|
24 años después Roberto
Luque Escalona Fue en 1976, en los primeros meses de ese año. Eran unos pocos hombres desconocidos, desilusionados y, aparentemente, vencidos. Casi desconocidos: sus nombres habían aparecido en los periódicos de la tiranía a raíz del aplastamiento de la tendencia que encabezó Aníbal Escalante, viejo dirigente del Partido Socialista Popular, tendencia que contó con el apoyo solapado de la Unión Soviética. Desilusionados sí que lo estaban, y la desilusión incluía tanto al hombre al que llegaron a considerar su jefe como a la propia ideología marxista. Vencidos…; cualquiera puede parecer vencido después de una derrota total y varios años en la cárcel. Pero vencidos no estaban. De la derrota y la prisión y la desilusión surgiría el único movimiento político que ha tenido éxito, si no permanente, que el futuro es inescrutable, sí al menos prolongado, que 24 años son ya muchos años. El éxito se manifiesta en esa supervivencia, la que por si sola es una hazaña, y en las derrotas políticas del enemigo, materializadas en nueve condenas a la tiranía en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU con sede en Ginebra. Hay cosas más importantes aún: el Comité Cubano Pro-Derechos Humanos ha sido el movimiento político más original jamás surgido en Cuba. Ha sido la primera organización pacifista de la era republicana, en un país marcado por la violencia, donde a finales del siglo XX todavía se habla de “conquistar la libertad con el filo del machete”, y donde la violenta tradición y el culto a la muerte se han visto reforzadas por el militarismo castrista. Además, está el caudillismo. No ha existido nunca en Cuba un movimiento político duradero que no haya estado construido en torno a la figura de un caudillo, de un jefe providencial, de un líder carismático. No es que al Movimiento Pro-Derechos Humanos le falten líderes; yo diría que le sobran. De lo que se trata es que ese Movimiento no se ha formado en torno a una persona, sino a una idea. En los países socialistas europeos, los movimientos similares estuvieron encabezados por personas de mucha o alguna nombradía como Zajárov, Havel y Walessa. En Cuba, sólo los memoriosos entre quienes siguieron el proceso contra Aníbal Escalante recordaban los nombres de quienes lo acompañaron a la cárcel. En el proceso fundacional se les uniría alguien de diferentes características: una mujer sin pasado izquierdista y con cierto renombre estuvo en el pequeño grupo de iniciadores. Durante una década, el “grupúsculo” (palabra amada por Fidel Castro) fue acosado por dos enemigo terribles, la policía política castrista y la indiferencia de los cubanos. Entraban y salían y volvían a entrar en cárceles y centros de detención sin que ello le interesara a nadie, a no ser a sus parientes y amigos. Pero ellos insistían e insistían, denunciaban y denunciaban las tropelías del régimen, y lentamente, muy lentamente, ganaban adeptos, la mayoría de ellos en las propias cárceles. Eran un grupo sólido, basado en la amistad y, cosa rara en un país donde se había impuesto lo solemne, capaz de ejercitar el humor en medio de las malandanzas; fue entre ellos que surgió el nombre de Esteban Dido (“este bandido”) para referirse a Fidel Castro. En la segunda mitad de los años 80' el grupo “despegó”, por así decirlo, y nunca volvería a la oscuridad. Entonces se produjo la prueba de fuego. Acosados, anulados por el acoso, emigraron casi todos los fundadores, comenzaron los desprendimientos del Comité original y luego la creación de nuevos grupos por personas recién incorporadas a la oposición pacífica. Diez, veinte, cincuenta, cien. El Movimiento se fragmentaba y perdía en la emigración no sólo a sus creadores, sino también a otros, una especie de segunda generación que había ocupado el lugar de los fundadores exiliados. Entre tanto, la Seguridad infiltraba provocadores, periódicamente se condenaba a alguien, se producían derrumbes y claudicaciones, aunque la represión nunca logró hacer llorar en público a un disidente como hicieron, en la desgracia, algunos represores. En fin que, de una u otra forma, el Movimiento fue perdiendo dentro de la Isla a muchos de sus dirigentes más dinámicos y capaces, a sus mejores comunicadores. Sin embargo, nunca faltaron sustitutos; cuando parecía que todo había acabado surgía una nueva variante de enfrentamiento con la tiranía. El Movimiento Pro-Derechos humanos ha sobrevivido y todo parece indicar que sobrevivirá hasta la desaparición del totalitarismo. Y es que lo que fundaron aquel grupo de amigos resultó ser algo distinto. Y mejor. Algo que debe servir de ejemplo para la organización de la nueva República, que sólo necesitará de gente decente y leal, unida en torno a una idea, no a un hombre que puede morir o desaparecer del escenario político o ser alguien distinto a lo que se pensaba que era. Si Cuba llega a ser algún día un país de paz y respeto a las leyes y a los derechos naturales de las personas, todos los cubanos deben saber que el punto de partida de esa nueva sociedad fue el Comité Cubano Pro-Derechos Humanos. Por eso escribo estas líneas sin mencionar a nadie, porque me parece un homenaje mayor hablar de lo que hicieron que citar nombres. De todos modos, de ellos siempre se hablará. |