| Diario Las Américas,
USA, 4 de junio de 1996. LOS DERECHOS HUMANOS Y LOS ESCRITORES EN CUBA. En memoria de Reinaldo Arenas. Si en algo acertó Carlos Marx en su errático pensar fue en aquello del fantasma que recorría Europa. Ese fantasma era el comunismo. Tal y como dijo el pensador alemán, el comunismo es un fantasma, un espíritu en pena que nunca ha tomado cuerpo, gracias a Dios. El advenimiento y la propagación de la Declaración Universal de Derechos Humanos contribuyó en gran medida a la desaparición de ese peligro fantasmal que no pasó de su condición etérea. Pienso que el primer intento por abandonar la era oscurantista en el terreno del derecho es la proclamación de la Carta Magna de Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, horrores que conmovieron al mundo. Y digo que es el primer intento porque aún hoy vivimos en la pre historia del derecho. Basta señalar que los códigos jurídicos de todos los países del mundo prohíben delitos que se supone que el ser humano no debe cometer. Se debe dar por sentado que los hombres no maten, ni roben, ni estafen, sin embargo y por desgracia, esto es cotidiano transcurrir en todas partes y de ahí la necesidad de leyes que regulen esos comportamientos nocivos. Sin embargo, los verdaderos delitos no están registrados en ningún código del planeta: la falta de amor, la traición a un amigo, el odio, la envidia, la falta de alegría y muchos otros que se inscriben en la misma cuerda. Por eso, cuando la Declaración Universal regula en sus 30 artículos una columna básica mínima para el entendimiento entre los hombres, es el primer paso, aunque tímido, para abandonar nuestra Edad Media legal. Hoy día los partidos políticos se transforman y abandonan las ideologías ofreciendo a cambio eficiencia económica. Muy bien, pero no es suficiente. Lo que en otra ocasión llamé los "partidos azules" -por el color de Naciones Unidas y como remembranza de los partidos verdes- es un concepto que poco a poco debe introducirse en el pensamiento moderno. El respeto integral a los derechos humanos debe ser el preámbulo de todas las constituciones del mundo, lo cual ahorraría mucho dolor y trabajo a los que caigan bajo una dictadura al ahorrarles el tener que demostrar las violaciones porque el solo hecho de decapitar la constitución por parte de algún golpista significa la muerte de los derechos humanos, por tanto, la ilegalidad, la ilegalidad internacional. A los cubanos que vivimos esta época nos ha tocado un capítulo muy doloroso de nuestra historia, donde una dictadura demasiado prolongada amenaza con destruir lo poco que queda de nuestra nación. Si comparamos uno por uno los ataques dirigidos por la dictadura al tejido de la joven república veremos que todos fueron disparos certeros contra los derechos humanos que, de practicarse, obstaculizarían el camino de los democidas, como es el caso de Castro. Además, derechos humanos y comunismo son categorías excluyentes. El ejemplar que nos tocó de esa especie en extinción que constituyen los dictadores de inmediato apuntó a la cultura y, dentro de la cultura, a los escritores. En su discurso en la Biblioteca Nacional de Cuba Castro dijo: "Con la revolución todo, sin la revolución nada", máxima comparable a la famosa "El estado soy yo", dado que Castro se erige a sí mismo como la revolución. Cuando la locura se entronizó en el país, los escritores pasaron a conformar tres grupos fundamentales: los que se fueron, los que se vendieron a la dictadura y los que se quedaron escribiendo para lo que se ha dado en llamar "la gaveta", es decir, para que sus trabajos nunca fueran publicados. Y muchos otros pasaron por las prisiones por diferentes causas. Pero eso no le basta a un régimen totalitario. Debo citar del inmortal libro "1984", de George Orwell, unas frases reveladoras que le dice O'Brien -el interrogador de la policía política en la novela- a Winston, el rebelde descubierto: "No nos interesan esos estúpidos delitos que has cometido. Al partido no le interesan los actos realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros enemigos, sino que los cambiamos". Ese es el credo de Castro con los intelectuales. Y les puedo asegurar que así fue, al menos en un elevado por ciento de los escritores. Pero algunos lograron marcharse del país y siguieron su vida con sus libros a cuestas como pudieron. Los que se vendieron hoy también andan a cuestas con sus libros, pero ya muchos están avergonzados de las dedicatorias que en los años felices de romance político le dedicaron al máximo controlador de vidas y milagros. Esa es la peor de las penas para un escritor, avergonzarse de sus propios libros. Otro grupo, incluso más reducido que el compuesto por los que escribían para la gaveta, decidió hacer una vida activa dentro de la isla y al margen del gobierno. A mediados de la década del 80, cuando ya había entrado a formar parte del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, decidí formar un organismo que titulé Unión de Escritores y Artistas No Oficiales de Cuba, UNEANOC por sus siglas, para reunir en su seno a los marginados de las letras. Consulté la idea con Adolfo Rivero Caro, Enrique Hernández y Ricardo Bofill, quienes me ofrecieron el Comité Cubano Pro Derechos Humanos como sombrilla para mi grupo. La razón que alegaron me convenció: convertir la UNEANOC en la Sección de Artistas e Intelectuales del Comité le daría a mi organización -hasta ese momento fundada sólo en mi mente y mi deseo- el prestigio que ya el Comité había alcanzado. Hablando en plata, era una buena oferta. Y como ya estábamos trabajando juntos en el terreno de las denuncias de las violaciones de los derechos humanos, constituíamos un equipo engrasado y funcionando. Y todo salió muy bien, para molestia de las autoridades. Con mucho trabajo comencé a invitar a escritores y artistas a sumarse al grupo. La mayoría respondían aterrados con un rotundo no. Pero llegaron las adhesiones. Tuvimos en nuestras filas pintores -como Raúl Montesino, figura principal en la primera Exposición de Arte Disidente de Cuba, auspiciada por el Comité y asaltada por turbas dirigidas por el difunto ministro del interior de la dictadura José Abrahantes-, Nicolasito Guillén, Roberto Bermúdez; también escritores y poetas, como Tania Díaz Castro, Julián Portal y Rafael Saumell, y otros escritores y poetas que nos enviaban sus obras desde las prisiones. Después de la visita de Naciones Unidas a La Habana, a finales de 1988, el ya citado Abrahantes se deshizo de nosotros y nos regó por el planeta. El grupo central del Comité Cubano Pro Derechos Humanos se desperdigó en rosa náutica -éramos unos doce o trece- y fuimos a parar a diversos rincones: Miami, New York, París, Lima, Madrid, Panamá, Francfort y muchas otras ciudades. El Comité quedó en manos de Gustavo Arcos Bergnes y su hermano Sebastián -éste último hoy día en Miami- y mi grupo cultural se dispersó y muchos se unieron a otra organización, fundada cuando aún yo estaba en Cuba por otro grupo destacado de intelectuales marginados: la Asociación Pro Arte Libre, conocida por sus siglas APAL, y que después tomó el rumbo de su propia historia. Ya viviendo en Estados Unidos recibí informaciones desde Europa en las que se me advertía de las gestiones que personeros de la dictadura estaban haciendo para conseguir una rama del PEN CLUB Internacional en La Habana. Invité al poeta Herberto Padilla a firmar una carta de solicitud al PEN CLUB pidiendo la sede para los exiliados. Londres, en esos momentos, respondió que no, que la situación de los derechos humanos en Cuba había mejorado y que estaban en trámites para conceder la sede a La Habana. Al parecer, la bruma de Londres en esos días era un terco telón que cegaba a la dirección del PEN CLUB. Pero en 1989 se celebra el 54 Congreso Internacional del Pen CLUB, y en esos momentos estaban presos en Cuba el siquiatra Samuel Martínez Lara -presidente del primer partido azul de la historia, el Partido Pro Derechos Humanos de Cuba-, el poeta Ernesto Díaz -hoy en exilio- y nada menos que 22 miembros de la Asociación Pro Arte Libre, APAL. Me movilicé y preparé una carta pública dirigida al PEN CLUB pidiendo la liberación de nuestros colegas en prisión. En cuestión de cuarenta y ocho horas conseguí las adhesiones que necesitaba. La carta fue firmada por Reinaldo Arenas, Antonio Benítez Rojo, Ricardo Bofill, Rafael Bordao, Reinaldo Bragado Bretaña, Lydia Cabrera, Uva Clavijo, Esteban Luis Cárdenas, Isabel Castellanos, Angel Cuadra, Belkis Cuza Malé, Vicente Echerri, Eugenio Florit, Carlos Franqui, Ariel Hidalgo, Carlos Alberto Montaner, Heberto Padilla, Julián Portal, Jorge Ulla y Armando Valladares. De una forma u otra, la dictadura no consiguió sus fines y esporádicamente, usando a sus escritores a sueldo, continuaban en sus intentos por conseguir la codiciada sede del PEN CLUB. En 1996 Angel Cuadra retoma esa batalla y moviliza a un grupo de escritores en Miami para solicitar de nuevo la sede. Después de poco más de un año de gestiones en silencio, finalmente Londres concedió el permiso para la rama del PEN CLUB para los escritores cubanos exiliados con sede en Miami. Cualquier escritor cubano, en cualquier parte del mundo, es acogido en este PEN CLUB fundado sólo para los perseguidos. Hoy día en la isla quedan muchos escritores no oficiales, incluso algunos presos, que ya no están tan solos como cuando nosotros vagábamos por nuestras ciudades, en mi caso, por esa hermosa Habana de empaque señorial, de sensual ritmo propio de mujer que sabe vivir junto al misterio del mar y que no olvida a sus amores perdidos. Cada página escrita en Cuba, o en el exilio, fuera del control político de la dictadura, es una victoria frente a la insania. Los escritores tienen un espacio bajo el cielo de los derechos humanos porque ellos son los cronistas naturales del tiempo que viven, incluyendo las alegrías y los dolores. No sé en qué medida los escritores marginados cubanos contribuyeron a que el temido fantasma del que hablaba Carlos Marx nunca tomara cuerpo. No sé en qué medida un pequeño poema, una novela inconclusa y oculta en un tejado de Cuba, o un artículo escrito a prisa en el clandestinaje, ayudaron a que los ojos de los seres humanos se fijaran en el horror. Valorar ese trabajo no nos corresponde a nosotros y ya vendrá alguien que lo haga. Por ahora, quiero terminar con el último párrafo de la carta de despedida que escribió Reinaldo Arenas antes de quitarse la vida: "Al pueblo cubano, tanto en el exilio como en la isla, los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy". Reinaldo Arenas. Muchas gracias. |