| Diario Las Américas,
USA, 8 de junio de 1993. MARIA ELENA CRUZ VARELA Una vez más escribo sobre la poeta María Elena Cruz Varela, pero ahora lo hago con más alegría porque la oposición ha ganado otra batalla: el ángel, sin ningún síntoma de agotamiento, logra volar fuera de la cárcel a pesar de que el dictador Castro hubiera preferido que muriera en prisión. Aquí, en el exilio, todos los héroes en uso o retirados pueden emitir su opinión amparándose en la Primera Enmienda. Me parece justo. La única contradicción es que, para emitir un criterio, hace falta cumplir con una condición indispensable: estar vivo y poder emitirlo. Aquí noto una contradicción. ¿Cómo alguien puede, estando vivo, exigir a otros que mueran? ¿Cómo alguien, refrigerado y ganando dinero por hablar -o con la aspiración de ganarlo- puede pedir a alguien que se sacrifique? Cruz Varela ha sido consecuente con su método de lucha -ideológico, pacifista, la vía de los derechos humanos-, y ya sabemos que estas jugadas están previstas porque en ese sentido la historia del stalinismo es larga y oscura. Todos estábamos preparados para eso y para los casos que faltan, es parte del intercambio de golpes. Ella está en su camino y punto, en la trinchera que escogió. Sin embargo, los que optaron por otras trincheras, no están en ellas. Cada cual sabe lo que hace. Nadie en el mundo se cree el cambio de conducta de Varela, como nadie en el mundo creyó las declaraciones de Heberto Padilla cuando su famoso caso en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. El balance final del "caso Padilla" fue una ola de solidaridad internacional a favor del poeta y el divorcio de buena parte de la intelectualidad con el castrismo. Ahora sucede lo mismo con Varela y las declaraciones de solidaridad ya están llegando. Una muestra más, para el que aún duda, de que Fidel Castro es un dictador empecinado y criminal y, sobre todo, enemigo feroz de la poesía. Dulce María Loynaz y Varela, cada cual a su manera, han golpeado al tirano en su propio rostro. Ambas hacen declaraciones públicas rodeadas de esbirros de la seguridad del estado castrista. En el caso de Loynaz se trataba de policías de la cultura, perseguidores vestidos de civil como Pablo Armando Fernández y Lisandro Otero. Varela tuvo menos suerte en ese sentido. Pero este caso nos hace reflexionar, nos obliga a prestar atención a ese fenómeno llamado movimiento de derechos humanos dentro de Cuba que, después de la visita de la Comisión de las Naciones Unidas a La Habana en 1988, se ha multiplicado en numerosos grupos con diferentes ópticas políticas llenando casi todas las variantes posibles dentro de una sociedad. Según mi criterio, el caso de Varela es una prueba de que ese movimiento es peligroso para el tirano. El hecho de que la dictadura tenga que realizar toda una operación para destruir a una poeta que se enfrenta de forma severamente crítica al desgobierno, es una muestra del grado de peligrosidad que un movimiento de este tipo tiene en una sociedad cerrada. "Todo comienza con papelitos y después nos quieren procesar judicialmente", muy bien podría decir Castro a sus acólitos, que más sabe por demonio que por anciano. Y el tirano tiene razón. La pequeña fisura en el muro -un grupito de activistas de la Declaración Universal de las Naciones Unidas- puede agrandarse hasta el extremo de permitir que la libertad entre y contamine a la sociedad cerrada. Pero ya son muchas las fisuras y no hay gasolina para tanto oficial de la seguridad del estado. Para mí, María Elena Cruz Varela es la misma. No ha pasado nada y no hay agotamiento en el ángel. El tiempo dirá cuáles son las alas que más alto pueden volar. |