Diario Las Américas, USA, 12 de octubre de 1993.

EL MOVIMIENTO DE DERECHOS HUMANOS

El movimiento de derechos humanos dentro y fuera de Cuba ya cuenta con varios años de trabajo sostenido y excelentes resultados. Las organizaciones, lejos de dividirse, se multiplican en abanico multicolor. Surgen grupos especializados en los más diversos aspectos de la vida social y van conformando algo así como una sociedad civil paralela a pesar de que el gobierno hace todo lo posible por aplastarlos.

Lo que comenzó con un grupo basado en la defensa de la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, ahora cuenta con grupos que velan por los intereses de los trabajadores -sindicatos independientes-; grupos que se especializan en los derechos de los artistas e intelectuales, como la Asociación Pro Arte Libre, APAL; grupos ecologistas y de defensa a religiosos perseguidos; grupos de apoyo a los presos y a sus familiares; asociaciones de periodistas independientes como la APIC y organizaciones de abogados que escogieron ejercer la profesión con decoro, como la Unión Agramontista; grupos que abogan por la defensa del ejercicio de los derechos políticos y hasta grupos que se especializan en la recogida de información sobre los desaparecidos en el mar.

Esa sociedad civil que emerge de las ruinas de la república destruida por Fidel Castro es un verdadero fantasma que va copando la isla. Sé que todavía y a pesar de todo, su influencia es débil o no tan fuerte como quisiéramos, pero se trata de la construcción de un edificio donde los albañiles tienen que abandonar su trabajo constantemente para ir a las prisiones y son sustituidos por otros que corren la misma suerte poco después. Es un derroche de osadía y terquedad, y el gobierno se desconcierta ante esos minúsculos grupos que, a pesar que de una sola recogida del Ministerio del Interior basta para sacarlos de circulación, no dejan de crecer y de aparecer en los lugares más insospechados como hongos después de los aguaceros tropicales. Además, en las prisiones es donde más trabajo tienen estos grupos porque cada segundo transcurrido en la cárcel más benévola de Cuba -si fuera posible aplicar ese adjetivo a una prisión de Castro- lleva consigo múltiples violaciones de derechos humanos.

Por su parte, los activistas que están fuera de la isla y viven diseminados por el mundo, realizan una labor de difusión de las denuncias que llegan de Cuba con un profesionalismo que sólo el trabajo diario durante años ha hecho posible. No hay un organismo gubernamental o no, político destacado o dignidad religiosa que no sepa a los pocos días de ocurrida y con detalles, la última atrocidad de Castro. Ya se trata de un mecanismo automático que ha dado sus frutos en muchas partes, incluyendo la Comisión de

Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Se trata de un trabajo que comenzó con timidez y con visos quijotescos que ahora es una realidad aplastante en la vida nacional. Basta echar un vistazo al mundo noticioso de los cubanos exilados y se verá que un elevado porciento de la información procede de los grupos de derechos humanos que operan en la isla.

No sé si los de acá estamos haciendo por los de allá todo lo que merecen, pero sí sé que siempre que pienso en el movimiento derechos humanos veo el andamiaje de una sociedad civil, democrática, que se levanta bajo las sombras de la dictadura. Castro lo sabe y algún día dará manotazos más fuertes a esos luchadores. Tenemos que anticiparnos a eso. Nuestra solidaridad debe ser total con esos grupos para que no estén solos en la construcción de un nuevo país que nosotros también, los de acá, vamos a disfrutar.