| Diario Las Américas,
USA, 9 de junio de 1992. ALFRED HITCHCOCK Y CUBA Desde que llegué a Estados Unidos no he dejado de escuchar en boca de casi todo el mundo que la comunidad cubana en el exterior debe jugar un papel propio y, además, un papel de apoyo a cualquier movimiento que surja dentro de Cuba, movimiento que, según los que proclaman esos papeles para el exilio, son los llamados a realizar los cambios necesarios para el derrocamiento de Castro y la democratización de Cuba. Además, casi todos los "líderes" se golpean el pecho asegurando que no tienen aspiraciones políticas personales, que no desean interferir y que dejan a los cubanos de adentro la solución de los problemas para ellos limitarse a un apoyo moral y material, si éste fuera posible. Sin embargo, en realidad no funcionan así las relaciones del exilio con la oposición interna. Un caso destacado que contradice lo anterior es el de Gustavo Arcos Bergnes y su hermano Sebastián, los cuales recibieron una lluvia de críticas en ocasión de su planteamientos políticos desde La Habana -que siempre consideré equivocados y mis artículos lo prueban-, incluso algunos llegaron a echar sombras de duda sobre el destacado activista de derechos humanos. Por supuesto, no todos actuaron así. Quiero poner en claro algo esencial de este problema, ahora que el tiempo pasó: no puede confundirse el planteamiento de Arcos con el de Aruca, la Brigada Maceo y el resto de esa comparsa de semejante cuño. Lo que legitimó la posición de Arcos -acertada o no- es la legitimidad que radica en su persona. Ni el mismo Castro ha podido difamarlo con éxito. Al dictador en extinción sólo se le ocurrió declarar al periodista italiano Miná que Arcos era racista y fascista, por supuesto, sin documentar tales afirmaciones. No puede olvidarse que Arcos luchó contra los vicios de la república, no contra sus virtudes, y fue estafado por Castro como la gran mayoría del pueblo cubano. No puede pasarse por alto tampoco que cuarenta años de conducta vertical apoyan su honestidad y hoy, sometido a la extraordinaria presión que significa ser el opositor número uno de Castro dentro de Cuba, mantiene con su entereza lo que muchos de nosotros no pudimos o no quisimos hacer. Ahora, mirando atrás, comprendo que aquellas jornadas no fueron más que una tormenta en un vaso de agua. Castro no dialoga con un opositor, y Arcos lo sabía: no fue más que mover un peón dentro del tablero en busca del esperado jaque mate. En mi opinión creo que la jugada no fue feliz, pero cada cual tiene derecho a su estrategia. También hay que señalar que, a sabiendas del rechazo que la palabra diálogo causa en el exilio, la inteligencia castrista echó a andar toda su maquinaria buscando confundir la posición de Arcos -legítima, aunque errada según mi criterio-, con el diálogo auspiciado por La Habana a través de sus asalariados aquí en Miami, los cuales buscan extender la vida del tirano, hacer la función de paramédicos en el cadáver político que es Castro. Fue una burda maniobra fácilmente reconocible. Por otra parte, ahora se nota una vinculación mayor de la organizaciones del exilio con los opositores. Cada cual se ha hermanado con los grupos que consideran más afines a sus enfoques políticos, lo cual comprendo y estimo lógico. Cada corredor con su caballo y todos con la misma meta. Lo único que no funciona es que se desconoce -al menos desconozco yo- cuáles son las metas de los adentro, aunque identifiquemos la cabalgadura. ¿Se imaginan al opositor tantas veces invocado, un militar de alto rango, que destrone a Castro? ¿Qué hará después? ¿Con quién hablará, si es que habla? ¿Levantará el teléfono y llamará a un destacado anticastrista del exilio o preferirá marcar directamente el número de la Casa Blanca? El que tenga la respuesta es un elegido del señor. De todas formas estamos viendo tiempos sorpresivos. Alfred Hitchcock, el destacado cineasta británico, aportó al suspenso una nueva técnica. El maestro del misterio aporta al espectador todos los elementos -desde el principio de la película se sabe quién es la víctima y quién victimario-, y mantiene el interés porque no se sabe cuándo ni cómo va a suceder el hecho. Así está la historia de Cuba. Sabemos que el final es uno solo: la libertad, pero no sabemos cuándo ni cómo. Mientras tanto dejemos que Hitchcock o Arcos escriban sus guiones sin interferir. Sería muy duro cargar en nuestras conciencias con la muerte de alguien para después dedicarle sentidos epitafios asegurando cuán honesto fue el que no debió morir. Desde mi privilegiada butaca de espectador, deseo para la obra el mejor y menor sangriento final. |