| Diario Las Américas,
USA, 3 de noviembre de 1992. ALQUIMISTAS Y DERECHOS HUMANOS (El siguiente artículo -escrito en Cuba el 26 de octubre de 1987- hace referencia a la lectura del "Llamamiento de La Habana", efectuada en la primera actividad pública del Comité Cubano Pro Derechos Humanos: la misa a Jerzy Popieluzcu. Por primera vez se recababan firmas de apoyo contra la dictadura de Castro en sus propios predios. Sólo fue firmado por 13 activistas). "Alquimistas en La Habana" La transmutación de los metales siempre fue una ocupación de hombres empecinados y soñadores. Encerrados en oscuros laboratorios, perseguidos por la iglesia, experimentaban con cuanto los rodeaba en busca de la combinación exacta para alcanzar la cima: la piedra filosofal que pondría en las manos de los hombres el oro, símil metafórico que significaba orden superior, vida. Se dice que la alquimia era una ciencia quimérica, por tanto, condenada al fracaso. Sin embargo, a ella debemos el surgimiento de la Química. Además los hombres quiméricos o alquimistas, que persiguen sin escuchar razones las esperanzas del "mejoramiento humano", siempre han sido catalogados por una parte de sus semejantes como orates perdidos, vesánicos más guiados por el humor de la luna que por la inteligencia. Cuando pienso en alquimia y quimera noto que guardan cierta relación, y por eso inexplicado de las ideas afines surge en mi mente el imán, ese pedazo de metal común y corriente que cualquier costurera tiene al alcance de sus manos para recoger los alfileres. Pero el diccionario me ilustra haciéndome saber que, además de la acepción conocida de óxido ferroso que atrae al hierro y algunos otros metales, imán procede del nombre árabe imán, el encargado de presidir la oración entre los mahometanos. Hoy la alquimia es historia y material para algunas novelas y películas, recurso de entretenimiento, pero su espíritu trascendió a su época y podemos afirmar que hay alquimistas modernos, incluso en nuestra apacible ciudad hechizada: La Habana. La declaración Universal de Derechos del Hombre de las Naciones Unidas, con sus treinta puntos, constituye algo así como un laboratorio ambulante de alquimia, sencillo y planetario, que rueda de boca en boca, susurrado o a gritos. Es la "fiebre del oro", pero entendido el término al modo alquimista, es decir, como búsqueda de un orden superior. El 25 de octubre de 1987, minutos antes del comienzo del oficio religioso por el sacerdote Jerzy Popieluzcu, en La habana, el doctor Ricardo Bofill Pagés, presidente del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, leyó un documento histórico a la prensa extranjera: "El llamamiento de La Habana". Yo me hallaba a la izquierda del imán, mirando por encima de su hombro, siguiendo el texto con mis pupilas azoradas -a pesar de lo ya visto- y el olfato regocijado por el encuentro con un ligero perfume, que me indicaba que las retortas de algún laboratorio de alquimia había conseguido un paso hacia la piedra filosofal. "El llamamiento de La Habana" alude al respeto de los Derechos Humanos y el aroma que percibí me indica el camino hacia esa quimera. Y aquí comienzan a complicarse las cosas porque, ¿de qué materia están hechas las quimeras? ¿Cómo perseguirlas? ¿Cómo lograr que ardan en una hoguera? ¿Qué hacer para evitar el contagio? ¿Qué armas emplear contra un arte o disciplina tan viejo como la alquimia? Los hombres que se autotitulaban sensatos se miran preocupados pensando que tienen que vérselas con espíritus, brujerías o rúbricas con Satanás. Es inconcebible para personas que están acostumbradas a que el sol salga siempre por el mismo lugar que algunos alquimistas, trasnochados y no muy en sus cabales, deambulen por La Habana con un laboratorio portátil repartiendo elíxires azulados o blancos, de cualquier color, que nadie sabe con certeza qué contienen. Así las cosas el rumor se cuela por las ventanas, aprovechando cada hendija o pequeña rotura para contagiar con la fiebre de la alquimia las sensibilidades honestas. Desde hace mucho el mundo vive una revolución alquímica permanente y la transmutación de nuestra vida, pagando el precio en sueños que sea necesario pagar, debe continuar porque todos merecemos el oro de nuestros derechos, el magnánimo experimento de fabricar con nuestras manos cada uno de nuestros días. Si hay algo cierto en eso de "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad", es muy fácil identificar a los alquimistas que hoy andan por La Habana: una aureola de paz los señala a distancia. Cuando llegue el momento de las hogueras, los inquisidores sólo conseguirán multiplicar con el fuego el aroma del elixir que se extenderá por el tiempo y el país será, a pesar de todo, un gigantesco laboratorio de alquimia. |