LA FAYETTE, PROFUGO EN CUBA

El Nuevo Herald, USA, 1989.

Esta historia comenzó una tarde en La Habana Vieja, al escuchar en la puerta de casa los golpes masónicos de llamado, institución a la que pertenezco. Cuando abro se presenta un desconocido bajo el nombre de Hiram Abí Cobas Núñez. Este masón me invita a integrar su logia -la Washington, radicada en la Catedral Escocesa de la calle Jovellar, en Centro Habana- para formar parte de una serie de conferencias sobre derechos humanos. La primera sería sobre el marqués de La Fayette -masón también- quien, en 1789, fue uno de los que presentó a la Asamblea Francesa la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Acepté de inmediato e invité a la prensa occidental radicada en Cuba. Todos confirmaron su asistencia entusiasmados. El ciclo comenzaría el 1ero. de junio de 1988. Pero no hubo tal ciclo: los dirigentes de la masonería a nivel nacional lo impidieron con una servil actitud que está registrada en los anales de la Fraternidad como una página bochornosa, como una vil traición a los patriotas cubanos, todos masones, desde Martí hasta Maceo. La documentación relativa al proceso obra en mi poder. Cobas y yo fuimos expulsados deshonrosamente de la institución. Se nos acusó de querer politizar la fraternidad. Pero las verdaderas razones eran otras, mucho más oscuras, que pronto salieron a la luz: impedir a toda costa que se hablara de derechos humanos porque el gobierno de Castro podría irritarse.

El 31 de mayo del mismo año, 24 horas antes de la anunciada conferencia, la alta dirección masónica convocó a una sesión extraordinaria de donde fui echado de sólo llegar. Cobas permaneció unos pocos minutos, el tiempo justo para pronunciar una arenga que concluyó con los gritos que retumbaron en el vestíbulo del edificio. "¡Abajo la tiranía!", ¡Abajo la opresión!", ¡Viva la fraternidad masónica universal!"

Frustrados y en la calle ya no teníamos institución, pero conservamos la dignidad que no pudieron aniquilar con las maniobras dirigidas desde el Ministerio del Interior. Cobas se dio a la tarea de fundar una logia clandestina, homónima de la que hicieron los mambises en el exterior de Cuba para luchar por la independencia. En menos de un mes se ramificó por la isla y ya el santo y seña masónicos rodaban en murmullos de esperanza por ese país fundado por masones.

Yo abandoné Cuba el 29 de agosto del pasado año, Cobas se unió al movimiento de Derechos Humanos hasta integrar el Partido, en el cual ocupa el cargo de ideológico. Fue detenido hace unos meses y multado por "clandestinidad de impresos". En esa ocasión tuvo que ser conducido urgentemente de la prisión a un hospital por problemas de presión arterial. Ahora nos llega la triste noticia. Fue detenido de nuevo, junto a un grupo no determinado de compañeros, por intentar una manifestación frente a la embajada de la Unión Soviética, en la cual se pediría a Gorbachev que presionara a Castro en favor de una apertura.

Pero una segunda noticia, más triste aún, nos inquieta en mayor medida: Cobas se encuentra en la sala de cuidados intensivos del tercer piso del Hospital Naval, a donde fue conducido por la policía política, víctima de un infarto. Todos oramos por su restablecimiento, pero eso no basta. Un clamor general, sin prejuicios, debe levantarse a favor de estos hombres encarcelados por ejercer su derecho a la manifestación publica. Una protesta de todo el exilio debe llegar a La Habana para que sepan que, si no tuvimos el valor de quedarnos junto a ellos, al menos no los dejamos solos frente a la intolerancia y la carencia de cobertura internacional.

Reflexionando sobre los primeros pasos de Cobas en este movimiento, recuerdo los preparativos del ciclo de conferencias y pienso en el marqués de La fayette, pobre hombre, que nunca imaginó -estoy seguro- que sería perseguido, dos siglos después, por sus hermanos de institución para no irritar a un gobierno como el de Castro.

Debo terminar este trabajo gritando la frase de auxilio de nuestra fraternidad a los masones del mundo: ellos sabrán escucharla. Pero debo lanzar otro grito al exilio: no dejemos solos a esos hombres que nos observan desde su encierro. De abandonarlos, cambiaríamos nuestro traje de exiliados por el odioso uniforme de los cómplices.