos de censura y repudio. Poco a poco Castro ha ido erradicándolo todo; en su insaciable descontento no ha quedado nada (incluso él mismo) que dignifique al país. Hasta el momento, el pueblo de Cuba aún no ha podido satisfacer sus necesidades más perentorias, y los alimentos no son más que ilusiones de otro mundo, son descubrimientos fortuitos de una revolución famélica. Le cabe a Fidel Castro la vergüenza de haber iniciado al pueblo cubano en las leyes universales de la miseria, e instaurar en su propio país la “dictadura del proletariado”. Castro ha sembrado un modelo político que sólo ha dado amargos frutos: el exilio, la cárcel y el fariseísmo. Dostoievski, refiriéndose a la verdad, afirmaba que “Dios no está en la fuerza, sino en la verdad”, y la verdad con Castro ha sido y continuará siendo el eslabón perdido de su mandato. El carácter autocrático de Castro nos ha confirmado lo desastroso y criminal que ha llegado a ser bajo su tutela el discurso desviado. Lo peor del terror de la tiranía de Castro es que promueve en el pueblo su aclimatamiento a él; hace todo lo posible para que la gente se acostumbre al terror sin aterrorizarse. --- Rafael Bordao, Ph.D. (Columbia University). Poeta, escritor y editor cubano. Autor de siete libros de poesía y dos de ensayos. Vive exiliado en New York desde 1980. |