PSUV: No es serio este
cementerio
Marcos Villasmil
6 de abril, 2008
Dice el francés Maurice Duverger, en su celebrada obra “Los
Partidos Políticos”, que una de las cosas que marca para siempre
a una organización política son los avatares fundacionales. La
forma en que se establecen al inicio las complejas redes de
intercambio, debate, acción y reacción que caracteriza a una
institución partidista, determinará en buena medida su futuro.
El líder del nuevo partido militar-chavista, el Partido
Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Hugo Chávez Frías –y
ninguno más, porque a esta altura nadie se chupa el dedo
pensando que el PSUV posee una estructura decisoria colectiva-
ha dicho su palabra, siguiendo el deseo de la masa de delegados
reunidos en asamblea y gritando atronadoramente:”Lo que diga
Chávez”.
Nunca en la historia patria se ha visto con tanta desnudez la
desventura de un grupo de compatriotas convertidos en masa,
embriagados de amor por el caudillo. Nos señala Ortega Y Gasset
que el hombre masa es aquel que sólo se reconoce con derechos,
ávido de usar y de gozar las cosas que no sólo no sabe crear
sino que no conoce. En política, el hombre-masa es un depredador
incansable.
Nace el PSUV como una organización reaccionaria. La ideología y
pensamiento que dicen seguir nos lleva a teorías desarrolladas
el siglo XIX, y que la realidad del siglo XX se encargó de
destrozar. Además, surge bajo impulsos imitadores del partido
comunista cubano, al cual si algo lo ha caracterizado es su
incapacidad teórica. Nadie recuerda algún aporte fidelista a la
teoría socialista; en cuanto a praxis totalitaria, los
resultados están a la vista.
El PSUV es también un partido-fetiche. Respira y anda gracias a
la idolatría a Hugo I. Como Chávez es militar, por ello la
estructura organizativa es un fiel reflejo de esta naturaleza.
En vez de dirección nacional, líder único; en vez de grupos de
base, batallones.
“Lo que diga Chávez” es una frase funesta que recuerda los
peores momentos de cualquier caudillismo, expresados muy bien en
esta oración del periodista norteamericano Sydney Harris:
“Creemos lo que queremos creer, lo que deseamos creer, lo que
conviene a nuestros prejuicios, y alimenta nuestras pasiones.”
En este ideario se resume la visión de la realidad de estos
supuestos progresistas. Como en el viejo dicho español, lo que
dice Chávez, “va en la misa”.
Nos dice la teoría que un partido democrático descansa en una
dirigencia colectiva, limitada por la cultura política
prevaleciente en la organización, por unos estatutos que
reflejen en mayor o menor medida formas de participación
colegiada o plural en las decisiones, y por prácticas adecuadas
de consulta a la base. En suma, todo aquello que permita a un
militante sentirse copartícipe de una acción en la búsqueda del
bien común nacional. Que la forma de escoger la dirigencia sea
meritocrática o crudamente caudillesca determinará si el partido
es un partido democrático, reflejo de una voluntad colectiva, o
un mero instrumento para satisfacer la voluntad de un caudillo.
Al contrario de los autoritarismos, la gran novedad que
introduce el orden democrático en una sociedad es que ha de ser
creado entre todos, ya que una democracia auténtica es la
disolución, el rechazo de todo caudillismo. Lo que destaca a los
militantes de una organización ciertamente democrática es el
predominio de las responsabilidades sobre los privilegios,
además de un claro sentido de comunidad de intereses y de metas,
donde el diálogo es el signo claro de todos los intercambios.
Por ello, en democracia, las legitimidades no son eternas.
Hace un par de años, en diversos trabajos publicados en páginas
favorables al gobierno chavista, se definían cuáles eran los
errores y carencias antidemocráticas que deberían evitarse en el
(entonces) futuro partido revolucionario; destacan sobre todo:
1.El Monopolio exclusivo de las nominaciones. 2. El control
sobre los representantes elegidos. 3. El clientelismo
dispensador de privilegios. 4. La transmisión acrítica de los
principios doctrinarios del partido. Toda la riqueza del debate
ideológico queda reducida a las decisiones que se tomen en los
cenáculos del poder. (“Hacia el Partido Único: Incógnitas y
Propuestas” - Martín Guédez, en www.aporrea.org, 30 de noviembre
de 2006).
Exactamente lo que ha ocurrido y está ocurriendo en el PSUV. Si
hay algo de lo que nunca podrán ser acusados los dirigentes del
PSUV es de colocar a los principios por encima de los
beneficios.
Estos señores no aprenderán nunca; se las han arreglado para
profundizar los errores de la organización revolucionaria
anterior, el Movimiento Quinta República (MVR). Este partido
nació, siempre por órdenes de Chávez, como una organización
“electoralista y personalista” (Gunther & Diamond, “Types and
Functions of Parties”, Johns Hopkins, Baltimore, 2001), un
simple vehículo electoral para el caudillo, cuya propuesta
descansaba fundamentalmente en el carisma de su líder único, y
cuyo principal eje organizacional se construyó con base en las
cadenas clientelares vinculadas al gobierno. Fue el primer
intento de crear un Partido-Estado.
Muchos partidos venezolanos han copiado, cada uno a su manera y
conveniencia, el estilo autoritariamente leninista de
organización, sin pluralismo real, sino con un orden vertical,
donde incluso –como especialmente en el PSUV, sino pregúntenle a
Ameliach, a Tascón, o a Wilmer Azuaje- está consagrado el delito
de opinión. En muchas de esas organizaciones de nuestro pasado
había, al menos, un cierto cuidado de las apariencias, o áreas
de actuación donde existía cierta libertad. En el PSUV, o más
bien el PUCH (Partido Único de Chávez, que ése debiera de ser el
nombre verdadero) nada que ver. Algo que marcará para siempre al
PUCH-PSUV es que su primer acto público, incluso antes de su
fundación formal, fue expulsar o amonestar a quienes mostraron
un mínimo de discrepancia. Ameliach y Tascón aprendieron en
carne propia que una cosa es el orden, necesario en toda
organización, y otra distinta la quietud y el silencio, propio
de organismos totalitarios y de cementerios políticos, repletos
de caídos en la lucha sin timideces por recibir los mendrugos
que suministre según su real deseo el poder, es decir, el líder
único. De hecho, ello determina que el PSUV nace de un acto de
corrupción colectiva. El despotismo siempre encuentra maneras
despóticas de acción.
En esa pelea a muerte reciente por el liderazgo del PSUV,
quedaron muchos cadáveres de viejas historias, en esta ya larga
década chavista. ¿Quién se acuerda hoy de Lara, de Luis Alfonso
Dávila (fue canciller, ministro del Interior y presidente del
viejo Congreso), de Tarek Saab? ¿Qué pasó con Arias Cárdenas,
con Barreto, y Diosdado Cabello (acusado de ser el jefe de la
“derecha militar infiltrada”), hoy mero suplente de la
directiva? En cambio fueron premiados aquellos que en los medios
del Estado más vacunamente han mostrado su adherencia al Verbo
del Líder: Mario Silva, Vanessa Davies, Aristóbulo Istúriz. Toda
una galería de intelectuales, líderes populares y próceres de la
patria. Los partidos no suelen tomar muy en serio el talento de
sus afiliados, pero lo del PSUV es de campeonato. “Lo que diga
Chávez”. Lo malo de las frases lapidarias es que se hacen para
adornar lápidas; al PSUV, apenas nacido, ya le prepara la
realidad una mortaja adecuada.
Dos hecho interesantes de esta primera elección de su dirección
que deben ser destacados: los 69 pre-candidatos a formar parte
de la directiva, acto de selección previo a la votación de los
delegados, fueron escogidos a dedo por Hugo I (¿dónde queda toda
la paja sobre la “democracia protagónica y participativa”?). En
segundo lugar, como nuestra clara de que estamos en territorios
de la antipolítica, los más votados son gente vinculada a la
comunicación social. Una vez más, vemos a las claras esa
enfermedad que desde hace años enfrenta la política venezolana:
la sustitución de los liderazgos políticos por los mediáticos.
En un partido como el PSUV no hay convivencia en su maltrecha
dirigencia, reconfortada en su pequeñez, y donde sólo existen
cómplices del líder máximo, irresponsables manipuladores de una
masa embriagada de robolución y que desea poner no sólo su
porvenir, sino el de todo el país, al servicio de los caprichos
de su jefe. Podrían haber creado un paraíso, y se conformaron
con un infierno.
En los mensajes producidos por su directiva, no hay una sola
palabra de acercamiento a la otra Venezuela, a la que diverge en
su visión patria, o a los llamados independientes. Nada. Cero.
Sus mensajes sólo buscan convencer a los ya convencidos. Y es
que en esta puesta en escena tragicómica, los caracteres se
definen menos por los valores que dicen defender (la palabrería
hueca que surge a imitación de la que dice Hugo I, quien a su
vez imita las viejas habladurías del joven Fidel) que por la
textura moral de sus acciones y sus mensajes de odio.
Un ejemplo de su más ilustre militancia: Richard Peñalver es uno
de los chavistas que las cámaras de TV mostraron el 11 de abril
de 2002 disparando contra la marcha opositora, indefensa y
desarmada. La justicia chavista lo liberó de culpa.
Recientemente ha declarado, identificándose como “defensor y
héroe de la revolución”, para indicar que esta última está
tomada por la corrupción, por cúpulas que se suponen podridas y
en medio de un cuadro de ingobernabilidad que aleja al pueblo.
Eso lo dice este señor, no los supuestos agentes de la CIA
infiltrados en Globovisión y Tal Cual. Se podrá decir que esto
muestra divisiones de opinión, una cierta forma de pluralismo,
en la institución. ¡Claro que hay disensos en el partido! pero
es principalmente sobre la distribución de las recompensas del
poder: por ello, los cuchillos siguen prestos a ser usados en
cualquier momento. Y quien no está conmigo –con mis intereses
pecuniarios, entiéndase bien, que los rigores de la militancia
progresista deben ser recompensados- es un agente de la CIA, un
lacayo del imperialismo. Esa fraseología hueca es lo que llena
los intercambios verbales de Tascón contra Cabello, de Tarek
contra Dávila, y así ad infinitum, en estas guerras civiles
chavistas por los despojos del poder. El lema del partido
tendría que ser: “¿cuánto hay pa´ eso?”
Para completar el despropósito, apenas realizado el congreso
fundacional, algunos antiguos militantes de otros partidos de la
órbita progresista (partidos que incluso se habían disuelto,
siguiendo las órdenes de Chávez), decidieron abandonar esa
periquera del PSUV, y volver a sus antiguos rediles. Hoy,
asistimos al retorno del MEP, o vemos a los comunistas pidiendo
cacao, rogando que se definan con tiempo las candidaturas a las
elecciones regionales. ¿La respuesta dialogante del PSUV? Chávez
ha dicho que quien se lance a destiempo –él, Chávez, es quien
determina cuando es el momento- queda fuera de la casa común
revolucionaria.
El PSUV, en suma, ha nacido como un partido-gueto, con un solo
militante real, Hugo Chávez Frías, y miles de simpatizantes,
jaladores, burócratas-cuida-puestos, neo-oligarcas e idólatras
de variada ralea, todos ellos cadáveres insepultos en el
porvenir nacional. No ocultan que su vinculación principal hoy
con el pueblo-masa es clientelar: gracias al dinero de las
misiones. El futuro del partido, siguiendo de alguna manera las
palabras de Duverger, dependerá únicamente de la fortuna que le
depare el destino a su fundador y único miembro verdadero.
Parodiando la vieja canción de Mecano, el PSUV, herido de muerte
ya desde sus albores, y ahíto del silencio de los sepulcros, no
es ni siquiera un cementerio serio.