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LA HABANA, Cuba - septiembre
“Es más fácil descubrir el misterio del Triángulo de
las Bermudas que encontrar el fijador que mantenga
la calidad y el entusiasmo de los primeros días en
algunas de las iniciativas que emprendemos”.
Con estas palabras comienza una serie de dos
artículos que con el título Se busca un fijador
apareció en el diario Juventud Rebelde los días 9 y
16 de septiembre.
Abordan la falta de continuidad de la economía
cubana desde hace años, así como tratan de encontrar
los orígenes de un fenómeno que nada tiene que ver
con las características y tradiciones de los cubanos,
personas mayoritariamente persistentes en la
búsqueda de la prosperidad en otras épocas.
Este problema se generó con los cambios acaecidos
después de 1959, en un proceso que creó muchas
ilusiones, pero que en la práctica se distorsionó,
pudiéndose caracterizar, como lo hiciera en su
momento el cineasta Tomás Gutiérrez Alea (Titón),
como “un guión de gran calidad, pero de muy mala
puesta en escena”.
Las primeras intervenciones de propiedades privadas,
apoyadas abrumadoramente por la población, el tiempo
se encargó de demostrar que constituyeron simples
confiscaciones a favor del estado y del grupo
dominante. Consistieron en decisiones ajenas al
concepto de propiedad social, donde los
trabajadores tuvieran vías para expresar criterios
y ser tomados en cuenta. Resultaron mera copia del
fenómeno acaecido en la Unión Soviética y otros
países de Europa, donde fue establecida una gestión
estatal altamente centralizada, basada en la toma de
decisiones al margen de los intereses del pueblo,
envueltas en una retórica supuestamente socialista
para hacer creer por muchos años que el poder estaba
en manos de las grandes mayorías.
En Cuba esto se agravó mucho más, pues las
confiscaciones no sólo alcanzaron las grandes
propiedades, sino más tarde también a los pequeños
propietarios. Los pequeños comercios, talleres,
barberías, reparadoras de calzado y otros, así como
la propiedad agraria en gran medida, quedaron en
manos estatales. Esta política radical nunca había
sido expuesta en los programas de los marxistas
cubanos, que únicamente habían considerado la
socialización de los medios fundamentales de
producción.
De forma abrupta se estatizó en una medida incluso
superior al resto de los países de economías
centralizadas del este de Europa. Sólo quedó
propiedad individual en un pequeño sector agrario,
pero con las limitaciones existentes hasta hoy, que
mantiene a esos campesinos sujetos a un fortísimo
control burocrático. Ese mecanismo, falsamente
calificado como socialista, no fue más que la
conversión de la economía a un rígido e ineficiente
capitalismo de estado, donde jamás la voz de los
trabajadores se ha escuchado, y sin representación
real, sino con sindicatos oficiales utilizados como
correas transmisoras de las decisiones de los
niveles superiores del partido y el gobierno.
Todo resultó en un infuncional sistema y una falsa
planificación desde arriba, que sin tomar en
consideración los intereses y opiniones del pueblo
han establecido objetivos muchas veces kafkianos,
que han conducido inmensos desastres.
Con la pérdida de las subvenciones del bloque
soviéticos en 1989, las cosas se ven mucho más
claras. La economía es incapaz de recuperarse y
tiene que descansar nuevamente en las subvenciones,
ahora venezolanas. Si los proyectos fracasan, como
acontece en la inmensa mayoría de los casos, es
porque los trabajadores no tienen ningún estímulo
para trabajar y por un bloqueo a las fuerzas
productivas inhibidor del desarrollo. Los salarios,
como reconoció el General Raúl Castro en julio
pasado, son insuficientes. Según estudios realizados
por economistas oficiales, el salario promedio
mensual en términos reales no sobrepasa el 24,0 % de
los niveles de 1989. Los trabajadores ahora tienen
conciencia de que la propiedad social es una
falsedad, incluso reconocida por destacados
pensadores marxistas, como el Dr. Hans Dietrich,
politólogo alemán residente en México.
Asimismo, el pueblo comprende que fue un enorme
error la confiscación de miles de pequeños negocios,
imposible de dirigir centralmente, lo cual ha sido
fuente de pésimos servicios, ineficiencia y
corrupción. Todo debido al deseo de controlar a la
población económicamente para poder manipularla
mejor políticamente.
La planificación sigue siendo centralizada, sin
considerar los criterios de los trabajadores, e
incluso de los directores de empresas sin control
sobre los recursos necesarios, imposibilitados de
tomar decisiones tales como firmar un contrato o
disponer de fondos propios para enfrentar
situaciones imprevistas y con un proceso
inversionista totalmente subordinado a los niveles
superiores. Todo enmarcado en un clima burocrático
que ahoga la creatividad. No por gusto, Cuba no
tiene prácticamente ningún bien que exportar, la
industria azucarera ha sido destruida, el país se
descapitaliza paulatinamente y los alimentos para la
población deben comprarse en un 84,0% en el
exterior.
A esto se añade un alto grado de descontrol sobre
la economía, con un 60,0% de las empresas con
contabilidad poco confiable, situación complicada
por una doble circulación monetaria y una increíble
variedad de precios para un mismo producto, lo cual
crea un paraíso para la ilegalidad y el desvío de
recursos, en un país donde la venta racionada está
implantada desde hace 45 años.
Asimismo, la política de asignación de los cuadros
en las distintas empresas ha descansado en el
clientelismo y la inestabilidad. Por lo regular
nunca se busca la mejor persona para un cargo, sino
el más fiel a las directrices del estado-partido,
bajo un falso concepto de revolucionario. Escenario
altamente ventajoso para oportunistas.
Paradójicamente, además de los daños sociales,
también es perjudicado el Partido Comunista, a cuyas
filas han acudido muchos farsantes en busca del
carné para favorecerse de esas condiciones y poder
ascender en busca de un mejor nivel de vida;
basándose en la doble moral y una conducta de
engaños y mentiras.
En este escenario es normal que casi todo fracase.
Lo que empieza mal, termina mal. Es tiempo de
cambios. No comprenderlo puede ser fatal para el
destino nacional.
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