Ética y
Economía
Editorial Revista Vitral,
Octubre 2005
He aquí uno de los desafíos más apremiantes y decisivos para
el presente y el futuro de la convivencia humana: ¿tienen la
economía, el mercado, el comercio, una independencia total y
absoluta con respecto a todo criterio ético o, por el contrario,
las leyes del mercado, el “derecho de piso” de los
inversionistas, las ventajas del comercio deben regularse por
alguna norma ética que ponga los intereses de las personas y los
pueblos por encima del lucro y el dinero?
Tanto al interior de los Estados nacionales como en las
relaciones internacionales, optar por alguna de las posiciones
cercanas a estos dos polos dialécticos, está decidiendo hoy la
calidad de vida de los ciudadanos y la credibilidad de los
mismos Estados y organizaciones financieras mundiales.
Consideramos que la Economía, como ciencia, tiene, y debe tener,
su propia autonomía relativa, tal como la tienen la Física, la
Química, la Astronomía. No se pueden torcer las leyes de las
ciencias para domeñarlas con un voluntarismo ingenuo que sólo
alcanzará desastres tras desastres.
Del mismo modo, la Física, la Química y la Economía pueden ser,
y son, en sí mismas y por sí solas, ambiguas, amorales,
ambivalentes. Ya sabemos el muy recurrido ejemplo: la fisión del
átomo puede servir lo mismo para generar corriente eléctrica que
para producir la bomba atómica. Y a nadie se le ocurrirá, a
estas alturas de la historia, justificar una guerra nuclear
porque la fisión del átomo sea un avance de la ciencia y deba
respetarse, en ese aspecto, su autonomía.
Así podríamos poner otros muchos ejemplos en los que la
ambivalencia moral de las ciencias pueda producir efectos
positivos o negativos, según sean utilizados y administrados,
aceptados o prohibidos por la conciencia humana. En efecto,
llegó a producirse y, lo que es más grave, a emplearse la bomba
atómica porque en aquel momento la conciencia de los
responsables y las circunstancias internacionales no pudieron,
no alcanzaron, a detener esa monstruosidad. Sin embargo, hoy, 60
años después, parece existir un consenso universal de rechazo a
la producción, acumulación y uso de esas armas, con las raras
excepciones que realzan la indiscutible humanidad de la regla:
esos gobiernos parias y esquizofrénicos que se han quedado
enterrados en el pasado y la violencia.
Aplicando estos principios generales a la Economía, consideramos
que la mentalidad consumista e individualista ha obstaculizado
el alcance de grados de desarrollo y humanización necesarios
para que muchos caigan en la cuenta de que en economía, en
finanzas, en comercio, en inversiones y mercados, no todo vale.
Porque hay “bombas atómicas” del mercado que pueden provocar, en
millones de personas, en numerosos pueblos, más víctimas y más
daños materiales, morales y espirituales, a mediano y a largo
plazo, que las víctimas que produjeron las dos bombas atómicas
de la Segunda Guerra Mundial.
En Economía, como en todas las ciencias, hay reglas que deben
ser respetadas, pero las reglas y las leyes de mercado no todas
deben ser dejadas a la desbandada, y mucho menos deben ser
impulsadas contra las personas y los pueblos. No todo debe ser
permitido, ni tampoco todo debe ser prohibido. Ambos extremos
son perniciosos para la dignidad y los derechos de las personas.
Un ejemplo pudiera ser el gesto del grupo de naciones
desarrolladas llamado G-8 que acaba de condonar la deuda externa
de 18 naciones en vías de desarrollo e incluir otras 20 de ellas
en ese programa llevado a término por iniciativa de Tony Blair,
Primer Ministro británico. Técnicamente, e incluso moralmente,
pudiéramos decir que las deudas deben ser saldadas. Pero la
dignidad y los derechos de los hombres y mujeres y de los
pueblos están por encima de esas normas. También en el
Padrenuestro, oración rezada tanto por las víctimas de la
expoliación como por los mismos que defienden el sacrosanto
imperio de las leyes del mercado, dice en una de sus partes
menos practicadas: “perdona nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
La Ética es también otra ciencia que debe ser respetada y
cultivada por personas, gobiernos, empresarios y ciudadanos. Es
la que se ocupa del “ethos”, del ser, del carácter de las
personas y de los pueblos. Es aquella que se ocupa de regular la
actuación de los seres humanos para que lleguen a alcanzar su
propia plenitud y contribuyan, o por lo menos no obstaculicen,
al desarrollo humano integral de los demás habitantes que
compartimos la suerte de este planeta. Éticamente aceptable es
todo aquello que contribuya a la humanización de las personas y
de la sociedad, en otras palabras, es ese proceso gradual de
personalización-socialización que contribuye al cultivo de las
capacidades, talentos y actitudes de los ciudadanos y de los
grupos sociales de modo que se creen las condiciones, el hábitat
material, moral, espiritual, que le permita a todos crecer en
humanidad.
Lo auténticamente ético está por encima de las costumbres, de
las leyes e incluso de lo que pudiera ser o parecer conveniente
para muchos, si con ello se lesiona o conculcan la dignidad y
los derechos de otros, aún cuando estos “otros” sean minorías.
Es por ello que expresamos nuestro criterio de que la economía,
las leyes de mercado, las inversiones y las finanzas, las
medidas del comercio… deben ser orientadas por criterios éticos
de carácter universal. No con doble o triple rasero, según
conveniencias lucrativas, ideológicas, políticas o religiosas.
Así como casi al finalizar la Segunda Guerra Mundial las
conciencias más lúcidas de la Humanidad la hicieron avanzar con
uno de los pasos más trascendentales, creando un marco ético
global, al aprobar la Declaración Universal de Derechos Humanos
en 1948, promovida activamente con aportes específicos y firmada
por Cuba. Más adelante, en 1966, la Humanidad dió otro paso
inconmensurable en la creación de eso que llamamos “un marco
ético de carácter universal” con la aparición del Pacto de
Derechos Civiles y Políticos y el Pacto de Derechos Económicos,
Sociales y Culturales, los dos cimientos y columnas de la
convivencia humana contemporánea. Cuba, sin embargo, no ha
aceptado ni firmado estos dos pactos internacionales que tienen
un carácter vinculante para quienes lo firmen, es decir, que
obligan en derecho y deben ser reconocidos en las Constituciones
políticas de las naciones que lo acepten.
Quienes, por cualquier motivo, se salen de ese “marco ético”,
internacionalmente pactado y aceptado como expresión de la
conciencia más avanzada de la humanidad, ellos mismos se colocan
al margen del desarrollo antropológico, jurídico, civil
internacional y se convierten en una especie de “estados parias”
por propia voluntad. La firma de estos pactos no debería ser
elemento de canje en ninguna negociación internacional. Nada
descalifica más la firma de un pacto internacional que el ser
usado como rehén para obtener otras recompensas de la comunidad
mundial.
Por el contrario, la firma conciente, incondicionada y libre de
esos pactos, y de otros convenios y tratados internacionales,
habla de la madurez cívica y política de los pueblos y de sus
gobiernos y de la verdadera soberanía ejercida sin trueques ni
chantajes de perjuicios o beneficios.
Ese “marco ético internacional” debería ser madurado y aplicado
a las ciencias económicas, sociales y culturales con la misma
intensidad, la misma profundidad y urgencia que el Pacto de
Derechos Civiles y Políticos. La comunidad internacional debería
monitorear, debatir, sancionar y contribuir a subsanar los daños
provocados por las violaciones de los derechos humanos por
razones económicas, sociales y culturales, tanto como intenta
hacerlo con los derechos civiles y políticos.
Ese marco ético debería ser adoptado por los pueblos y los
gobiernos con relación a las leyes del mercado y del comercio,
de la economía y de las finanzas internas e internacionales.
Podría decirse que en este sentido la conciencia de la humanidad
no ha progresado tanto como en la denuncia de las guerras
militares y los genocidios cruentos. Para nadie es un secreto,
ni un descubrimiento, que existen hoy, a cada paso, cerca de
nosotros, medidas económicas, tácticas del mercado, diferencias
sociales y genocidios culturales cuyas víctimas caminan por
nuestras calles sin vérseles las desgarraduras morales y
espirituales comparables a los boquetes de los disparos, las
bombas terroristas o las esterilizaciones masivas al estilo
Milosevic.
Tanto dentro de las naciones, como en las relaciones
internacionales, las medidas económicas no deben ser utilizadas
ni para mantener el poder de algunos sobre todos, a costa de
grandes penurias para muchos, ni para intentar cambiar la
situación política desde afuera. Ambas cosas son éticamente
inaceptables. Y son inaceptables porque con argumentadas
justificaciones e incluso altos principios, violan todos los
días, a toda hora, los más elementales derechos de los
ciudadanos; derechos económicos y sociales como el agua, la luz,
la vivienda, el transporte, el salario justo, el nivel de vida…
y los derechos civiles y políticos como el derecho de cada
pueblo a decidir su destino, a elegir democráticamente su
gobierno, dejarlo o cambiarlo, expresar libremente lo que piensa
cada uno y actuar coherentemente con lo que piensa y lo que
dice, dentro de ese marco ético universalmente aceptado.
En las relaciones internacionales ni los embargos deben ser
impuestos unilateralmente, ni los empresarios y gobiernos deben
anteponer sus intereses de invertir y tener “derecho de piso”
para cuando cambien las cosas, culmen del oportunismo más
deshumanizado disfrazado de leyes de mercado y estrategias
inversionistas, mientras se violan sistemática y minuciosamente
los derechos civiles, políticos, económicos y sociales del mismo
pueblo que tiene que contemplar, indefenso e inmovilizado, cómo
se hace una política de gestos y semestres, mientras el cada día
de los ciudadanos de aquí no sería jamás, ni por asomo, aceptado
un segundo en la vida de los inversionistas, políticos y
ciudadanos de allá. Tal esquizofrenia ética no sólo ofende la
dignidad del país, sino que convierte a sus ciudadanos en
rehenes de la política por un lado y en mano de obra miserable,
por otra. Sin derechos en ninguno de los dos lados.
Una política doméstica e internacional reducida a gestos y
plazos insatisfechos, sin una visión dialogada, ética global y
una proyección seria y articulada a mediano y largo plazo,
contando con la participación libre, conciente y activa de los
ciudadanos, es como “filtrar el mosquito y dejar pasar el
camello” (Mateo 23,24).
Una economía internacional reducida a las leyes ciegas del
mercado y a la fiebre, ciega también y poco disimulada, de
llegar primero, de estar aquí para cuando pase, de “tener el
derecho de piso” antes que venga la avalancha, sin contar con
los ciudadanos de ese país, que ahora y cuando pase lo que pase,
tendrán todo el derecho y toda la razón para hacer valer sus
prerrogativas y sobre todo su soberanía sobre los destinos de su
economía y de su política, es como “señalar la paja en el ojo
ajeno y no ver la viga que hay en el suyo”(Lucas 6, 41).
A no ser que lo que preparan esos inversionistas, en alianza con
algunos “empresarios” locales, aún sin estar muy concientes, o
quizás obnubilados por el poder político o económico, sean las
conocidas y temidas “mafias” económicas y sociales que tanto
daño están haciendo a los que ya pasaron por esto.
Estamos a tiempo. Quizá estas reflexiones nos duelan a todos.
Pero la realidad es más dura que estas reflexiones y debemos
enfrentarla con transparencia, serenidad, respeto por todos y
audacia soberana.
Cuba tiene aún todas las potencialidades humanas y sociales como
para hacer esta reflexión, como para dar cada uno su propia
opinión y, sobre todo, para poner manos a la obra.
Para ello es necesario que:
- nos pongamos de acuerdo en el “marco de una ética de
mínimos”.
- que defendamos la soberanía del ciudadano y de nuestro
pueblo, que no es un nacionalismo cerrado, sino una Cuba
abierta al mundo con vocación universal, frente a las leyes
ciegas y oportunistas del mercado que pugilatea el “derecho
de piso” y de hoteles, ignorando soberanamente lo que pasa
la gente que trabaja en esos mismos hoteles o que viven y
trabajan en este “piso” hace siglos.
- que abramos, paso a paso, gesto a gesto, un diálogo
multilateral entre todos los actores sociales y políticos al
interior de Cuba y también con las naciones del mundo, para
no quedarnos insatisfechos en los gestos y en los plazos, ni
entre nosotros, ni con los demás. Creemos que la prioridad
está ahora, más que nunca, en el campo de nosotros los
cubanos.
Cuba no es un “piso” para inversionistas y mercaderes sin
ética y sin pudor. Cuba es un pueblo de gente noble, trabajadora
e instruida, con mucho espíritu emprendedor y mucho respeto por
los demás pueblos. Esa es la esperanza que se abre al futuro.
No confundamos la nobleza de un pueblo con la falta de
derechos que sufre por mil razones internas, responsabilidad
nuestra y otras razones externas, también de nuestra
responsabilidad, pero provocada por otros.
No son éticamente aceptables las medidas económicas restrictivas
venidas desde fuera, como dijo el Papa Juan Pablo II, de feliz
memoria.
Pero tampoco son éticamente aceptables las medidas económicas
restrictivas de la iniciativa de los cubanos y cubanas venidas
desde dentro de nuestro propio país.
Tampoco es éticamente aceptable que los derechos de las personas
y de los pueblos se aplacen o se disimulen o se declaren de la
única incumbencia de los “nacionales”, mientras los
inversionistas extranjeros emplazan a tiempo los negocios, en
los cuales trabajan “nacionales” por salarios de miseria y sin
sindicatos ni muchos derechos reconocidos en los países
inversores.
Esos “nacionales” son los cubanos y cubanas, sujetos tanto de
derechos civiles y políticos como de derechos económicos y
sociales. Si es de su única incumbencia defenderlos y
democratizar su país, también es de su incumbencia las
inversiones y negocios, las medidas de beneficio y los embargos,
los créditos y las finanzas internas de su país.
Si esos derechos y deberes rigen, aunque fuere medianamente,
pero siempre muy reclamados y defendidos, en cada uno de los
países cuyos empresarios y políticos vienen a Cuba con sus
negocios y propuestas; si así están refrendados en cada uno de
los pactos internacionales que esos países han firmado: ¿Por qué
tendría que ser diferente, y es hoy diferente en Cuba y en las
relaciones de esos países con los cubanos y cubanas?
Pinar del Río, 20 de junio de 2005.