| Diario Las Américas,
USA, 14 de julio de 1992. UNA MISA Y SU CEIBA CINCO AñOS DESPUES (El siguiente artículo fue escrito el 26 de octubre de 1987 en La Habana, con motivo de la primera actividad publica del Comité Cubano Pro derechos Humanos. Circuló por la isla, incluyendo las prisiones, como periodismo clandestino, y algunos fragmentos fueron transmitidos por Radio Martí). "Una misa en busca de su ceiba" Vivimos en una isla de asombro y ensoñación. No porque somos cubanos y consideramos nuestra tierra como algo especial, sino porque el universo que nos contiene es de asombro y ensoñación y nosotros no escapamos a la regla. La vida en sí misma es una suma de sorpresas y milagros cotidianos, desde el último eco del "Big Bang" hasta el más reciente invento en el campo de la computación o la genética. Hay ojos que no quieren ver, lo cual no afecta en lo más mínimo la existencia de los milagros. Nuestro comienzo no pudo ser más misterioso con aquellas tres frágiles embarcaciones movidas por el ensueño, que culminaron su viaje ante un asombro tan hermoso que ningún ojo humano puede negarlo. Así, de misterio en misterio, esta isla tuvo sus perros mudos y su hogueras, sus tornados espeluznantes y su tupida vegetación tropical. Y la Villa de San Cristóbal de La Habana también tuvo sus milagros, entre los ataques de piratas y corsarios y el azote de las enfermedades, hasta que fue trasladada al lugar que hoy ocupa y se dio el milagro de la primera misa y el primer cabildo. Según la tradición estos acontecimientos fueron celebrados bajo una frondosa ceiba al noroeste de la actual Plaza de Armas. La verdad se pierde con el tiempo y ningún historiador ha encontrado evidencias de este suceso. Así lo aseguran Arrate y Pezuela, y el propio Roig de Leuchsenring se suma a esta opinión. Pero la realidad rinde culto a la fantasía y el gobernador español Francisco Cagigal de la Vega ordena construir, en 1754, un monumento conmemorativo, refrendado años más tarde, en 1828, por el capitán general Dionisio Vives y Planes, quien ordena levantar el templete que contiene obras relativas a los hechos realizadas por el pintor francés Juan B. Vermay. Hasta aquí tenemos, por una parte, una misa celebrado al pie de una ceiba que los historiadores señalan como acontecimiento dudoso y sin comprobación, salvado del olvido sólo por la tradición, esa gran creadora de milagros; por otra parte tenemos todo un homenaje de la realidad a ese hecho semiinventado: una columna de tres caras con una imagen de la Virgen del Pilar por cimera, y un templete con figuras alegóricas. Ahora saltamos a través de varios siglos de asombros y detenemos nuestro viaje, como si fuéramos invitados de H.G. Wells en su máquina del tiempo, en el domingo 25 de octubre de 1987, en el Vedado, barrio de La habana, en la iglesia de San Juan de Letrán, en la calle 19 entre J e I. El asunto que nos trae hasta aquí también es una misa, también movida por la ensoñación, en la cual se unieron los votos de los fieles en una oración por el padre polaco Jercy Popieluzcu, víctima de la intolerancia entre los seres humanos. Pero aquí sí tenemos una misa real celebrada bajo el auspicio del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, primera actividad pública de dicha institución presidida por el dr. Ricardo Bofill Pagés. Los fieles, entre los cuales se encontraba el Comité en pleno, asistían, tal vez sin saberlo, a otro milagro de los que proliferan en esta isla de misterios. Cuando las campanas del reloj de la iglesia, en el extremo derecho del altar, marcaron las 10:30 -hora de comienzo del oficio- y el sacerdote avanzó por el pasillo central, todos supimos que el mal estaba conjurado y que nada detendría esa celebración de amor. Todos supimos, incluso los no participantes, que algo arraigado en nuestra tradición nos unía al olor del templo, al susurro de la sotana y a la luz de los vitrales. Todos supimos que el tesoro de la religión -parte integrante de nuestra nacionalidad- nunca murió dentro de la sicología del cubano. Ahora tenemos, paradójicamente, por una parte la misa real al sacerdote Popieluzcu, efectuada el 25 de octubre de 1987; y por otra un silencio absoluto que procura ignorar el milagro. Sabemos que pasarán años antes que esa misa posea su templete y sus cuadros conmemorativos, sabemos que mucho lloverá antes de ver un sencillo monumento en recordación del acontecimiento. Pero lo que algunos se niegan a saber es que esta isla nunca ha sido despojada del asombro y la ensoñación, que los ojos que desean ver y los oídos que persisten en escuchar nunca renunciarán a los milagros. Y poseemos una prueba contundente para futuros historiadores. Cada uno de los asistentes a esa histórica oración por el padre Popieluzcu, al llegar a sus hogares, sintieron que algo se movía dentro de sus corazones. Abrieron sus ropas y allí, donde sólo debía estar la piel del pecho, justo encima del corazón, vieron el milagro: una frondosa ceiba que se abría paso hacia la luz. |