RANCHEADORES EN EL VEDADO

El siguiente artículo fue escrito en Cuba, el 18 de febrero de 1988, con motivo de la primera exposición de artistas disidentes de la isla. Circuló en la isla como periodismo clandestino

El 14 de febrero de 1988 se inauguró en el Vedado, La Habana, el primer palenque del último cuarto de siglo de Cuba, un "Palenque en el Vedado": la exposición "Premios y Castigos" del pintor disidente Raúl Montesino. Ninguno de nosotros sabía con exactitud qué estaba sucediendo allí. Después de las palabras introductorias de los doctores Ricardo Bofill y Adolfo Rivero, y del que escribe estas líneas, comenzó a transcurrir el primer minuto de una nueva etapa en la historia de la cultura cubana. Nos mirábamos asombrados entre cuadros y esculturas, entre el personal diplomático, los periodistas extranjeros y los demás invitados sin creerlo. Ese día la exposición fue visitada por más de trescientas personas que no pudieron resistir la tentación de respirar aire legítimo en un palenque. Los esclavos, víctimas de los peores atropellos, esperaban, después de los castigos, el premio de la muerte con su retorno al Africa. El premio que nosotros esperábamos era el eco que produciría en la sociedad crear arte fuera de la política cultural oficial. El matrimonio Carlos Valdés-Dapena y Alicia Fernández Arrate, dueños de la residencia sede de la exposición, tal vez se acostaron esa noche como todos nosotros: esperanzados, sin saber que ya la jauría estaba lista y los rancheadores se prestaban a la cacería.

Nada nos podía indicar que el odio andaba suelto y que muy caro pensaban cobrar la osadía de ser cimarrones. Cuatro días después, el 17 de febrero a las once de la mañana, el dr. Bofill comenzaba una conferencia de prensa en nuestro palenque: los testigos de las violaciones de los derechos humanos en Cuba estaban allí para testimoniar. No pudo hablar más de diez minutos porque la jauría entró mientras los rancheadores dirigían la operación desde un puesto de mando en la acera de enfrente. La casa estaba rodeada de cámaras de video que filmaron los detalles. El palenque fue asaltado en presencia de la prensa extranjera y el logotipo del Comité Cubano Pro Derechos Humanos y un poema de Armando Valladares escrito en un afiche, fueron hechos pedazos a dentelladas. Asistíamos a otro minuto histórico: el comienzo del fin de la aparente tolerancia. Nos hicieron el favor de legitimar nuestra lucha, porque el odio del esclavista señala con claridad al esclavizado. La policía uniformada se personó en el palenque y asumieron nuestra "protección". En medio de aquella vorágine fueron golpeados Eddy López, Rafael Saumell y el que escribe. Los rancheadores advertían hasta qué punto estaban dispuestos a actuar. Tras casi cuatro horas de sitio y conversaciones con el ministro del Interior hicimos valer nuestra posición: no aceptábamos salir en ómnibus de la casa, queríamos hacerlo como hombres libres en medio de la multitud de policías vestidos de civil que, en número mayor de mil, cerraban la calle pidiendo nuestras cabezas. Era la reedición del 80, los actos de repudio que desnudaron al régimen ante los ojos más ciegos.

Estábamos solos allí, asistidos por las pinturas que evocaban el dolor de los esclavos y sus esperanzas de premios. Los minutos transcurrían mientras los perros de presa ladraban consignas escritas en Villa Maristas. Cuando decidimos salir se lo comunicamos a las autoridades. De uno en uno o en grupos de dos o tres comenzamos a abandonar la casa, fuertemente escoltados por policías uniformados que nos protegían de los golpes que lanzaban los policías vestidos de civil. Detrás de cada uno de nosotros una cámara filmaba nuestra salida. Nos introducían en automóviles o perseguidoras y nos dejaban en puntos lejanos del palenque. En mi caso, cuando estaba en medio de la multitud, el oficial que dirigía mi escolta me conminó a correr hacia el auto o, de lo contrario, me dejaba solo allí: querían filmarme corriendo. No acepté a actuar para sus programas cinematográficos elaborados en DSE y, como los rancheadores sólo querían intimidar, no se me retiró la protección y logré llegar al automóvil. Terminado aquel bochornoso capítulo de la historia de Cuba nos dedicamos a denunciar los hechos en las agencias de prensa. Una febril actividad colmó a los cimarrones que no paraban de moverse por la ciudad delante de los ojos vigilantes de sus perseguidores. El día terminó ante el asombro de la población y la preocupación de los rancheadores. Ellos sabían que aquel suceso no terminaría allí, lo sabían porque en sus habitaciones, ya de noche y a pesar de las caras cortinas y el aire acondicionado, escuchaban un susurro que después se hizo murmullo y más tarde ruido atronador: eran los tambores cimarrones que Montesino invocó con su exposición y que ya nunca dejarían de rugir.