LA ENTREVISTA QUE NO FUE

A pesar del paso tambaleante, la piel quemada y el evidente cansancio, los rostros desbordan felicidad y agradecimiento. El peligro y la fatiga ya pasaron. La meta fue alcanzada y por tanto hay que celebrar el acontecimiento. Visten harapos -la ropa hecha jirones- y los dedos de sus pies descalzos se agarran torpemente al piso, como si aprendieran a caminar de nuevo. Posan a las cámaras -¿yo por televisión?-, los flashes relampaguean y los micrófonos cercan sus rostros. Dicen las primeras palabras -un tanto incoherentes- y algunos, incluso, besan la tierra que los recibe. No se trata de un grupo de náufragos de una tragedia en alta mar, no son sobrevivientes de un desastre aéreo que cayó en el océano, tampoco son víctimas del famoso y nunca bien esclarecido "Triángulo de las Bermudas". Son, aunque parezca increíble, émulos de Papillón cuando se lanzó al agua con un saco lleno de cocos secos para escapar de la Isla del Diablo. Se trata de un grupo de cubanos huyendo de una tragedia tierra adentro, de una isla también del Diablo, es un afortunado grupo que logró atravesar, con exito, el Estrecho de la Florida, navegando desde Cuba en una frágil balsa construida con neumáticos inflados y pedazos de madera de desecho -una "embarcación de fortuna", como se le califica legalmente en los tribunales cubanos-, compitiendo con la famosa Kon Tiki. Triunfaron, vencieron los elementos, las violentas mareas que se traducen en olas capaces de tragar balsas enteras con sus tripulantes, el implacable sol que calcina la piel hasta cubrir de llagas todo el cuerpo, el pertinaz y brillante resplandor de la luz reflejada por el agua que termina por cegar a los que se exponen a semejante multiplicador solar, el frío de la noche que hace temblar a los que se aventuran, el hambre, los mareos y los vómitos, la sed, las repentinas tormentas, los vientos contrarios o no esperados que envían las balsas al Golfo de México o al Océano Atlántico, y los tiburones siempre hambrientos, siempre vigilantes en espera de los que caen al agua -muchas veces atacados de locura por la insolación- y que a dentelladas cercenan los sueños de libertad y felicidad de los viajeros. Es un grupo de cubanos que venció la macabra lista anterior de inconvenientes y alegres y vivos -sobre todo vivos-, están listos para asistir a la entrevista. Pero ésos no son los importantes, ésos llegaron. Los importantes son los que no pudieron vencer, los que quedaron a lo largo de la travesía y que a lo mejor nunca se sabe de ellos. Por muchos testimonios que se obtengan de los balseros que arriben a Miami, por muchos datos que se puedan conseguir de los que salen de Cuba en busca de la libertad a través de ese método, nunca se podrán saber los nombres de los tripulantes de las balsas que arriban a las costas de la Florida vacías, con el dramático testimonio del silencio, la evidente prueba visual de que alguna vez tuvieron tripulantes. Ese reportaje, esa entrevista que ningún periodista pudo hacer, esas palabras que ninguna grabadora pudo recoger, son el verdadero balance del éxito de estas expediciones de fortuna cuya lista, enlutada, reposa en el fondo del mar.

De acuerdo a las cifras que ofrecen los guardacostas, en 1990 llegaron a la Florida 467 balseros. En lo que va del presente año, la cifra más reciente que poseo es de 1015 cubanos rescatados. Por supuesto, esta cantidad refleja a los que llegaron vivos a la entrevista que se pudo hacer, de los otros no hay estadísticas y se especulan varios porcientos. Algunos conocedores del tema aseguran que sólo llegan a Estados Unidos uno de cada cuatro personas que intentan el difícil viaje. Es muy incierta cualquier aseveración en este sentido, pueden ser menos, incluso más.

Para tener una pista de la tragedia podemos citar a la organización "Hermanos al Rescate", compuesta de pilotos privados que se dedican a rastrear desde el aire zonas aledañas a la Florida en busca de balseros extraviados. Según aseveraciones de la citada organización humanitaria, en las últimas cinco semanas han encontrado una balsa tripulada por cuatro refugiados y ¡seis! balsas vacías. Descorazonadora estadística.

Pero hay que rastrear también en la historia reciente de Cuba para entender el fenómeno. Poco antes de 1959, durante el tiempo que duró la lucha insurreccional contra la dictadura de Batista, los cubanos buscaban refugio en Estados Unidos por razones políticas. Cuando triunfó Fidel Castro en 1959 el éxodo se hizo mayor y más veloz. La sociedad cubana comenzaba a sufrir una violenta transformación y la carencia de un estado de derecho, con tribunales sin garantías constitucionales funcionando y fusilando a plenitud, obligó a muchos a salvar la vida emigrando a la Florida, lugar ideal por la cercanía y el clima. Después se produjo el éxodo de Camarioca, pequeño puerto de la costa norte de la isla, a través del cual y en yates de todo tipo, una buena cantidad de refugiados llegaron a la Florida. Más adelante, una vez cerrado Camarioca, se instrumentaron los llamados "Vuelos de la libertad", a través de los cuales muchos lograron escapar de Cuba después de trabajar obligatoriamente en labores agrícolas -incluso durante años- para obtener el derecho de marcharse del país. Eran válvulas de escape que el gobierno de Castro abría y cerraba a su antojo según la presión interior de su sociedad cerrada se lo exigiera. Castro se limitó a hacer uso del viejo refrán: "a enemigo que huye puente de plata". En 1980 se produjo el asilo masivo más grande de la historia de la humanidad después del bíblico pasaje de Moisés conduciendo a su pueblo hacia la tierra prometida. En pocas horas miles de personas abarrotaron la embajada de Perú en La Habana después de ser retiradas las postas armadas que la protegían. Ese hecho condujo al puente marítimo del Mariel donde más de cien mil cubanos lograron llegar a la Florida en caravanas de embarcaciones de disímiles tipos, saliendo de otro pequeño puerto de la costa norte de Cuba -El Mariel- y entre los cuales Castro mezcló a enfermos mentales sin cura y a presidiarios comunes. De esos hechos fui testigo presencial porque me encontraba, durante los días del Mariel, recluido en la prisión La Cabaña justamente por el delito de tratar de abandonar ilegalmente el país en una balsa, viaje que se frustró porque fui detenido por los guardacostas cubanos a veinte millas al norte de Santa Cruz del Norte. En la prisión presencié cómo los presos por delitos comunes eran desnudados en el patio central de La Cabaña para escoger a los que no tuvieran tatuajes en el cuerpo -costumbre que en Cuba es mayormente propia de presidiarios comunes-, para mezclarlos sin despertar sospechas entre los refugiados que llenaban los yates. Del centro llamado "El Mosquito", lugar donde eran concentrados los que iban a ocupar las embarcaciones que partían hacia la Florida, llamaban a la prisión pidiendo determinadas cifras para rellenar los botes. En una ocasión pidieron un solo prisionero y vi cómo el jefe de seguridad del presidio tiraba al aire un medio -moneda de cinco centavos- para que dos presos que no tenían tatuajes escogieran al azar su puesto en el bote. También se les amenazaba para que no dijeran a las autoridades norteamericanas que eran presidiarios. La amenaza era la más efectiva de cuantas se pudieran imaginar: si decían la verdad, los regresarían a Cuba. Ante tal perspectiva los ex presos, por lógico instinto de conservación, prefirieron callar, aunque después la maniobra se descubrió. Des 1980 hasta la fecha no se ha producido otra válvula de escape masiva procedente de la isla, pero sí vuelos con cierta regularidad, en su mayoría para ex prisioneros por delitos de carácter político a los cuales las autoridades de inmigración estadounidenses conceden visados.

Así que ahora, cuando el mapa político mundial ha cambiado en unos dos años casi completamente, y el gobierno de Castro se encuentra desprovisto de gran parte del apoyo de los subsidios que antes llegaban del desaparecido bloque socialista, la presión interna en la isla aumenta considerablemente y no es descabellado presumir que el propio Castro esté permitiendo este Mariel escalonado. También se asegura que la escasez de petróleo obliga a los guardacostas a reducir sus misiones de vigilancia. Cualquiera que sea la explicación estamos ante un hecho concreto: 1015 refugiados han llegado a Miami en los primeros seis meses de este año y la cifra de los desaparecidos se desconoce. El dramatismo de este fenómeno tiene, incluso, momentos de humor que, por la tragedia que encierran, no puede ser otro que humor negro. Tal es el caso del balsero solitario que, navegando en una caja de espuma de goma sólo un poco más grande que el tamaño de su propio cuerpo, fue recogido cuando flotaba a la deriva nada menos que por el yate de la reina de Inglaterra y permaneció, hasta que los británicos lo entregaron a las autoridades norteamericanas, de huésped de tan ilustre personaje real.

La tragedia de estos balseros comienza en Cuba, en algún lugar de la isla donde un grupo de personas, venciendo el miedo a la denuncia, se ponen de común acuerdo para efectuar la salida ilegal. La búsqueda de los materiales necesarios para fabricar la balsa -casi todas están compuestas por una armazón de madera de vigas de cuatro por cuatro pulgadas y cámaras de neumáticos infladas, aunque los más afortunados consiguen algún pequeño bote incluso dotado de un viejo motor-, es muy difícil y cara. Los preparativos deben ser hechos con sigilo, cuidando siempre de que nadie ajeno pueda estar al tanto del asunto y efectuar una denuncia. Después se hace necesario un transporte que lleve la balsa hasta un lugar previamente escogido de la costa, de escasa vigilancia de guardacostas y condiciones propicias para poder botar al agua la frágil armazón de madera y goma inflada sin que los neumáticos revienten contra los arrecifes. Se prefieren, por razones obvias, las noches sin luna o con escasa claridad. Un artículo extremadamente cotizado y difícil de conseguir es una brújula. Debido a que es prácticamente imposible comprar una en el mercado negro, la mayoría de estas expediciones se hacen a la mar sin ningún instrumento de orientación, confiando sólo en que las mareas y los vientos las ayuden a llegar a la Florida. También se les improvisan a las balsas velas hechas de lonas que alivian la labor de los remeros los cuales, al poco tiempo, están agotados físicamente. Las provisiones que se llevan, por lo general, son insuficientes, y la carencia de agua es uno de los factores que más golpea a las personas que emprenden esa aventura. A todo esto hay que sumar que los integrantes de estas expediciones no son personas de mar, todo lo contrario, no tienen conocimiento alguno de marinería y confían más en su capacidad de orar que en su capacidad de conducir una embarcación en el mar. Es decir, todo está diseñado para que estas personas engrosen la lista de los que no pudieron ser entrevistados, de los que reposan en el fondo del mar.

En Miami se han conocido los trágicos testimonios de los sobrevivientes. Un hombre narra cómo, despues de perder a ocho familiares durante la travesía, vio a su hermana lanzarse al agua buscando el descanso en la muerte. En ese momento él perdió el conocimiento y lo recobró cuando estaba en manos de los guardacostas norteamericanos. Otro narra cómo encontró, flotando en alta mar, una cabeza con un pedazo de hombro y un brazo. Yo conocí un balsero preso en Cuba que vio a los tiburones despedazar a su hermano cuando este se lanzó al agua al no resistir más los rigores del viaje y haber perdido la esperanza de sobrevivir.

Debemos indagar un poco en las motivaciones de estos hombres que arriesgan su vida por escapar de Cuba. Creo que son las mismas motivaciones que impulsaron a las primeras y sucesivas oleadas de emigrantes procedentes de Cuba y que recalan casi todos en Miami: las condiciones políticas impuestas por la dictadura de Castro. Como nada nuevo ha pasado en los últimos treinta años, salvo un aumento de la represión, nada nos indica que las causas hayan variado. Si ahora las condiciones económicas en Cuba son peores -incluyendo el llamado "Período especial de guerra en tiempo de paz", que restringe el racionamiento a límites más estrictos-, esto no puede ser considerado como un elemento adicional a esta búsqueda de libertad que cuenta con una tradición de más de treinta años y con una lista anónima de ahogados en el estrecho de la Florida. Por el contrario, pienso que el miedo lógico de los ciudadanos ante una dictadura que, por las condiciones del mundo actual, es dable concluir que está en sus últimos días, alimenta el que estos peligrosos viajes se multipliquen.

En Miami hemos visto el triste espectáculo de un velorio sufragado por la comunidad exilada cubana. El velorio de un joven que llegó muerto a las costas de Miami y que no pudo nunca disfrutar de su sueño de libertad. Cuando sepamos el precio que se paga -perder parte de la familia en el mar o, por ejemplo, y cargar por el resto de la vida con la imagen de los seres queridos cayendo uno a uno al agua- pensamos que no amerita la pena el intento. El preciado don de estar sencillamente vivo es la primera condición necesaria para poder hacer algo por uno mismo y por el resto de la sociedad. Los muertos que hoy reposan en los estómagos de los tiburones del Estrecho de la Florida no pueden hacer nada ni por ellos mismos ni por su país. Su único y trágico aporte son el servir de prueba irrefutable de la carencia de libertad en Cuba. La extracción de estos hombres es amplia y recoge a todos los segmentos de la sociedad actual cubana, como para demostrar que esta ausencias de libertad alcanza a todos: profesionales -incluyendo médicos-, estudiantes, trabajadores, campesinos, amas de casa, ancianos, jóvenes desocupados, ex militares y algunos -¡increíble!- han hecho la travesía con sus perros.

El mar, vinculado a la historia cubana desde sus inicios, hoy adquiere un papel protagónico fatal. Ese mismo mar que vio llegar a Cristóbal Colón en su viaje histórico, al indio Hatuey huyendo de los colonizadores, a las amenazantes flotas de piratas con su bandera negra asediando la isla, que auspicia brisas para aplacar el siempre molesto calor tropical y que sirve de entretenimiento a los bañistas en las playas de Cuba, es el que ahora hace función de sepultura a una cifra que no determinada -pero de seguro espeluznante- de cubanos que no pudieron llegar a la entrevista que no fue, donde hubieran hecho petente, cansados y sonrientes, su alegría por el simple y tremendo milagro de arribar vivos.