| Intervención el 10 de
diciembre de 1997 en Florida International University. SEBASTIAN ARCOS BERGNES. Cada cual hace su camino a su manera. La semana pasada falleció en Miami Sebastián Arcos Bergnes, quien junto a su hermano Gustavo y muchos otros se encargó del Comité Cubano Pro Derechos Humanos de Cuba después de la salida de la isla de su creador, Ricardo Bofill. Los dos hermanos escogieron un camino difícil, en el caso de Sebastián, el peor de todos: rechazar un permiso de salida del país otorgado por la dictadura a cambio de que abandonara sus actividades en el terreno de los derechos humanos. Sebastián, al actuar así, firmaba su sentencia de muerte. Con toda intención, las autoridades de la dictadura no le dieron la atención médica adecuada a Sebastián y sólo lo liberaron cuando su enfermedad adquirió un carácter terminal. Aquí, en el exilio, pudo ver de nuevo a su familia, a viejos amigos y conocer de cerca lo que por acá se hace en favor del movimiento de derechos humanos de Cuba. Su caso, incluso después de su muerte, es el último gesto de denuncia que hace Sebastián a la dictadura. En todas partes los activistas señalan una y otra vez el hecho de que tanto la vida de Sebastián, como su muerte, constituyen una prueba más de la violación de los derechos humanos en Cuba. El reconocimiento del propio presidente de Estados Unidos Bill Clinton en su mensaje al conocer del fallecimiento de Sebastián, nos indica hasta qué punto el camino que escogió el activista cubano es aplaudido por el mundo civilizado y su conducta señalada como ejemplo. Nadie dentro del movimiento de derechos humanos de Cuba desea la muerte de alguien. Todos quisiéramos que el milagro de la buena voluntad evite la tragedia que siempre significa una muerte anticipada, innecesaria y evitable. Pero desgraciadamente frente a nosotros no tenemos personas de buena voluntad. Nuestros enemigos no son cubanos con criterios diferentes, sino personas enfermas y aferradas a un poder por el que pagarían, y han pagado, todas las muertes que hagan falta para conservarlo. Aunque las cosas han cambiado en gran medida desde los finales de la década del 80 a la fecha -incluyendo el Muro de Berlín-, todavía hace falta más reconocimiento internacional para el movimiento de derechos humanos dentro de la isla. Debido a las diversas y complejas condiciones internacionales que rodean el caso de Cuba y la habilidad propagandística de la dictadura, la solidaridad con los opositores cubanos es muy débil comparada con la que recibieron los movimientos equivalentes en el otrora campo socialista. Cambiar esa percepción de la realidad cubana ha sido muy difícil y todavía queda un largo camino por recorrer. Un clamor solidario compacto, incluyendo presiones de muchos gobiernos, tal vez hubiera evitado que Sebastián no recibiera la atención médica adecuada en el momento oportuno. Pero el mal ya está hecho y Sebastián, como tantos otros, no podrá ver el día que todos anhelamos. La historia reciente de Cuba será una vergüenza para todos los cubanos cuando termine la tragedia. Dolor excesivo durante demasiado tiempo es la característica fundamental de estas últimas décadas. Cuando llegue el momento de la gran fiesta Sebastián no estará, pero sí habitará en el corazón de muchos que supieron apreciar su labor en defensa de los derechos humanos. En cada logro en el terreno de la sociedad civil está presente el trabajo de este destacado activista por la decencia. El movimiento de derechos humanos dentro y fuera de la isla está de luto por la muerte de Sebastián y cuando ese luto termine de forma definitiva, las cárceles abrirán sus rejas dando paso a los sueños amordazados de muchos. Ese día Sebastián estará allí disfrutando del espectáculo porque él ayudó a abrir los candados de la infamia. |