| Diario Las Américas,
USA, 10 de marzo de 1992. HUMANOS SIN DERECHOS La dictadura de Fidel Castro y la Declaración Universal de Derechos Humanos son categorías excluyentes. No es una aseveración gratuita, se puede corroborar examinando documentos de la propia dictadura, como la Constitución, el Código Penal, la Ley de Procedimiento Penal, el Código de Familia, etc. En los últimos años se ha desplegado internacionalmente una meritoria labor por parte de los emigrados cubanos para demostrar, con testimonios de los perjudicados, en las voces de las propias víctimas de las violaciones, o con miles de denuncias emitidas desde la isla, el desprecio de Fidel Castro por la Carta Magna de Naciones Unidas, de la cual Cuba es signataria. Es, repito, un trabajo de destacado, pero hay que insistir en que la violación de los derechos humanos en Cuba tiene carácter constitucional. Basta echar una mirada al propio cuerpo jurídico de la nación -me refiero al creado por el gobierno castrista- para apreciar dónde se generan los atropellos. La Constitución vigente en Cuba, redactada y aprobada en 1976 con una mayoría aplastante según los datos del gobierno, declara en su artículo 41 que "la discriminación por motivo de raza, color, sexo u origen nacional está proscrita y sancionada por la ley". Llamo la atención del lector sobre la sospechosa ausencia de la discriminación por creencias religiosas o políticas. El siguiente artículo, el 42, continúa diciendo que "el estado consagra el derecho conquistado por la Revolución de que los ciudadanos, sin distinción de raza, color u origen nacional..." Y enumera de inmediato la igualdad de oportunidades proclamada por la Constitución, y otra vez omite sin sonrojo alguno las categorías de pensamiento político o religioso como tipos de discriminación que se deben evitar. Por si todo esto fuera poco, el artículo 54 de la Constitución Socialista asegura que "es ilegal y punible oponer la fe o la creencia religiosa a la Revolución..." Se desprende que si usted vive en Cuba y pertenece a la confesión religiosa de su preferencia, debe colocar en su sicología primero a la revolución -léase Castro- y después a su Dios particular. Imagínese un altar con una fotografía a todo color del dictador por encima del tradicional crucifijo. Para cerrar con "broche de oro", o con "mordaza de hierro", el artículo 52 de la constitución castrista apunta con claridad amenazadora: "se reconoce a los ciudadanos la libertad de palabra y de prensa conforme a los fines de la sociedad socialista. Las condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho de que la prensa, la radio y la televisión, el cine y otros medios de difusión masiva son propiedad estatal o social y no pueden ser objeto, en ningún caso, de propiedad privada, lo que asegura su uso al servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la sociedad". Traducido a términos comprensibles esto quiere decir que los ciudadanos en Cuba tienen el derecho de estar de acuerdo, tienen asegurada la posibilidad de aplaudir sin discrepar al líder eterno, alabarlo y endiosarlo. Si algún ciudadano osara no disfrutar de lo asegurado por la Constitución, el estado lo hospeda con los gatos pagados en cualquiera de las tantas prisiones que llenan la isla de una punta a la otra. La lectura de esta reglamentación por parte de cualquier jurista del mundo civilizado, sería suficiente para demostrar que Cuba vive bajo un estado de ilegalidad hecho ley, de atropello institucionalizado y de terror respaldado por el cuerpo jurídico. Los dramáticos casos conocidos internacionalmente de los prisioneros políticos con largas condenas en sus espaldas -de veinte y treinta años-, incluso los recientes fusilamientos, son la prueba de que el castrismo está decidido a llevar la violencia a los niveles necesarios para que su "ley" sea respetada. Muy poco queda en Cuba al ciudadano que discrepa, sólo el exilio o la prisión, la muerte o la persecución a través de grupos paramilitares armados por el gobierno. Hoy el mundo marcha, a paso lento, pero decidido, al establecimiento de categorías morales superiores, de mayor respeto por el prójimo. Los acontecimientos de Europa son pasos hacia la construcción de un planeta donde el ser humano goce de mayor respeto por su persona. Los hombres que ya lo han conseguido deben ayudar a los rezagados. Los cubanos aplastados por Castro claman por esa ayuda. Creo que es un deber tenderles la mano y el hacerlo nos hace a todos un poco mejores en este planeta donde, en ocasiones, parece que la solidaridad ha desertado definitivamente a otra galaxia. |