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Elián y los Derechos Humanos en Cuba

Armando Alvarez Bravo

Hay victorias que constituyen un trascendente y positivo signo de posibilidad, esperanza y cambio. Es el caso de la resolución de condena a Cuba aprobada en Ginebra durante la primera reunión anual de este siglo de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. En esa dimensión, la resolución patrocinada por los gobiernos checo y polaco y apoyada por Washington, no sólo pone de relieve la absoluta y brutal violación de los derechos humanos en la Isla, sino un cambio de signo en la inteligencia y tolerancia de la trágica realidad cubana.

La resolución condenatoria –que no conlleva sanciones tangibles– patentiza como en el emergente y vulnerable marco democrático, la identificación o tangencia de los gobiernos latinoamericanos con las ideas y agendas de la derecha o la izquierda, ha dejado de ser un factor decisivo a la hora de condenar al castrismo, excepción reprobablemente notoria del Perú y Venezuela. Esto lo confirma el hecho de que los recién electos gobiernos de Argentina y Chile, cuyos mandatarios son políticos socialistas, votaran a favor de la resolución, como lo hicieron Guatemala y El Salvador. En este orden de cosas, es de particular relevancia la inesperada decisión de México, que siempre ha votado a favor del régimen castrista, de optar por la abstención. De esta suerte, la votación adversa al totalitarismo habanero –en que fueron decisivos los votos de Canadá, Japón y la Unión Europea– es una clara señal de desencanto con el régimen de los países que confiaron en que el decrépito, cruento y enloquecido dictador realizara cambios democráticos. El aislamiento y el repudio internacionales son finalmente la nueva, creciente e irreversible realidad en la que se precipita el castrismo a partir de esta condena.

La resolución ginebrina coincide con un caso que domina la atención mundial. Es la tragedia de Elián González, el niño de seis años que salvó milagrosamente la vida en las crueles aguas del Estrecho de la Florida, donde murió su madre mientras buscaba con él y su compañero y otros cubanos desesperados, la libertad que nunca conoció en su país tiranizado.

En esta Semana Santa, Elián sigue siendo centro de una confrontación que tiene como protagonistas al tenaz e injustamente denigrado exilio cubano, la administración Clinton y al régimen de La Habana. Esta disputa tiene tanto de moral como de política, y su desarrollo y desenlace son críticos. Cada segundo que pasa, la existencia de ese niño tan inocente, desgarrado y emblemático está más en juego que en el mar implacable donde tantos cubanos han perecido a causa del castrismo. Su vida depende de una decisión que determinará si debe regresar a Cuba junto con su padre –obviamente manipulado o moralmente degradado por el castrismo– o permanecer en Estados Unidos, donde fue acogido entrañablemente por su familia de Miami, que siempre ha querido buscar en el seno familiar una solución a su tragedia. Es algo bien simple. Se reduce a dos posibilidades. La primera es que Elián sea devuelto a Castro para ser “readaptado” por su régimen hasta convertirlo en un guiñapo temporalmente útil a sus propósitos propagandísticos y luego desaparecer. Y la segunda es que el niño permanezca en Estados Unidos creciendo en la libertad, dignidad y posibilidad que no existen en su país, como patentizó su madre con su inmolación.

No sé cómo va a acabar esto. Sí sé que un padre, por mucho que quiera y necesite a sus hijos, debe estar dispuesto a darlo y hacerlo todo por su bienestar, sean cuales fueren las consecuencias. Y huelga decir que el primer y final bien que podemos dar a nuestros hijos es la gracia y los riesgos de la libertad. Esto lo saben bien los cubanos. Miles de nuestras familias han sido y son cruelmente divididas por el régimen castrista en atroz violación de los derechos humanos. Y miles de padres han optado a lo largo de más de cuatro décadas por la terrible separación –sin saber si volverán a ver a sus hijos– con tal de que estos accedan a la libertad. Es una decisión desgarradora que se toma sin vacilar. Lo sé por experiencia propia. Tania, mi esposa, y yo, la tuvimos que tomar hace veinte años durante el éxodo del Mariel. Pero no es esa la decisión que debe tomar Juan Miguel González, el padre de Elián, pues se encuentra en Estados Unidos con su mujer y su otro hijo y el escenario más propicio para pedir asilo político que ha tenido ser humano alguno. Aún está a tiempo de hacerlo por el bien de su primogénito y de su nueva familia. Es cuestión de corazón y decencia.

A la luz de la condena a la Cuba castrista en Ginebra, que contó con el decidido apoyo de Washington, debe esperarse que el gobierno del Potomac, que decidirá el destino de Elián, sea consecuente con su política exterior en el campo de los derechos humanos y, muy especialmente, en lo que toca a la Isla. En este país de leyes es fundamental que los encargados de su cumplimiento recuerden que una ley no es necesariamente justa por ser tal. La historia nos da múltiples lecciones sobre esa verdad. ¿Son justas las leyes castristas? Son precisamente esas leyes las que sirven para llevar a sus máximos y mantener las brutales violaciones de los derechos humanos en el país. ¿Y no es una violación incalificable y monstruosa a los derechos de Elián como niño y como ser humano el devolverlo a ese horror?

A la luz de lo que ocurra a Elián, sabremos si lo que concierne a los derechos humanos es tan sólo sonido y furia que nada significan, o comprometida defensa de la decencia, la compasión, la justicia, la libertad y la vida. Así de simple.

Armando Alvarez Bravo nació en La Habana, Cuba, en 1938. Es miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua; correspondiente de la Real Academia Española y la Academia Norteamericana de la Lengua Española y miembro de la American Translators Association. Es crítico literario y de arte de El Nuevo Herald/The Miami Herald, de Miami; y profesor de periodismo en el Koubek Memorial Center, Escuela de Estudios Continuados de la Universidad de Miami. Es fundador y miembro de la directiva del PEN de Escritores Cubanos en el Exilio. Ha publicado; El azoro (Poesía, 1964); Orbita de Lezama Lima (Ensayo, 1966); Relaciones (Poesía, 1973); Para domar un animal (Primer Premio Internacional de Poesía “José Luis Gallego/1981”, 1982); Juicio de residencia (Poesía, 1982); Las lejanías (Poesía, 1984); El prisma de la razón (Poesía, 1990); Naufragios y comentarios (Poesía, 1993); Al curioso lector (Ensayo, 1996); Las traiciones del recuerdo y Les Trahisons du souvenir (Cuento, edición simultánea en español y francés, 1996); Autorretrato a trancos (Ensayo autobiográfico, 1996); Trenos (Poesía, 1996); Cabos sueltos (Poesía, 1997); El día más memorable (Cuento, 1999) y Poesía en tres paisajes (Poesía, 2000).

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