Entrevista a Julián Portal Entrevista realizada por el autor, en La Habana, Cuba, en agosto de 1988, a Julián Portal Font, miembro del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, de su Sección de Artistas e Intelectuales y fundador de la Asociación Pro Arte Libre, APAL RB: Ud. recibió una mención en el concurso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuna, UNEAC, en el año 1968, en el género de Teatro. El premio, en esa ocasión, fue "Los siete contra Tebas", de Antón Arrufat. Aquella edición del concurso produjo el caso Padilla. Dígame su opinión sobre esos sucesos. ¿Tiene algún recuerdo especial? JP: Los recuerdos de sucesos importante adquieren en la mente, con el paso de los años, un cuerpo vago, un tanto semejante a una bruma, diría yo. Supongo que el cerebro conserva una especie de fantasma de lo que nos motivó, de lo que atrajo poderosamente nuestra atención. Por ejemplo, recuerdo nítidamente de aquel suceso cosas que fueron trascendentales para mí, en el momento que recibí la invitación especial de la UNEAC para que asistiera al acto de premiación. Resultaba aquello tan estimulante y excepcional para las aspiraciones de un joven de 26 años que, la imagen primera de los acontecimientos y de los que vendría después, quedarían fijos para siempre en el archivo de la memoria. Por supuesto que con aquella invitación supe que mi trabajo presentado había alcanzado alguna distinción. Resultaba ser mi primera pieza teatral y fuera cual fuera el premio, era de mucha importancia para mí. Vinieron otros acontecimientos que hasta ese presente resultaban inusuales. El famoso día de la premiación concurrí en horas de la tarde a la UNEAC. Yo había tenido tres años antes la experiencia de haber recibido, en esa misma sede, un primer premio de cuentos con motivo de la quinta zafra azucarera bajo el gobierno revolucionario. En aquel momento se convocó a la prensa, había muchos invitados, se hizo un brindis, en fin, todo lo que caracteriza un acto de esa naturaleza. Cuando voy camino de la UNEAC aquel año 1968, pensaba que recibir el premio "Unión" sería algo de mucha más envergadura: era la distinción nacional. Así lo suponían también los escritores Esteban Luis Cárdenas y Manuel Granados que me acompañaban. Fue desalentador el momento de enfrentarnos con la realidad. No se hallaban allí ni periodistas ni invitados, ni mucho menos ambiente de coctelería. Una de las ilusiones más apasionantes para mí radicaba en el deseo de conocer personalmente parte del jurado internacional que había seleccionado las obras. Imagínese, en el género de teatro estaban el español Ricardo Salvat; de América Latina, Juan Larco, José Triana y Rine Leal, estos dos últimos cubanos. Pero estaban las demás personalidades de mucho prestigio intelectual en los otros géneros que también hubiera podido conocer. Nada, que el ambiente que rodeaba a la UNEAC en las pocas personas presentes casi era de un estado de suspenso e incertidumbre. Lo primero que se nos dijo al llegar era que los premios no se otorgarían, que una supuesta inconformidad oficial de la UNEAC o de no sé quién con los libros premiados dejaba sin efecto el acto de premiación. Nos dirigimos a la cafetería de la institución y allí se encontraban Heberto Padilla, Antón Arrufat, David Buzzi y otros que no recuerdo. Manolo Granados es quien me presenta a Padilla. Yo había leído su libro "El justo tiempo humano" varias veces, pues confieso que sus poemas constituyen, aún hoy día, uno de mis grandes gustos, y estaba deseoso por conocer al que había escrito "La infancia de William Blake", aquel poema tan bello. Fue él precisamente quien emitió el juicio más acertado sobre lo que estaba sucediendo con los premios e, incluso, vaticinó en parte los amargos acontecimientos que sobrevendrían más tarde, acontecimientos de los que, tal vez sin saberlo él mismo, sería su máximo protagonista. Pero Padilla aquel día se veía eufórico, radiante, risueño. Ya él sabía de antemano que su poemario "Fuera de Juego" había recibido el primer lugar y estaba contento. En nada se veía preocupado por los peligros a que lo sometía la audacia de su libro. Por otra parte, se veía que casi todos los libros premiados, de una manera u otra, reflejaban ciertas tendencias liberales o de críticas al proceso político que vivía Cuba. Esto para el régimen era algo intolerable y se hacía necesario un escarmiento. Ahora bien, si casi todos los libros premiados, incluso los mencionados incluyendo el mío -"Los delegados llegan al amanecer"-, presentaban hecho que desafiaban al estado cubano, por qué se escoge precisamente a Padilla y se fomenta con él toda aquella aparatosa propaganda, "cacareo", como él mismo lo llamaría en un poema, suceso que ya se perfila en la historia cultural de este país como el "Caso Padilla". No cabe la menor duda de que por aquel entonces se venía forjando una conciencia crítica en los intelectuales cubanos con respecto a la libertad de creación en el campo de las artes y las letras. Indudablemente el gobierno, a partir del primer congreso cultural, había creado los patrones que debían seguir los artistas y escritores a la hora de reflejar la realidad cubana. Esta debía hacerse tomando como base ante todo, el "engrandecimiento" de la revolución y su "feliz existencia". En tanto ella representaba "la verdad absoluta" e "irrevocable" de la nación cubana. Nada podía hacerse que desmintiera o desmitificara esa realidad. Por lo tanto, las tendenciosas obras que, para el gobierno, algunos intelectuales se permitían elaborar, había que silenciarlas a toda costa y con el procedimiento que fuera necesario. Padilla surgía como la figura más propiciatoria, el chivo expiatorio oportuno para comenzar, partiendo de él, a poner las cosas en orden en el ambiente cultural. La polémica que Lisandro Otero había sostenido en las páginas del periódico "Revolución" con Padilla en relación a cierta defensa que éste hacía de Guillermo Cabrera Infante, resultaba un antecedente estimable; más el mismo libro "El justo tiempo humano", donde no estaban del todo claras las imágenes poéticas; algún reconocido estado de opinión y por último "Fuera de Juego", lo situaba en el corredor preciso para la dura corrección donde se miraran todos aquellos otros casos que, como Padilla, se atrevieran a oponerse a la revolución en nombre de la libertad de expresión, de pensamiento, etc. Por supuesto que no sólo Padilla hubiera sido escogido como ejemplo. Existían otros casos significativos también, pero quizás a la imagen del régimen el golpe Padilla sería el más aleccionador, y en realidad lo fue. El estado cubano con toda seguridad elaboró su plan con Padilla. Previamente tuvo que haber sido objeto de un minucioso estudio y haberse previsto todos los pro y los contra. El fue, de alguna manera, conducido, manejado, sin que él mismo se diera cuenta, hasta ser convertido en el caso que fue. Recuerdo que cuando la revista Verde Olivo recrudecía sus ataques contra él y otros intelectuales, artículos que firmaba un tal Leopoldo Avila, Padilla fue programado por esos días para que realizara un recital de sus poemas inéditos. Fui a ese encuentro y puedo decir que se desarrolló aparentemente tan normal, como si con aquel recital tan pacífico, a pesar del fuerte contenido de lo que se leían, se pusiera fin a los ataques que desde las páginas de Verde Olivo se le hacían. Sin embargo, esa fue la última presentación en público que él tuviera en Cuba. Años más tarde, después de los sucesos que culminaron con su famoso mea culpa, cuando fuimos compañeros de trabajo en el Instituto del Libro, y en ocasión de un trabajo voluntario donde estuvimos por espacio de un mes, tuve oportunidad de expresarle estos mismos puntos de vista, que su caso había sido fabricado en parte por las autoridades cubanas para establecer un antecedente o para radicalizar lo que sería la política cultural del país. El estuvo en total acuerdo conmigo, aunque me aclaró que las cosas habían llegado muy lejos para los planes que el gobierno se pudo haber propuesto. En realidad la dirigencia del estado cubano, con su inveterado dogma de subestimar aquellos artistas y opositores, nunca podía concebir que prestigiosos intelectuales del mundo alzarían su voz en favor de Heberto Padilla. Esto fue lo que llenó la copa, lo insospechado, y resultaba algo de tanta envergadura que la movilización del gobierno no podía hacerse esperar. Había que quitarse la careta y utilizar métodos más "eficientes" que sólo la Seguridad del Estado podía poner en práctica. Las presiones que tuvo que enfrentar Padilla fueron de seguro extraordinarias hasta conducirlo a la forma en que se retractó. En medio de aquella crisis, en aquellos años tan difíciles, creo que si él hubiera mantenido una posición en defensa de sus criterios, no sabríamos qué hubiera sido él, estoy seguro de que no hubieran tenido ningún tipo de compasión. RB: ¿Considera Ud. que en las condiciones actuales puede desarrollarse en Cuba un teatro legítimo? JP: En Cuba, bajo las condiciones actuales, se ha desarrollado un teatro que se puede llamar legítimo tomando como marco las condiciones políticas del país. No es, en todo caso, la genuina representatividad de un teatro nacional desvinculado de toda sujeción apologética. Pero aquí existen buenos dramaturgos. Podemos citar a Héctor Quintero, Abelardo Estorino, Eugenio Espinosa y algunos otros. Hay muy buenos directores escénicos como Vicente Revuelta, Roberto Blanco, Berta Martínez y el mismo Tito Junco. Se cuenta con una magnífica pléyade de actores y actrices que sin lugar a dudas tienen una gran formación profesional. El asunto estriba en desembarazarse de los mecanismos a los que están sujetos estos artistas, los cuales están atados a una vocación tenaz de voceros partidistas. El teatro es un medio muy claro para transmitir ideas. En Cuba desgraciadamente, había que esperar siempre por la previa aprobación oficial para acometer alguna innovación. Cuando estaba en esfervecencia el teatro experimental de Arrabal, el único que incursionó aquí en ese campo fue Vicente Revuelta, pero su iniciativa no duró mucho. No fue bien acogida en los medios oficiales, no era posible buscar presupuesto para ese tipo de puestas en escena y se puede decir que todo quedó en el intento. Hoy día en Cuba sólo se promocionan aquellas obras en que el mensaje no presenta dudas en cuanto a su concepción ideológica, favorable a los intereses del estado. Este es el freno por el cual el teatro en nuestro país no logra salir de su invariable esquematismo y de una especie de envejecimiento. Aquí estamos con los mismos patrones de hace cuarenta años. La mediocridad termina por formar un público mediocre. Este anquilosamiento está dado por las débiles opciones de libertad a que se enfrentan nuestros dramaturgos y directores a la hora de escoger temas. Para mí los días más felices del acontecer teatral post revolucionario transcurrieron en la década del 60. Teníamos muy cerca la tradición y las tendencias de un teatro totalmente democrático. Contábamos con Virgilio Piñera en plena madurez creativa y con José Triana. También con un grupo esperanzador: René Ariza, Antón Arrufat, los hermanos Dor, Gerardo Fulleda y otros. En Cuba existe material humano capaz de hacer un teatro legítimo y representativo de los mejores valores estéticos que circulen en el mundo. Los temas escogidos aquí hoy día son muy convencionales, pero se pueden lanzar las siguientes preguntas: ¿estos hombres que he mencionado se sienten realmente conformes con lo que están haciendo? ¿Estarán convencidos de que responden a una vanguardia en el quehacer teatral cubano? Pero no existen las condiciones de libertad creativa, ni las condiciones económicas para que se dé paso a ciertas agrupaciones que por su cuenta rompan con el rígido guión a que están sometidos nuestros creadores. RB: Díganos cómo influyó su período en prisión en su producción poética y en su forma de ver el mundo como creador. JP: Mis años en prisión no sólo influyeron, sino que aún influyen de manera muy decisiva en mis trabajos. Fue seis años donde acumulé un sinnúmero de experiencias muy nuevas para mí. Puedo decir que casi todas amargas, pero de profunda significación humana. Allí pude conocer hasta dónde el hombre puede ser conducido hacia los extremos de una deshumanización total y hasta dónde es capaz también de soportar los más duros martirios en virtud de sus ideas y creencias. Por razones conocidas fui uno de esos presos que llegaron a las prisiones después de haber cometido un hecho de carácter político y sometido por obra y gracia del castrismo al presidio común, en un medio ambiente donde estábamos presos políticos -los menos- ante una mayoría de comunes. Nuestra situación resultaba difícil. Había muy pocas posibilidades de que los políticos se agruparan, tomaran decisiones e impartieran criterios. Las consecuencias eran sencillamente trágicas. Los sucesos de la prisión de La Caballa, en octubre de 1979, conocidos como "la huelga de los lancheros", fue una experiencia muy desalentadora para los intereses del régimen. En aquellos hechos los presos comunes cerraron filas junto a los políticos. Fue una solidaridad compacta. Imagínese a hombres que habían cometido delitos sociales, muchos de ellos graves, protegiendo, ayudando y hasta asistiendo a los heridos. Cosas como ésas marcan un precedente en el contexto del presidio político cubano. En verdad, el hecho de que el gobierno comenzara a someter las causas de innegable índole política al presidio común, con la intención de menoscabar el espíritu ideológico de esas causas, fue otro fracaso más en los medios penitenciarios para la política del estado. Los presos comunes comenzaron a recibir muy directamente la influencia de ideas procedentes de sus nuevos compañeros de cautiverio. Esta es sin dudas una historia que está por reseñarse: la unión del presidio político con el común. Se fomentó una especie de rebeldía en el medio común que se enmarca en un patrón netamente político. Hay que destacar que en la población penal de esos años el 90 por ciento eran jóvenes menores de treinta años. El 80 por ciento procedían de un origen humilde, de barrios marginales. Y otro factor que debe tenerse en cuenta es que casi el 70 por ciento eran negros. Estamos en presencia de un fenómeno de marginación social. De una manera u otra aquella masa humana se veía afectada a pesar de los años de revolución. Es una gran paradoja, si se tiene en cuenta que los afectados al comienzo fueron de origen burgués o pequeño burgués y habían tomado el camino del exilio. Por otra parte tengo la experiencia siguiente. La mayor parte de mi condena la sufrí en Pinar del Río, y allí pudo comprobar que una enorme cantidad de campesinos iban a sufrir condenas por diversas causas, casi ninguna grave. Cosas como éstas me emocionaban. Era una realidad aplastante contraria a la imagen de bonanza y confraternidad que el régimen exhibía. El oficio de hacer poesía en condiciones de prisión, sobre todo cuando sobre uno presionan las limitaciones de todo tipo, es algo que sólo se logra con una tremenda carga de voluntad. Hacer poesía es describir imágenes. Y allí estaban a la vista, en cada paso y con una carga descomunal. Pienso que la censura, sea cual sea el motivo que la provoque, es una secuela negativa para la realización de cualquier hecho humano, El arte amordazado no tiene otra opción que la tragedia y la amargura de su soledad. Como creador te aseguro que el mundo que me rodea sólo ofrece condiciones de extremas limitaciones. Es un reto entregarse a la poesía así. Pero es la única manera de no ser silenciado por la conducta negativa de los gobiernos. RB: Hay escritores que han sufrido persecución en Cuba desde hace muchos años. Ya nadie los recuerda. Sin embargo, otros siguen escribiendo contra viento y marea. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué hace que unos no renuncien y otros cedan ante las presiones externas? Estos últimos, los que cedieron, ¿son culpables de algo o son víctimas? JP: No estoy en condiciones de documentar por qué algunos escritores son capaces de comportarse de una manera bajo circunstancias determinadas y por qué otros hacen lo contrario. Pienso que en ello estriba, ante todo, una conciencia muy clara del papel que realmente les corresponde en la sociedad y de cómo asumen ese papel según el medio. A tal cosa habría que añadir los anhelos personales. No creo que todos los que ceden a ciertas presiones lo hagan convencidos de que han hecho algo bueno para ellos y para quienes ellos se dirigen. Todos recordamos cuando estamos en presencia de hechos semejantes, la manera en que Galileo cedió a las presiones de la inquisición. Hoy esto no es ético, incluso puede ser tremendamente dañino, pero habría que preguntarse por qué. Hoy todos estamos convencidos de que Padilla cedió en la forma, pero no en el contenido. Cuántos otros escritores y artistas en Cuba deben estar en situación análoga. Cuántos estarán haciendo y rehaciendo una literatura y un arte que en el fondo ellos mismos rechazan. Por otra parte ellos tienen que sospechar las consecuencias que les puede acarrear su conducta. Ahora bien, el escritor es un ser humano plagado por toda filosofía que entraña su condición de especie. Es un ser como otro cualquiera en persecución tenaz de la felicidad. Pero si sólo le toca sufrir, su universo estaría incompleto. Es verdad que de un estado de sufrimiento han surgido obras grandiosas y de permanente universalidad, de ahí los Van Gogh y los Rembrant, por citar ejemplos. Pero habría que ver si el estado de sufrimiento ejerce en ciertos casos una motivación especial que haga producir obras geniales. En mi criterio, en esos casos el hombre está en posesión de un estado de goce único. Considero que la posición de aquellos intelectuales que se dedican al sacrificio de mutilar sus verdaderas intenciones creativas en pro de hacer un arte de complacencia, carece de toda lógica. No es normal, es triste. En Cuba hoy día se dan las condiciones para que amplios sectores de la sociedad se enfrenten a tareas que no obedecen a sus gustos y necesidades. Pero no hacemos nada por tratar que las cosas puedan cambiar. Cada uno le debemos a cada santo un peso, pero ellos a su vez también tienen deudas con nosotros. RB: ¿Qué papel ha jugado el CCPDH en el último año en la producción literaria no oficial dentro de Cuba? JP: Aún no estamos en condiciones de observar este acontecimiento. Es muy breve el tiempo y mucha la presión que se ejerce sobre el CCPDH. En modo alguno se puede decir que sus miembros gozan de cierta anuencia y mucho menos de inmunidad para que puedan realizar sus labores sin riesgos. En estos momentos, justamente cuando trazamos esta entrevista, hay un especie de recesión del hostigamiento contra el CCPDH. A excepción de Ricardo Bofill, al cual las turbas dirigidas por el Ministerio del Interior no le permiten salir de su casa. Lo que existe es algo muy parecido a una especie de calma chicha que no se sabe cuánto va a durar. Pero sí se puede decir que con esta hebra que nos otorgan tratamos de insertar todas las agujas. Digo nos otorgan ya que yo también compongo ese Comité. Pero su papel es locuaz en una buena cantidad de logros indiscutibles que obedecen a la feliz existencia y combatividad de nuestra organización. En cuanto a la creación literaria no oficial, este mismo trabajo es una evidencia muy elocuente para medir los resultados. Ahora bien, ¿cómo lograr que toda esa literatura no oficial pueda ser conocida de alguna forma por nuestro pueblo? Evidentemente que estos caminos están absolutamente cerrados. Aún se puede recordar los sucedido con la exposición de artistas disidentes en la calle 21 del Vedado. Otro intento por dar un paso a otra nueva manifestación de esta naturaleza y no sabemos qué pudiera ocurrir. Claro, hablo de presentar las cosas al margen de la política oficial. Esta opción estaría abierta soslayando el riesgo. Ya hay quienes se sienten más seguros escribiendo lo que les parece sin tener en cuanta la obligada voluntad del apologismo y los cantos laudatorios de la oficialidad. También están los pintores y hasta los diseñadores, compositores y cantantes que trabajan con entera libertad. Sin embargo, el estado cubano desearía que nada de esto fuera así. No le interesa que los artistas y escritores, los intelectuales todos, gocen de las más elementales libertades de expresión y de pensamiento. No a los niveles de las sociedades democráticas, eso ni soñarlo, ni siquiera las alternativas que abre un glasnot. Ahí está el ejemplo de Pedro Luis Ferrer, desde su posición oficial consideró que estaba en libertad real para expresar lo que sentía como sus verdades, y ya ve cómo a ido a parar al purgatorio de los indóciles. No obstante el CCPDH ha planteado una luz que sospecho, si las cosas no empeoran, jugará un papel muy decisivo en las esperanzas de un porvenir muy diferente para el arte y la literatura cubana. RB: ¿Considera Ud. que fuera de Cuba, con el desarraigo que conlleva el estar lejos de la patria, puede hacerse una literatura legítima? JP: No he estado en ese caso. Desconozco los factores emocionales y sociales que un escritor, fuera de su país, en condiciones de desterrado, puede sufrir para que se le presente algo así como un bloqueo de su identidad nacional. Martí escribió la mayor parte de su obra fuera de Cuba y bajo esas condiciones, y aunque el concepto de lo genuinamente nacional no parece perturbar la autenticidad de sus escritos, sí se traslucen los dolores que introduce el ejercicio literario desde un estado de desarraigo. "No son bellas las playas del destierro, sino cuando se les dice adiós". Reflexiones como ésa adquieren en él la fuerza de una emoción sincera. Ahora bien, la pregunta suya podía haber sido de esta manera: ¿en una patria amordazada puede el escritor ofrecer una literatura legítima? Esto lo atribuyo a un buen número de escritores nuestros que sí viven en Cuba, que sí gozan de la bonanza de las costumbres, la idiosincrasia, la vida y los paisajes nacionales y que, sin embargo, están más alejados que nunca de la realidad vivencial de su origen. ¡Cómo estos escritores mitifican la realidad! ¡Cómo la cambian para dar paso a situaciones convencionales que, en modo alguno, logran coincidir con el verdadero estado de limitaciones que se ejerce sobre el pueblo cubano hoy día! La literatura que se escribe en nuestro país tiende más a la preocupación de sus autores por la técnica a emplear que por un contenido veraz. No hay coincidencia objetiva con la realidad porque ésta es demasiado detractora del sistema político para expresarla sin que la cabeza peligre. Llego la conclusión de que el estar fuera de la patria permanentemente no ha de ser del todo halagüeño para permitirse una legitimidad sin las lesiones del destierro. El "Himno del desterrado", de Heredia, es un canto de desolación y amargura. En ese breve espacio está implícito de manera elocuente lo que entraña el desarraigo a pesar de que se ve la fuerza creadora del artista a través de él. Hay que ver también cómo Martí, en Cuba y pocos días antes de su caída, vivamente emocionado, reflejaba en su diario detalles del paisaje cubano. Uno, al leer esto, recibe la impresión de que el Apóstol descubría un lugar idílico, nuevo e insospechado para él, no el país al que tanto había dado de sí. Casi podemos decirnos, ¡qué distante estaba aquel hombre del conocimiento de la naturaleza genuina de su tierra! Sin embargo, nada de esto fue motivo para que se empañara la rica grandeza de su obra. Hoy día el asunto cobra matices diferentes, y el exilio cubano del presente dista mucho, por razones obvias, de las condiciones de entonces. Tampoco el éxodo nunca fue tan masivo ni tan monolítico como el ocurrido en todos estos años. No se puede objetar que fuera de la patria se hacen obras trascendentales. Roa Bastos es un caso ejemplarizante también. Hemingway, aunque no tuviera condiciones de desterrado, escribió casi toda su obra lejos de la frontera de su patria. Considero que un hombre que ha vivido buena parte de su historia junto a los destinos de su país de origen, no se le tiene que atrofiar su condición de nativo esté donde esté. En el caso del escritor mucho menos, porque éste retiene la bondad de expresar sentimientos. El nos puede entregar obras originales y de acreditada trascendencia, y es así porque el artista es un ciudadano del mundo. RB: ¿Qué consejo daría Ud. a los escritores jóvenes que viven en Cuba? Sin hacer diferencias entre posiciones políticas, quiero decir, a los oficiales y a los no oficiales. JP: De inicio, les remito las mismas palabras que me aconsejara en una ocasión hace muchos años, -andaba yo por los 19-, el gran escritor cubano Alejo Carpentier: ante todo leer, leer todo lo que les caiga en las manos. También creo que deben tener un empeño muy grande por la información, ser ágiles en la observación del mundo que les rodea y tomar todo lo bueno. El verdadero escritor, ante todo, es un humanista que puede mirar al mundo de maneras diferentes, pero siempre con un rasgo positivo. Su papel en la sociedad es muy importante. De la manera como él la refleje será juzgado. En el caso de Cuba se está dando un fenómeno sin precedentes en la historia literaria del momento. Hay tres corrientes literarias diferentes. De un lado los escritores de la isla, los que viven bajo el amparo del gobierno y hace una literatura oficialista. Por otro lado los que han tomado el camino del exilio y desde lejos presentan el acontecer nacional con una visión desenfadada y crítica. Y por último los que también viven en la isla, los disidentes, y que vienen siendo la síntesis y el resumen de las dos primeras. Lo lamentable es que la última tiene una condición esotérica con difícil comunicación con el mundo exterior. Pero existe, vive, palpitante y dinámica. Muchos son los jóvenes que escriben en este país y crean un arte al margen del amparo de la política cultural. Son en realidad los más sacrificados. No tienen acceso a los medios informativos de lo que se hace en el mundo, salvo las nimias entregas que les da el gobierno a través de sus órganos. A todos ellos les digo que no cejen en mantener una voluntad inquebrantable que siempre, de una manera u otra, aparecen opciones. Que no pierdan de vista el mensaje de las grandes obras del conocimiento universal. Es allí donde ellos mismos, sin que nadie los induzca a una confusión de la verdad, pueden sopesar el valor legítimo que garantice su condición humanista y su responsabilidad histórica.RB: Muchas gracias. |