| Diario Las Américas,
USA, 9 de febrero de 1993. LOS PARTIDOS AZULES: RETO DEL SIGLO XXI Faltan sólo seis años para que concluya este siglo que nos deja, como estela ruidosa, dos guerras mundiales, la aparición del bloque socialista tras la revolución de 1917 encabezada por Lenin en la Rusia zarista, países que alcanzaron su independencia de los antiguos imperios coloniales desmoronados en la época contemporánea con un cambiante mapa político internacional, una crisis de misiles que colocó al mundo al borde del colapso atómico, guerra de guerrillas, golpes de estado, hambrunas, dictaduras de todo estilo y más y más dictaduras, guerras raciales y religiosas, disputas territoriales y, finalmente, la desaparición del bloque socialista con la estrepitosa caída del muro de Berlín como símbolo de que la libertad nunca podrá ser amurallada ni con los métodos más científicos. No puedo dejar de señalar con regocijo que también nos queda el ejemplo de los dictadores encarcelados, reducidos a su verdadera dimensión de criminales de lesa humanidad y delincuentes comunes, enfrentados a la ley que nunca respetaron. También tenemos como legado la preocupación por el medio ambiente, reflejada en el surgimiento de los partidos verdes, y finalmente la campaña por los derechos humanos y la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas proclamada el 10 de diciembre de 1948, justamente a mediados del siglo XX, después que el mundo despertó de la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial con sus campos de concentración, sus crematorios, su militarismo criminal, su Nuremberg, la muerte sistematizada y sus horrores adicionales con la degradación de la medicina sin olvidar el cierre con broche atómico de dos bombas: Hiroshima y Nagasaki. No se puede pasar por alto como parte de la herencia de este siglo el uso de la siquiatría como medio de represión contra opositores políticos, actividad en la cual se destacaron los gobiernos soviéticos, además de las tenebrosas prisiones -Siberia- donde languidecieron hasta morir los que osaron pensar distinto en desafío al poder totalitario. Si seguimos pasando revista vemos la carrera por el espacio, el primer salto de la especie -gigantesco-, el sueño de los poetas hecho realidad con el Apolo 11: el hombre caminando por la Luna en romance directo con los astros. La teoría de la relatividad palidece cuando la computación irrumpe y se inmiscuye en todos los renglones del acontecer diario de la vida moderna. Pero los problemas de la Tierra quedaban muy lejos de esa hazaña, hacia abajo. Aquí, en el mundo de los niños famélicos y el SIDA, terremotos y ciclones, epidemias, terrorismo y violación derechos humanos, faltan muchos saltos gigantescos que protejan a la especie de su natural indefección. También, a lo largo de la segunda mitad del siglo, hemos visto surgir los movimientos por los derechos humanos, los derechos civiles y de las minorías, tanto en los países llamados capitalistas -Martin Luther King- como dentro del desaparecido bloque socialista. Basta citar a Andrei Sajarov, Carta 77, etc, y la modalidad sindicalista polaca de Lech Walessa. En Cuba, esa pequeña isla del Caribe, se produce una revolución en 1959 que buscaba restituir la constitución de la república anulada por un golpe militar producido por dictadores aficionados. La revolución triunfó en atropellante paso de propaganda y aparente vanguardia y llevó al poder a uno de los más crueles y ridículos dictadores de la historia del continente americano: Fidel Castro (el guerrillero que escondió su naturaleza aberrada tras las barbas de libertador). Con precisión científica Castro anuló todas las instituciones democráticas -sindicatos independientes, prensa libre, partidos políticos y confesiones religiosas- y giró hacia la sombra del paraguas soviético que lo acogió con las fauces salivando a gran velocidad. La población, indefensa tras treinta y cinco años de indoctrinamiento y terror oficial -los especialistas en represión del bloque socialista se instalaron en Cuba desde el comienzo-, no encuentra bandera adecuada para salir de sus problemas, sólo ve en su horizonte la posibilidad de escapar, y se genera de inmediato un exilio de más de un millón de cubanos que hoy continúa utilizando cualquier vía, desde el vuelo en avión o la peligrosa balsa. Pero siguiendo la tradición civilista de la historia de Cuba -que tuvo constituciones incluso cuando se luchaba por la independencia de España-, se funda en La Habana, el 28 de enero de 1976, por un reducido grupo de intelectuales encabezados por el profesor Ricardo Bofill, algo que sería el comienzo de la bandera que faltaba y que se consolidaría algunos años después: el Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH), que hoy día ha desbordado sus propios límites al ver en la Declaración Universal de Derechos Humanos el sueño del siglo XXI para el cual sólo faltan seis años. El estandarte no está constituido en sí por el propio CCPDH, sino por el espíritu de derecho que lo animaba, la propia Declaración Universal. Por supuesto, sobre la marcha, comienzan los aportes, una marcha accidentada y fragmentada -incluso con períodos de silencio- debido a la represión desatada por parte de la dictadura. A partir de 1985 el CCPDH adquiere gran relevancia gracias a Radio Martí, la emisora de radio más escuchada en Cuba. Los nombres de sus dirigentes se hacen familiares en la población de la isla. Después, en 1988, el propio dictador se encarga de la propaganda desplegando una campaña de descrédito contra el profesor Ricardo Bofill en la televisión, el radio y la prensa plana. El efecto fue el contrario al apetecido por la dictadura: el CCPDH alcanzó a todos los rincones de la nación y fue visto con admiración por la población que supo apreciar la desigual pelea entre en un gobierno totalitario y un minúsculo grupo de ciudadanos. Lo única herramienta que tenían los activistas era la defensa de la Declaración Universal, el gobierno tenía las cárceles. De tal forma la evolución determinó la fundación del Partido Pro Derechos Humanos en Cuba (PPDHC), que tenía por finalidad conseguir que la propia Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas fuera colocada como preámbulo de la Constitución de la República convirtiendo, de hecho, cualquier violación en un delito anticonstitucional. La dictadura, quién lo duda, aumentó la represión y los años de cárcel. Pero aquí tenemos un aporte a la teoría moderna de los Derechos Humanos. Es el equivalente del camino recorrido por los ecologistas que comprendieron que debían llegar al poder para ellos mismos tener la posibilidad de hacer las leyes que conservaran el medio ambiente. No basta con la denuncia, hay que configurar, desde el poder político, el respeto a los Derechos Humanos a través de un cuerpo jurídico adecuado. Este enfoque de la problemática que nos ocupa da un nuevo aliento a esta lucha. Antes del PPDHC no existía en el mundo ninguna organización política con tales características, lo que convierte este surgimiento en el campo de las ideas en un aporte exclusivo cuya paternidad corresponde al CCPDH. Antes de este nuevo concepto, las organizaciones de derechos humanos del mundo, incluyendo las más prestigiosas y conocidas, como Amnistía Internacional o la propia Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, se limitaban al monitoreo de las violaciones en el planeta y su posterior denuncia, y a la difusión de la Declaración Universal. Algunas han ido un poco más lejos impartiendo conferencias y cursos. Donde se produce el cambio cualitativo, el aporte cubano a la teoría moderna de los Derechos Humanos, es en el paso de la fase informativa de este sensible tema a la fase ejecutiva. Sólo los ecologistas habían comprendido la importancia de esto y ahora el Partido Pro Derechos Humanos de Cuba hace su parte convirtiéndose en el primer Partido Azul -color de las Naciones Unidas- de la historia. Creo que el término "partido azul" sería el más adecuado para calificar estas agrupaciones, insertando esta avanzada en la tradición de los partidos verdes. Creo que se debe instrumentar a nivel internacional esta novedosa conciencia, que llega con el nuevo siglo XXI, y tratar por todos los medios de conmover a las naciones civilizadas, a los gobiernos o a los ciudadanos, a las distintas agrupaciones religiosas y otras que cubren el variado espectro de cualquier sociedad moderna, para que acepten la idea de poner como preámbulo a sus respectivas constituciones la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. De suceder así, los cuerpos jurídicos de cada país estarían atados a la idea del máximo derecho hasta ahora aportado por el intelecto humano. A partir de ese momento cada golpe dado en el rostro de un perseguido, sería un golpe dado en el rostro de la ley, en el rostro de la conciencia universal. Se trata de una reforma difícil de llevar a cabo. Se podría alegar que los países miembros de las Naciones Unidas son signatarios de la Declaración Universal, por tanto, sobra el trámite de colocarla como preámbulo de las respectivas constituciones. Sin embargo, sabemos que el hecho de que los gobiernos hayan aceptado la Declaración no es una garantía directa de que los derechos contenidos en la Carta Magna de la ONU sean respetados. Ejemplos sobran: en el área Cuba y Haití son dos casos que ilustran en demasía esta contradicción. Dentro de esta línea también puede agregarse como una sugerencia para el desarrollo de la sociedad humana durante el siglo XXI, el estudio obligatorio desde la más temprana edad de la Declaración Universal, creando incluso cátedras universitarias que se dediquen exclusivamente al estudio de los instrumentos internacionales que ya existen y que regulan la defensa de las relaciones entre los hombres. Las organizaciones de las Naciones Unidas dedicadas al terreno de la educación podrían exigir el cumplimiento de esto como una garantía de que los ciudadanos crecen y son educados en el espíritu del respeto al derecho ajeno, supeditando cualquier ayuda al cumplimiento de esta meta. Cualquier país, por pequeño que sea, puede ser el que ofrezca al mundo el ejemplo de semejante paso en favor un mundo mejor. En Cuba, como sabemos, esta noble idea es imposible. Puerto Rico, por citar un caso, podría promover esta iniciativa y sembrar en el Caribe una semilla que tarde o temprano, como todas las buenas semillas, terminaría contaminando a sus países vecinos. Quiero citar aquí el Tercer Considerando de la Declaración Universal por ver en él la piedra angular que sostiene esta batalla en el campo de las ideas: "Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión". Como se puede apreciar el tema es de capital importancia. Un país donde rige un estado de derecho y se respetan integralmente los treinta artículos de las Declaración Universal, nunca vería a su población envuelta en un destructivo proceso violento para defenderse de la opresión. Los ejemplos de guerras civiles siembran de muerte nuestra historia continental y el origen ha sido uno solo: la carencia del estado de derecho apetecido que impulsa a la población a recurrir el único medio eficaz contra el poder contranatura de los dictadores: la violencia. Las ideas novedosas siempre encuentran una feroz resistencia en los que aspiran a perpetuarse en el poder. Promover la aceptación de la Carta Magna de las Naciones Unidas en los cuerpos jurídicos de cada nación es una batalla larga. Pero alguien tiene que comenzar. Los aportes a la humanidad no son privilegios exclusivos de determinados países. Cualquier pueblo, movido por la buena voluntad, puede dar el ejemplo al resto de la comunidad internacional. No albergo duda alguna sobre la legitimidad de esta idea y estoy seguro de que algún partido azul, tal vez antes de que concluya el presente siglo, nos regale la buena nueva de un país regido por la Declaración Universal de Derechos Humanos como punto cimero de su cuerpo jurídico. Sin duda, el siglo XXI vestirá nuevas ropas y tengo la esperanza de que el azul será el color predominante. |