El Nuevo Día, Puerto Rico, 6 de marzo de 1993; Diario Las Américas, USA, en dos partes: 6 y 12 de julio de 1994.

LOS DERECHOS HUMANOS COMO PRETEXTO

Nadie pone en tela de juicio que Fidel Castro es un dictador. Después de treinta y tantos años de poder absoluto, miles de testimonios de las violaciones de derechos humanos -tanto en la propia persona de los violados como en el cuerpo jurídico de la nación donde el atropello está institucionalizado- y la desaparición del bloque socialista, es difícil, aunque los hay, encontrar defensores del castrismo.

Pero existe una nueva modalidad surgida al calor de la aparición del movimiento de derechos humanos dentro de Cuba. Se trata de personas que se erigen en defensores de la Declaración Universal y tramitan denuncias desde la isla y son apoyados por sus colegas en el exterior. Bajo esta cobertura -¿cómo dudar de un activista que denuncia crímenes de Castro?- algunos de estos farsantes laboran a favor del continuismo de la dictadura.

La pieza clave en todo esto lo constituye el embargo, aunque existen algunas otros rasgos importantes que se repiten en la conducta de estas personas. Estos impostores de los derechos humanos abogan por el levantamiento del embargo al dictador, aunque las naciones civilizadas del mundo siempre han usado como herramienta contra las dictaduras las sanciones económicas. Recordemos Chile, Sudáfrica y Haití. Por lo general, en doble inmoral moralidad, casi siempre estas personas apoyan los embargos contra los otros dictadores, pero no el que se establece contra Castro.

Otro rasgo que ribetean la oscura personalidad de estos especímenes es su ataque constante contra aquéllos que son atacados por Castro. Algunas veces esta labor la realizan bajo cuerdas, en el silencio, otras veces públicamente. En las embajadas occidentales en La Habana estos supuestos activistas de derechos humanos han desplegado una constante labor de descrédito contra aquéllos que desean que el embargo permanezca. Algún día esos papeles saldrán a la luz.

Pero quiero recordar algo a los aficionados del problema cubano, los analistas de a docena por centavo y a los columnistas improvisados que enfilaron sus cañones contra los que desde hace varios años avisaron por dónde vendrían los tiros. Algunas personas dieron la voz de alerta sobre la infiltración en el movimiento de derechos humanos y sus cómplices en el exilio. Recuerdo que el argumento más esgrimido por los equilibrados y objetivos periodistas era que no se podía criticar a los que dentro de Cuba se jugaban el pellejo. Ignorancia o complicidad. Pienso que ignorancia.

Ahora lo vemos casi a diario. Es difícil no encontrar constantemente en las noticias la mezcla de alguna denuncia contra Castro sumada a la condena del embargo. Artífices de la mentira y del mal uso de la libertad que ofrece la democracia.

Me viene a la mente el caso del pintor cubano Tomás Sánchez, quien declaró que regresaría a Cuba -o que ya lo había hecho- con una cantidad de miles de dólares conseguidos con la venta de una obra suya para entregar materiales a los pintores que dentro de Cuba carecen de ellos. Y pregunto, ¿podría ir yo a Cuba con diez mil dólares para entregar materiales a escritores que no los tienen? Por supuesto que no. Pregunta inevitable: ¿qué hizo o dejó de hacer Tomás Sánchez para merecer ese privilegio? Sabe Dios.

Vivimos una época plagada de farsantes, cómplices e ignorantes. Mientras más se acerque la caída de Castro más elementos de este tipo aparecerán en el camino. Es sólo cuestión de darles tiempo porque ellos solos se descubren. Pero perdonen mi inmodestia: a mí nunca me engañaron.