Diario Las Américas, USA, 31 de julio de 1991.

PAN Y CIRCO SIN PAN

La historia a veces actúa como si fuera un equipo de escritores de novelas para televisión, elaborando sin querer las más insospechadas tramas. Adolfo Hitler inauguró los Décimos Juegos Olímpicos en Berlín en el año 1936, en agosto, y Fidel Castro, cincuenta y cinco años después, en 1991, inaugura los XI juegos Panamericanos en agosto. Macabra coincidencia, humor negro... o quizás similitudes que nacen del innegable casi idéntico perfil de los dos "grandes" hombres: ambos dictadores ridículamente uniformados, ambos oradores natos, egocentristas, perturbados mentales, desconocedores del más elemental respeto por el prójimo, enamorados de su estatura internacional, obsesionados por el juicio que la historia haga de ellos y ambos, sin duda, criminales por delitos de lesa humanidad.

Veamos, ante todo, cómo es posible que en Cuba, pequeña isla caribeña con sólo unos diez millones de habitantes y unas mil doscientas millas de largo, pueda llevar a los Juegos Panamericanos el segundo equipo en importancia del evento compuesto por 633 atletas, sólo superado por Estados Unidos -uno de los países más ricos del mundo- que cuenta con un equipo deportivo de 689 integrantes, es decir, con sólo unas pocas decenas más, y pueda ser prácticamente una potencia deportiva que obtiene medallas de oro como si llovieran del cielo -y no precisamente con la música de "Café en el campo", sino con la monótona cantinela de "socialismo o muerte"-, a pesar de estar sumida en una crisis económica como nunca antes conoció, con la población sufriendo la miseria que produce una gestión administrativa desastrosa y demencial. Las riquezas generadas por el país, sólo posibles gracias a los tradicionales subsidios soviéticos que han apoyado al grupúsculo castrista en el poder durante más de treinta años, no son riquezas reales, sino bienes inflados por la inversión política del antiguo imperio soviético en el Caribe. El pago de Castro por ese suero económico permanente: su papel en Africa con el envío de tropas que aportaba los muertos en combate y manejaban las armas y los equipos militares soviéticos, la infiltración en el sur del continente americano, la manida y ya caduca propaganda que señala al socialismo como la solución de los problemas de los países subdesarrollados y la permanente sumisión ideológica de La Habana a Moscú. Pero desaparecida la ayuda soviética el milagro termina sencillamente porque nunca existió. No hay tal progreso "revolucionario" -los cacareados hospitales, la educación masiva y gratuita y otros avances-: la falsa curva ascendente fenece por falta de la "ayuda desinteresada de la Unión Soviética y los países hermanos del bloque socialista", que ya no existen desde que el soplo que aporta una garganta al cantar derrumbó el muro mejor construido de la historia de la humanidad. Ahora ese antiguo bloque socialista, con Moscú a la cabeza de las reformas, está más pendiente de las cuentas económicas que antes y, sobre todo, está más preocupado de los costos y con el ojo puesto permanentemente en ese fenómeno que ahora estiman imprescindible, el dollar. Ya la isla invicta contra el agresor imperialismo norteamericano -que firma pactos con el imperio contrario-, el faro guía de los países del tercer mundo, el pedazo de tierra rebelde flotando enhiesto a sólo noventa millas de las costas de Estados Unidos, dejó de ser todo eso para convertirse en el ataúd flotante del último dictador del continente, envejecido y canoso, aferrado a un ridículo uniforme militar que apesta a naftalina y dando bandazos agónicos.

Pero estudiemos algunos números. El gobierno de Castro ha impuesto a la hambreada población de Cuba un evento deportivo que cuenta con la asistencia de 4,685 deportistas procedentes de 39 países, que compiten en 31 especialidades diferentes. Dos ciudades de la isla, La Habana -capital del país- y Santiago de Cuba, segunda en importancia, son las sedes de los Juegos. Castro obligó a la ciudadanía a la construcción del Estadio Panamericano -hecho especialmente para estos Juegos con 35,000 asientos-, y de 21 nuevas instalaciones deportivas, sin contar las 46 renovaciones que se llevaron a efecto, y se estima que el dictador caribeño ha gastado más de cien millones de dólares para poder echar a andar la fiesta deportiva de su particular disfrute, sorprendiendo al mundo que conoce que las reservas internacionales de Castro en moneda fuerte andan rondando precisamente esa cifra de cien millones. Pero no importa cuánto se gaste, el asunto es mostrar abundancia a los visitantes, sobre todo a los 1,360 periodistas de todo el obre que fueron a carenar a la isla para cubrir la información de los Juegos. Para ellos son todos los esfuerzos constructivos y las facilidades en servicios y tiendas, en productos que sólo pueden ser comprados con dólares, en fastuosas comidas que la población cubana no puede ni siquiera soñar. Para ellos es el espectáculo de los antiguos y destartalados edificios del litoral habanero -los cuales están habitados a pesar de que se están cayendo a pedazos- recién pintados, con colores alegres y llamativos -anaranjado, azul, rojo, etc.-, como si no pasara nada, como si todos fueran felices día tras día en una isla donde no hay ni siquiera agua y transporte público. Para esos visitantes y para los monitores de televisión del mundo es la pizarra humana compuesta por más de 12,000 personas que no desayunan como Dios manda desde hace mucho. Toda maquinaria publicitaria es para el consumo externo, y para los cubanos, para los nativos, para los que producen las escasas riquezas que aporta el país, sólo hay un férreo racionamiento que va desde los alimentos esenciales -leche, pan y huevo- hasta la carne que sencillamente ha desaparecido por completo de la dieta de los cubanos. Castro, en su demencia, ha importado miles de bicicletas para que la población se mueva sin consumir el petróleo que ya los soviéticos no regalan. En fin, es la involución, el "viaje a la semilla" -como diría el escritor cubano Alejo Carpentier-, el retorno a estados inferiores de desarrollo hasta que el país se paralice y los cubanos tengan que refugiarse en las cavernas, y alumbrarse al fuego de las hogueras hechas con leña en medio del único ejemplo mundial de perfecto retorno al pasado, teniendo en cuenta que los índices de desarrollo de la Cuba anterior a Castro eran de los primeros en el continente. En realidad, se trata de material de extraordinaria importancia para los estudiosos de los fenómenos sociales o los escritores de ciencia ficción a la inversa.

Otro cuidado que ha tenido Castro en estos Juegos Panamericanos es el de impedir que los desafectos a su sistema se manifiesten, amordazar con severidad a los que osan criticarlo. En días previos a la inauguración la policía política tomó las medidas necesarias, entrevistó a los disidentes y los sometió a interrogatorios y amenazas, incluso se produjeron arrestos. El escritor Roberto Luque Escalona, connotado opositor, comenzó una huelga de hambre el 16 de julio para mostrar su inconformidad por la presencia del Castro en la cumbre Ibero-Americana de México y para protestar por el derroche de gastos que implica la celebración de los Juegos Panamericanos en medio de la agua crisis económica que sufre el país. Finalmente fue provocado en su apartamento y arrestado, y sobre él pesa una posible condena de uno a tres años de privación de libertad. Las invitaciones para la ceremonia de inauguración fueron repartidas por los miembros del Partido Comunista y las organizaciones gubernamentales entre sus hombres de confianza en los centros de trabajo de la capital. Los contingentes policiales presentes en las zonas aledañas de los lugares donde se celebran los Juegos y a los hoteles donde se alojan los extranjeros y periodistas, son evidentes. A eso se debe sumar el despliegue de policías vestidos de civil y los grupos entrenados especialmente para sofocar cualquier manifestación pública de descontento. Fueron revisadas con cuatro horas de antelación al comienzo de la inauguración las maletas de mano y los equipos de trabajo de los periodistas que tenían acceso al estadio, incluyendo las cámaras y las computadoras portátiles. Debe recordarse que a la cumbre de México los escoltas de Castro llevaron hasta el hielo que consumió el dictador. Por supuesto que con esas medidas es muy difícil que pase algo en Cuba durante los Juegos y que el gobierno de La Habana se imponga a sí mismo la medalla de "país más tranquilo del mundo".

Pero cualquier observador no especializado comprende que la extraordinaria quietud no puede ser real. Un país que tenga el mismo gobierno desde hace treinta y dos años tiene que tener opositores por ley natural. Si no se manifiestan es porque están sometidos a las más cruel represión. Debe llamar la atención a cualquier persona normal que sencillamente no pase nada, ni tan siquiera un cartel antigubernamental. Castro, en su ceguera, no comprende que la sólida "paz" en su circo señala de inmediato la gigantesca mordaza. Una de las pruebas son las deserciones constantes de personeros de su régimen y los que tratan de alcanzar la Florida lanzándose al mar en frágiles embarcaciones de construcción manual. En el sector del deporte hay un caso reciente, el del destacado pitcher cubano René Arocha, que desertó en Estados Unidos. Del año 1987 data un caso connotado, el del entrenador de ciclismo del equipo cubano José Alberto Menéndez quien, después de desertar, inició una campaña internacional para que el gobierno de Castro permitiera salir de Cuba a su hijo de quince años de edad. José Alberto Menéndez, en una ocasión, fue golpeado por una delegación deportiva castrista. Pero si alguna duda pudiera existir en al mente de algún observador no avisado, basta señalar el caso de los tres cubanos que intentaron llegar a España ocultándose en el tren de aterrizaje de un avión de la línea aérea Iberia. Uno murió al caer en Cuba sobre la pista del aeropuerto de La Habana. Los otros dos llegaron congelados a España para conmoción de la prensa mundial. El gobierno castrista no quiso responsabilizarse con los cadáveres y los dos jóvenes fueron enterados en Miami a expensas de la comunidad cubana exiliada.

A este panorama se suma un análisis sencillo: cualquier población del mundo, si tiene acceso a determinar qué debe hacerse con los recursos que posee el país, prefiere asegurar el consumo de alimentos, los acueductos, la importación de petróleo y el bienestar general de la vida cotidiana de la nación a disfrutar del dudoso privilegio de poseer el segundo equipo deportivo de los Juegos Panamericanos y nombres encumbrados en le deporte internacional, como el del campeón mundial de boxeo Teófilo Stevenson o el campeón mundial de velocidad en cien metros planos Alberto Juantorena. De todos es sabido que llegar a formar un atleta completo requiere de instalaciones deportivas en cada escuela por todo el país, la inversión en los entrenadores y los equipos necesarios y la diaria labor de descubrir y formar al joven en una disciplina que lo lleve a la cumbre de la medalla de oro. El dinero que esto cuesta es, precisamente, el que falta a la población para tomar un humilde café con leche en el desayuno. Por supuesto que hay otros índices de gastos que se suman al desastre, como es el renglón militar, y también la descabellada gestión administrativa con planes imposibles, pero estamos analizando específicamente el insulto que constituye a la población cubana la celebración de los XI Juegos Panamericanos en medio de la carestía general y el evidente miedo de Castro a la más mínima manifestación de descontento popular que pueda traducirse en estallido. Aunque la práctica es conocida internacionalmente, debe señalarse también que los deportistas cubanos son verdaderos profesionales que reciben el sueldo en su centro de trabajo sin asistir, bajo el acápite de "licencia deportiva", por tanto son personas que perciben un salario para dedicarse por entero al deporte que practican -lo mismo sucede con los estudiantes que son exonerados de la asistencia a clases y se les "ayuda" en los exámenes-, mientras que los deportistas de los demás países son verdaderos aficionados que deben practicar su especialidad en el tiempo que les dejen libre sus ocupaciones habituales. No quiero pasar por alto que para recibir los privilegios que significa el ser deportista en Cuba, hay que mostrar una total sumisión a Castro, de ahí la consabida costumbre de los atletas cubanos de entregar sus medallas al dictador. Un pasaje particularmente bochornoso del actual deporte cubano fue la golpiza que miembros del equipo de Castro asistentes a los X Juegos Panamericanos celebrados en Indianápoles le propinaron a un grupo de cubanos exiliados, en el Centro de Convenciones de dicha ciudad, por el solo hecho de llevar pancartas anticastristas. Los deportistas demostraban al amo que estaban dispuestos incluso a mutilar la libertad de expresión que rige en otros países por su amor a él. La politización del deporte en Cuba es harto evidente y, por supuesto, cualquier atleta, por bueno que sea en su especialidad, si no reúne los requisitos de adhesión incondicional al castrismo, no puede figurar en ninguna selección nacional.

Con la descripción anterior la memoria se traslada a la Roma del pan y circo, y recuerdo a Calígula con sus festines enloquecidos a espaldas de los intereses de los ciudadanos. La gran diferencia estriba en que Castro no tiene pan para su circo: el pan sólo se vende con dólares y la población nada más tiene el recurso de mirar y soportar la condición de ciudadano de segunda categoría a que la ha sometido el castrismo.

Pero en medio de toda esta tragedia hubo una alegría sorpresivas para el pueblo cubano. Castro está acostumbrado a pronunciar discursos muy extensos, incluso de varias horas, para gran fastidio de la ciudadanía, debido a que todas las emisoras de radio y televisión se ponen en cadena y la programación normal es suspendida. Cuando Castro discursa es el día más aburrido en Cuba. Además, es una demostración de supremo ridículo. Basta recordar que en medio de una crisis como la del Golfo -que involucraba al mundo entero- el presidente norteamericano, fundamental actor de aquellas jornadas, no consumía más de diez minutos en sus alocuciones. Sin embargo, la agradable sorpresa llegó el día de la inauguración del evento deportivo que hago mención. Castro intervino con la siguiente breve frase, que puede ser considerada como el discurso más corto de su historia: "Declaro inaugurados los XI Juegos Panamericanos en La Habana... muchas gracias". Imagino la sorpresa de los cubanos al saber que no iba a continuar hablando. De seguro los coros de "Viva Fidel" eran agradeciéndole sus fugaces palabras. Pero la dramática realidad es que su parquedad en el discurso no es la misma a la hora de manejar los intereses de la nación que, en medio de un circo carísimo organizado sin su consentimiento, espera por el pan que a cada minuto se les hace más inalcanzable porque el otro pan, el importante, el del alimento espiritual, el pan de la libertad, desde hace mucho que fue devorado por uno de los inacabables discursos de Castro.